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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—El agente Dalton aquí presente acaba de hablar con la vieja Nancy Stone. Ella le ha contado que usted iba a su casa en diciembre cuando oyó un disparo y cierto alboroto. Dice que usted nunca llegó a ir y que, llueva o haga sol, nunca había faltado a ninguna entrega de libros hasta ese día. Dice que usted es famosa por eso mismo.

—Recuerdo que no pude atravesar la cumbre. La nieve era muy profunda. —Alice notó que la voz de Margery había adquirido un ligero temblor.

—No es eso lo que dice Nancy. Ha dicho que la nieve había aflojado dos días antes y que usted estaba por la zona más alta del arroyo y que le oyó hablar hasta unos minutos antes del disparo. Dice que durante un rato estuvo muy preocupada por usted.

—No era yo —dijo Margery negando con la cabeza.

—¿No? —Se quedó pensativo, con el labio inferior hacia fuera con exagerado gesto de reflexión—. Ella parece bastante segura de que había alguien de la biblioteca itinerante allí arriba. Entonces, ¿me está diciendo que ese día fue una de estas otras señoras, señorita O’Hare?

Ella miró en ese momento a su alrededor, como un animal atrapado.

—¿Cree que quizá debería hablar con alguna de estas muchachas en lugar de con usted? ¿Cree que es posible que una de ellas sea capaz de cometer un asesinato? ¿Usted, por ejemplo, Kathleen Bligh? ¿O quizá esta encantadora señora inglesa? Es la esposa del hijo de Van Cleve, ¿no?

Alice levantó el mentón.

—O tú…, ¿cómo te llamas, chica?

—Sophia Kenworth.

—So-phi-a Ken-worth. —No hizo referencia al color de su piel, pero pronunció las sílabas muy despacio, en un tono cargado de implicaciones.

La sala se había quedado en silencio. Sophia tenía la mirada fija en el borde de su escritorio, con la boca cerrada, sin pestañear.

—No —dijo Margery en medio del silencio—. Tengo la certeza de que no fue ninguna de estas mujeres. Quizá pudo ser un ladrón. O algún vendedor de alcohol ilegal. Ya sabe lo que pasa en las montañas. Todo tipo de cosas.

—Todo tipo de cosas. Eso es verdad. Pero ¿sabe? Me parece muy extraño que en un condado plagado de navajas y pistolas, hachas y porras, el arma elegida por su ladrón de la montaña fuera… —hizo una pausa como si quisiera recordar bien las palabras— una primera edición de Mujercitas encuadernada en tela.

Al ver la consternación incontrolada que atravesó por un momento el rostro de Margery, algo en el sheriff se relajó, como si fuese un hombre que suelta un suspiro de placer después de una gran comilona. Cuadró los hombros y se ajustó el cuello de la camisa.

—Margery O’Hare, queda arrestada como sospechosa del asesinato de Clem McCullough. Muchachos, lleváosla.

Después de aquello, según Sophia le contó a William esa noche, se desató un infierno. Alice se abalanzó contra el hombre como una posesa, lanzando gritos y alaridos, tirándole libros hasta que el agente amenazó con arrestarla a ella también, y Frederick Guisler tuvo que rodearla con sus brazos para que dejara de atacar. Beth les gritaba que se estaban equivocando, que no sabían de lo que hablaban. Kathleen se limitó a quedarse callada y estupefacta, negando con la cabeza, y la pequeña Izzy rompió a llorar sin dejar de gritar: «Pero ¡no puede hacer eso! ¡Va a tener un bebé!». Fred salió corriendo a por su coche y condujo todo lo deprisa que pudo para contárselo a Sven Gustavsson y Sven llegó blanco como una sábana para que le contaran qué diablos estaba pasando. Y, mientras tanto, Margery O’Hare permaneció en silencio, como un fantasma, dejando que la llevaran entre la multitud de curiosos, para meterla en la parte de atrás del Buick de la policía, con la cabeza agachada y una mano sobre el vientre.

William negaba con la cabeza mientras lo escuchaba. Tenía el peto lleno de barro negro porque seguía tratando de limpiar la casa y, cuando se pasó la mano por detrás de la cabeza, se dejó una mancha negra y grasienta sobre la piel.

