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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—Señor, ¿podría traernos un poco de agua caliente? —Sophia hizo que Alice abriera la bolsa y le señaló un retazo de tela de algodón, limpia y doblada.

—Le pediré a Frank que hierva una poca. Suele estar despierto a estas horas. Ahora vuelvo.

—No puedo hacerlo —dijo Margery, abriendo los ojos para mirar fijamente algo que ninguna de las otras mujeres podía ver.

—Claro que puedes —replicó Sophia, con firmeza—. Solo es la forma que tiene la naturaleza de decirnos que ya casi está.

—No puedo —repitió Margery exhausta, casi sin aliento—. Estoy agotada… —Alice cogió un pañuelo y le enjugó la frente. Margery estaba muy pálida y escuálida, a pesar de su tripa hinchada. Sin los rigores diarios de su vida en el exterior, sus extremidades habían perdido masa muscular y se habían vuelto flácidas y blancas. Alice se sintió incómoda al ver cómo su vestido de algodón ceñía su figura y se pegaba a su piel húmeda.

—Un minuto y medio —dijo la joven, mientras Margery empezaba a gemir de nuevo.

—Sí. El bebé ya viene. Vale, Margery. Voy a recostarte un momento, mientras pongo una sábana sobre este viejo colchón. ¿De acuerdo? Agárrate a Alice.

—Sven… —Alice observó cómo los labios de Margery dibujaban su nombre, mientras sus nudillos se volvían de un color blanco amarillento al apretarle la manga como un tornillo de banco. Oyó la voz de Sophia, que la consolaba en voz baja mientras se movía, con paso seguro, por la oscuridad circundante. Las celdas de enfrente estaban inusitadamente silenciosas.

—Muy bien, cielo. Ahora que viene el bebé, tenemos que ponerte en una postura adecuada para que pueda salir. ¿Me oyes? —Sophia fue hacia Alice y la ayudó a girar a Margery, que apenas pareció darse cuenta—. Sigue escuchándome, ¿me oyes?

—Tengo miedo, Sophia.

—No es verdad, en realidad no lo tienes. Solo tienes esa sensación por el parto.

—No quiero que nazca aquí —dijo Margery, abriendo los ojos y mirando de modo suplicante a Sophia—. Aquí no. Por favor…

Sophia posó una mano en la nuca húmeda de Margery y apoyó la mejilla sobre la suya.

—Lo sé, cariño, pero es lo que va a suceder. Así que vamos a hacer que sea lo más fácil posible para los dos. ¿De acuerdo? Pues venga, ponte a cuatro patas. Sí, a cuatro patas. Y agárrate a ese catre. Alice, tú ponte delante de ella y sujétala con fuerza. Pronto la cosa se pondrá un poco fea y te necesitará para poder agarrarse a ti. Eso es, deja que descanse en tu regazo.

A Alice no le dio tiempo a tener miedo. Casi en cuanto Sophia acabó de hablar, Margery se aferró a ella y apretó la cara sobre sus muslos, gimiendo, para intentar ahogar el sonido en los pantalones de montar de la joven. La apretaba con tal ímpetu que parecía poseída por una fuerza sobrehumana. Alice vio cómo temblaba y se estremeció, intentando ignorar su propia incomodidad y oyendo las palabras instintivas de ánimo que fluían de su propia boca, aun cuando se estaba dejando llevar por la corriente. Detrás de ella, Sophia había levantado el vestido de algodón de Margery y había colocado la lámpara de aceite para poder ver sus partes más íntimas, pero a Margery no pareció importarle. Seguía gimiendo y balanceándose de un lado a otro, como si pudiera sacudirse de encima el dolor, mientras sus manos se aferraban a las de Alice.

—Ya está aquí el agua —dijo el agente Dulles. Y, cuando Margery empezó a gritar, añadió—: Voy a abrir la puerta para meter dentro la jarra. ¿De acuerdo? He mandado llamar al doctor, por si acaso. Pero, por el amor de Dios, ¿qué diablos…? ¿Saben qué? Voy a… La dejaré fuera. Yo… Santo cielo…

—Señor, ¿puede traernos también un poco de agua fría, por favor? Para beber.

—La dejaré delante de la puerta. Confiaré en que no huyan a ninguna parte.

—No tiene de qué preocuparse, señor, créame.

