La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Aquel año la Asamblea convirtió a obispos y sacerdotes en funcionarios públicos, asalariados del Estado sometidos a elección, y les exigió que juraran lealtad a la nueva constitución. Si se negaban eran tachados de desleales y peligrosos. Todo el mundo coincidía (en las tardes pasadas en el salón de su madre) que el conflicto religioso era la fuerza más peligrosa que podía desatarse en una nación.
De vez en cuando Annette suspiraba y decía:
– La vida es muy prosaica. La constitución, la rectitud, los sombreros al estilo cuáquero…
– ¿Qué prefiere? -le preguntó Danton-. ¿Plumas y grandes pasiones en la Escuela de Equitación? ¿Pánico en el Municipio? ¿Amor y muerte?
– No se ría. Nuestras románticas aspiraciones se han visto pisoteadas. He aquí la Revolución, el espíritu de Rousseau convertido en realidad, creíamos…
– Y lo cierto es que se trata sólo del señor Robespierre, con la vista cansada y un acento provinciano.
– Un montón de gente hablando de sus cuentas bancarias.
– ¿Quién le ha hablado de mis asuntos?
– Todo el mundo habla de usted, señor Danton. -Annette se detuvo unos instantes-. Dígame, ¿le disgusta Max?
– ¿Disgustarme? -contestó Danton, sorprendido-. No lo creo. Me hace sentirme algo incómodo. Tiene unos principios muy elevados, que trata de imponer a todo el mundo. ¿Será usted capaz de estar a su altura cuando se convierta en su suegra?
– Eso todavía no está… decidido.
– ¿Acaso Adèle está indecisa?
– Él no le ha pedido que se casen.
– ¿Entonces aún no están comprometidos? -preguntó Danton.
– No estoy segura de que Max…, pero no debo hacer ningún comentario al respecto. No me mire de ese modo. ¿Cómo puede una simple mujer adivinar lo que piensa un diputado?
– Ya no existen «simples mujeres». La semana pasada sus dos futuros yernos me vencieron en una discusión sobre ese tema. Tengo entendido que las mujeres son, en todos los aspectos, iguales que los hombres. Sólo quieren que les den la oportunidad de demostrarlo.
– Esto es obra de Louise Robert -respondió Annette-. Una mujer de mucho carácter. No me parece lógico que los hombres pierdan el tiempo defendiendo la igualdad de las mujeres. Va contra sus propios intereses.
– Robespierre se muestra totalmente indiferente. Como siempre. Y Camille dice que debemos conceder el voto a las mujeres. Dentro de poco las tendremos en la Escuela de Equitación, luciendo sombreros negros y discutiendo sobre el sistema fiscal.
– La vida será entonces aún más prosaica.
– No se preocupe -dijo Danton-. Puede que aún se produzca alguna sórdida tragedia.
– ¿Acaso tiene esta revolución una filosofía? -preguntó Lucile-. ¿Un futuro?
No se atrevía a preguntárselo a Robespierre por temor a que le lanzara un discurso sobre el general Will; ni a Camille, por temor a que se pasara dos horas hablando sobre la república romana. De modo que decidió preguntárselo a Danton.
– Yo creo que sí -contestó-. Agarra lo que puedas y lárgate cuanto antes.
Diciembre de 1790: Claude ha cambiado de opinión. Sucedió un infausto día de diciembre, cuando unos densos nubarrones que presagiaban nieve se cernían sobre los tejados y las chimeneas de la ciudad.
– No puedo más -dijo-. Que se casen, antes de que me maten a disgustos. Amenazas, lágrimas, promesas, ultimátums… No soporto esta situación ni una semana más. Debí mostrarme más severo hace tiempo, pero ahora es demasiado tarde. Que sea lo que Dios quiera, Annette.
Annette se dirigió a la habitación de su hija. Lucile estaba escribiendo en su diario. Al ver entrar a su madre, tapó la hoja de papel con la mano, derramando una gota de tinta.
Cuando Annette le comunicó la noticia, miró a su madre atónita.