—¿Qué crees tú? —le preguntó a su hermana—. ¿Crees que ha asesinado a alguien?

—No lo sé —respondió ella meneando la cabeza—. Sé que Margery no es una asesina, pero… había algo más, algo que no estaba diciendo. —Levantó los ojos para mirarle—. Pero una cosa sí sé. Si Van Cleve tiene alguna influencia en esto, va a conseguir que las posibilidades de que pueda salir de esta sean mucho menores.

Sven se sentó esa noche en la cocina de Margery y les contó a Alice y Fred toda la historia. El incidente en la cumbre, cómo ella había creído que McCullough la seguiría para vengarse y que él había pasado dos largas y frías noches sentado en el porche con el rifle apoyado en las rodillas y Bluey a sus pies hasta que los dos se tranquilizaron con la idea de que seguramente McCullough había vuelto a su destartalada cabaña, probablemente con dolor de cabeza y demasiado borracho como para recordar qué narices había hecho.

—Pero ¡tienes que contárselo al sheriff! —dijo Alice—. ¡Eso significa que fue en defensa propia!

—¿Crees que eso la va a ayudar? —preguntó Fred—. En el momento en que diga que le golpeó con ese libro lo tomarán como una confesión. En el mejor de los casos, la acusarán de homicidio involuntario. Lo más inteligente que puede hacer ahora mismo es quedarse callada y esperar que no tengan suficientes pruebas para mantenerla en la cárcel.

Habían fijado una fianza de veinticinco mil dólares, una cantidad que nadie de por allí podría pagar ni de lejos.

—Es la misma fianza que fijaron para Henry H. Denhardt, y él había disparado a su prometida a quemarropa.

—Sí, pero al ser un hombre, tenía amigos en puestos importantes que pudieron pagárselo.

Al parecer, Nancy Stone se había echado a llorar al enterarse de lo que los hombres del sheriff habían hecho con su declaración. Esa noche había bajado de la montaña, la primera vez que hacía algo así desde hacía dos años, y había llamado a la puerta de la oficina del sheriff para exigir que le dejaran contar de nuevo su versión.

—¡No lo he contado bien! —dijo mientras maldecía entre los dientes que le faltaban—. ¡Yo no sabía que ibais a arrestar a Margery! Esa muchacha no ha hecho más que cosas buenas por mí y mi hermana…, por este pueblo, maldita sea. ¿Y así es como se lo pagáis?

De hecho, sí que hubo murmullos de malestar por el pueblo ante la noticia del arresto. Pero un asesinato era un asesinato y los McCullough y los O’Hare se habían llevado a matar durante tantas generaciones que nadie podía recordar siquiera por qué había empezado todo, igual que con los Cahill y los Rogerson y con las dos ramas de la familia Campbell. No, Margery O’Hare siempre había sido una persona rara, terca desde que aprendió a andar y, a veces, así era como terminaban estas cosas. No había duda de que también podía ser desalmada. ¿Es que acaso no se había quedado sentada e impertérrita durante el funeral de su padre sin derramar ni una lágrima? No pasó mucho tiempo hasta que el eterno vaivén de la opinión pública empezara a preguntarse si no había algo malvado en ella después de todo.

Bajo las montañas, en la pequeña localidad de Baileyville, en los confines del sureste de Kentucky, la luz desaparecía lentamente tras las crestas, y, no mucho después, en las pequeñas casas que había a lo largo de la calle principal y en las que salpicaban las montañas y «hondonadas», las lámparas de aceite parpadeaban y se iban apagando, una a una. Los perros se ladraban unos a otros, con sus aullidos rebotando entre las laderas para, después, ser reprendidos por sus agotados dueños. Se oían llantos de bebés que, a veces, eran consolados. Los ancianos se perdían en recuerdos de tiempos mejores y los jóvenes en los placeres de otros cuerpos, acompañados por el canturreo de la radio o el sonido lejano de un violín.

Kathleen Bligh, arriba en su cabaña, se arrimaba a sus hijos dormidos, con sus suaves y esponjosas cabezas como marcapáginas a ambos lados de ella, y pensó en un marido con espaldas grandes como las de un búfalo y un tacto tan delicado que podía hacerla llorar de alegría.

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