Sophia parecía un torbellino, ordenando el instrumental de acero de su madre y colocándolo con cuidado sobre el retazo de algodón doblado y limpio. Con la otra mano, mantenía el contacto con Margery en todo momento, como si fuera un caballo, tranquilizándola, apaciguándola y animándola. Miró por debajo de ella y se colocó en posición.

—Vale, creo que ya viene. Alice, aguanta.

A partir de aquel momento, todo se volvió borroso. Mientras el sol salía e introducía sus luminosos dedos azulados entre los estrechos barrotes, Alice percibía los hechos como si estuviera en un barco en alta mar: el vaivén del suelo bajo sus pies, el cuerpo de Margery, que se balanceaba de un lado al otro por la fuerza que estaba haciendo para dar a luz, el olor a sangre, sudor y a cuerpos apretujados, y el ruido. Aquel ruido. Margery aferrándose a ella, con expresión suplicante, asustada, rogándoles que la ayudaran, cada vez más aterrorizada. Y, entre todo aquello, Sophia, por momentos serena y tranquilizadora, y por momentos retadora y feroz. «Puedes hacerlo, Margery. Vamos, muchacha. ¡Ahora tienes que empujar! ¡Empuja más fuerte!».

Por un instante aterrador, entre el calor, la oscuridad, los sonidos animales y aquella sensación de estar las tres solas atrapadas en esa travesía, Alice creyó que iba a desmayarse. Le daban miedo las profundidades inexploradas del dolor de Margery, le espantaba ver a aquella mujer, que siempre había sido tan fuerte, tan capaz, convertida en un mísero animal herido. Había mujeres que morían haciendo aquello, ¿no? ¿Cómo no iba a estar sucediéndole a Margery, con semejante agonía? Pero, mientras la habitación flotaba, vio la feroz expresión de Sophia, la frente arrugada de Margery, sus ojos anegados en lágrimas de desesperación —«¡No puedo!»— y, apretando los dientes, se inclinó hacia delante para apoyar la frente en la de Margery.

—Sí que puedes, Marge. Ya falta poco. Hazle caso a Sophia. Puedes hacerlo.

Y, entonces, de repente, el gemido de Margery adquirió un tono insoportable —un sonido como el fin del mundo y todas sus agonías juntas, un chillido agudo, prolongado e insufrible—, se oyó un grito y un ruido como de un pez aterrizando sobre una losa y, de pronto, Sophia se encontró con una criaturita húmeda y amoratada en los brazos y el delantal lleno de sangre. El bebé levantaba las manos a ciegas, luchando contra el aire, buscando algo a lo que agarrarse.

—¡Ya está aquí!

Margery giró la cabeza, con algunos mechones rizados de pelo pegados a las mejillas, como una superviviente de una batalla terrible y solitaria, y una expresión en la cara que Alice nunca había visto antes.

—Hola, bebé. Mi bebé —susurró con voz tierna, como cuando el ganado del establo acariciaba con el hocico a un ternero.

Y, cuando la niñita rompió a llorar con un llanto agudo y vigoroso, el mundo cambió y las tres empezaron de repente a reírse, a llorar y a agarrarse las unas a las otras. Y los hombres de las celdas, de cuya presencia Alice se había olvidado por completo, se pusieron a exclamar, en tono sincero: «¡Gracias a Dios! ¡Alabado sea el Señor!». Y, en la oscuridad, entre la suciedad, la sangre y el caos, mientras Sophia limpiaba al bebé, lo envolvía en la sábana limpia de algodón y se lo entregaba a la temblorosa Margery, Alice se relajó y se limpió los ojos con las manos sudorosas y ensangrentadas, mientras pensaba que nunca en su vida había vivido algo tan magnífico.

El bebé era, como dijo Sven por la noche, mientras brindaban con él en la biblioteca, la niña más bonita que había nacido jamás. Sus ojos eran los más oscuros, su pelo el más espeso, y su naricilla y sus extremidades perfectas no tenían parangón en la historia. Algo con lo que nadie discrepó. Fred había llevado un tarro de licor y una caja de cervezas, y las bibliotecarias brindaron por el bebé y le dieron gracias a Dios por su misericordia, decidiendo, al menos por aquella noche, limitarse a pensar en la alegría de aquel alumbramiento con final feliz, y en que Margery no dejaba de acunar a la niñita con feroz orgullo de madre, cautivada por su cara perfecta y por sus uñitas que parecían conchas marinas, ajena por unos instantes a su propio dolor y circunstancias. Hasta el ayudante del sheriff Dulles y el resto de los presos habían acudido a admirarla y a felicitarles.

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