– ¿Así de sencillo? -murmuró-. ¿Conque Claude ha cambiado de parecer? Yo creía que sería más complicado -dijo. Luego apoyó la cabeza entre las manos y rompió a llorar, dejando que sus lágrimas se deslizaran sobre las palabras prohibidas de su diario-. ¡Qué alivio! -exclamó.
Su madre apoyó las manos sobre sus hombros y dijo:
– Ya has conseguido lo que querías, de modo que deja de tontear con el señor Danton. Compórtate como es debido.
– Seré un dechado de virtudes -contestó Lucile, enjugándose las lágrimas-. Nos casaremos enseguida.
– ¿Enseguida? ¡Qué dirá la gente! Además, estamos en Adviento. No puedes casarte en Adviento.
– Pediremos una dispensa. En cuanto a lo que diga la gente, no me importa en absoluto. Allá ellos.
Lucile se levantó de un salto y echó a correr por la casa, riendo y llorando al mismo tiempo. En aquellos momentos llegó Camille.
– ¿Por qué tiene una mancha de tinta en la frente? -preguntó, desconcertado.
– Es como si hubiera recibido un segundo bautismo -contestó Annette-. O el equivalente republicano de la unción con los sagrados óleos. Al fin y al cabo, querido, vuestra vida está llena de tinta.
Camille tenía también una manchita de tinta en el puño. Presentaba el aire de un hombre que acaba de escribir un editorial y le preocupa que pueda aparecer una errata. En cierta ocasión se había referido a Marat como «el apóstol de la libertad», y habían escrito «el apóstata de la libertad». Marat se había presentado en su despacho hecho una furia, exigiendo una explicación.
– ¿Está usted seguro, señor Duplessis? -preguntó Camille-. No puedo creerlo. ¿No será un error? ¿Un error de imprenta?
Por más que lo intentaba, Annette no conseguía borrar las imágenes. Se imaginaba paseándose por esta misma habitación, diciendo a Camille que todo había terminado entre ellos. La lluvia batía sobre las ventanas. Y el beso, un beso de diez segundos que, de no haber aparecido en aquellos momentos Lucile, habría terminado en la chaise-longue de terciopelo azul.
– ¿Por qué estás tan enojada, Annette? -preguntó Claude.
– No estoy enojada, querido. Es un día maravilloso.
– Si tú lo dices… ¡Mujeres! -exclamó Claude, mirando a Camille con aire de complicidad. Camille lo observó fríamente-. Lucile también parece un tanto confundida sobre sus sentimientos. Espero que… -Claude se detuvo frente a Camille, como si fuera a apoyar una mano en su hombro, pero se abstuvo-. Bien, espero que seáis felices.
– Camille, querido -dijo Annette-, tu vivienda es muy bonita pero creo que debéis buscar una más grande. Necesitaréis algunos muebles… ¿Quieres que te regale esta chaise-longue? Sé que siempre te ha gustado.
– He soñado con ella muchas veces -respondió Camille, bajando la vista.
– La mandaré al tapicero.
– No, te lo ruego -protestó Camille-. Así está bien.
– Bueno, os dejo para que sigáis hablando sobre los muebles -dijo Claude, sonriendo-. Debo reconocer, muchacho, que nunca dejas de sorprenderme.
– ¿De veras? ¡Es maravilloso! -exclamó el duque de Orléans-. Es la primera buena noticia que recibo desde hace mucho tiempo.
Camille le había presentado a Lucile, quien le había parecido una joven encantadora. Tenía estilo, porte, como una inglesa; sería una excelente amazona. Les haré un buen regalo, pensó el duque.
– Laclos, ¿dónde está situada esa casa que en estos momentos tengo vacía? Ésa con un jardín y doce habitaciones. No recuerdo la calle…
– ¡Es increíble! -exclamó Camille-. Me imagino la cara que pondrá mi padre… ¡Va a regalarnos una casa! Dispondremos de espacio suficiente para instalar en ella la chaise-longue…
– A veces no te entiendo -dijo Annette-. ¿Qué sería de ti si no tuvieras a tanta gente ocupándose de ti, Camille? ¿Cómo puedes aceptar una casa del duque, el soborno más grande, más visible que pueda hacerte? Es demasiado comprometedor. ¿No temes que te ataque la prensa monárquica?