La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Mire, existen personas que son peores.
– No se me ocurre ninguna -contestó el sacerdote.
Los testigos de la boda: Robespierre, Pétion, el escritor Louis-Sébastien Mercier y el marqués De Sillery, amigo del duque. Un grupo elegido diplomáticamente que representa al ala izquierda de la Asamblea, las fuerzas literarias y las conexiones orleanistas.
– Espero que no te importe -dijo Camille a Danton-. En realidad, quería que los testigos fueran Lafayette, Louis Suleau, Marat y el verdugo.
– Por supuesto que no me importa -contestó Danton. Al fin y al cabo, pensó, voy a ser testigo de todo lo demás-. ¿Piensas hacerte rico?
– La dote asciende a cien mil libras. Y poseo algunos objetos de plata. No me mires así. He sudado lo mío para conseguirlos.
– ¿Vas a serle fiel?
– Naturalmente -respondió ofendido Camille-. Qué pregunta. La amo.
– Me alegra saberlo.
Alquilaron una vivienda en el primer piso de un edificio situado en la rue des Cordeliers, junto a los Danton; y el 30 de diciembre ofrecieron una comida de bodas para cien invitados. Hacía un día gris y lluvioso. A la una se encontraron por fin solos. Lucile llevaba todavía su vestido rosa de novia, un tanto arrugado y manchado de champán. Se sentó en la chaise-longue de terciopelo azul y se quitó los zapatos.
– ¡Qué día! -exclamó-. No ha habido un día igual en los anales del sagrado matrimonio. Filas y filas de gente llorando y gimiendo… Mi madre llorando, mi padre llorando, el viejo Bérardier amonestándote públicamente, tú llorando, y la mitad de París que no estaba en la iglesia corría por las calles lanzando eslóganes y frases obscenas. Y…
Lucile se detuvo. Estaba nerviosa y mareada. Debe ser como navegar en alta mar, pensó. Camille parecía hablarle desde muy lejos:
– … y jamás pensé que me sentiría tan feliz, porque hace dos años no tenía nada y ahora te tengo a ti, tengo una posición desahogada y soy famoso…
– He bebido demasiado -dijo Lucile.
Al recordar la ceremonia le parecía que todo estaba envuelto en una bruma, y de pronto se preguntó angustiada: «¿Estaremos realmente casados? ¿No será la embriaguez un impedimento? La semana pasada, cuando visitamos la casa, ¿estaba sobria? ¿Dónde está la casa?»
– Temí que no se fueran nunca -dijo Camille.
Lucile lo miró. Durante cuatro años había imaginado las cosas que le diría al llegar este momento, pero ahora era incapaz de esbozar siquiera una tímida sonrisa. Abrió los ojos para impedir que la habitación siguiera girando, pero estaba tan cansada que volvió a cerrarlos. Luego se tumbó boca abajo en la chaise-longue, se instaló cómodamente y cayó dormida. Una caritativa mano acomodó una almohada debajo de su mejilla.
– Escucha los epítetos que me dedica si no apoyo el juramento constitucional de los pobres obispos -dijo el Rey, ajustándose las gafas para leer el periódico que sostenía en las manos:
– … traidor, conspirador, enemigo de las libertades públicas, perjuro, cobarde, príncipe sin honor, sinvergüenza, bellaco… -Luis se detuvo, dejó el periódico y se sonó enérgicamente con un pañuelo que llevaba bordado el escudo real-. Feliz año nuevo, doctor Marat.
III. El placer de las damas
– Lafayette -dijo Mirabeau a la Reina- sigue muy de cerca los pasos de Cromwell.
Estamos acabados, dice Marat. Los secuaces de María Antonieta están confabulados con Austria, los reyes han traicionado a la nación. Es preciso cortar 20.000 cabezas.
Francia será invadida desde el Rin. En junio, el hermano del Rey, Artois, tendrá un ejército apostado en Coblenza. El antiguo cliente de maître Desmoulins, el príncipe de Condé, dirigirá una fuerza en Worms. Una tercera, en Colmar, estará bajo el mando del hermano menor de Mirabeau, conocido, por su silueta y sus aficiones, como Barril Mirabeau.
Barril pasó sus últimos meses en Francia persiguiendo al abogado de la Lanterne a través de los tribunales. Actualmente confía en perseguirlo por las calles, con una tuerza armada. Los emigrados desean que regrese el viejo régimen y que Lafayette sea pasado por las armas. Exigen el apoyo de las potencias europeas.
Pero las potencias europeas tienen sus propias opiniones. Esos revolucionarios son peligrosos; representan una amenaza para todos. Sin embargo Luis no ha muerto, ni ha sido depuesto; aunque los muebles y los festejos en las Tullerías no pueden compararse con los de Versalles, vive cómodamente. Más adelante, cuando la Revolución haya concluido, quizá reconozca que ha sido una dura pero beneficiosa lección. Entretanto, es un verdadero placer observar a un vecino rico esforzándose en no irse a pique, a un ejército destrozado por los motines y a los señores demócratas ponerse en ridículo. Es preciso mantener en Europa el orden establecido por Dios; pero de momento no es necesario dar mayor lustre a la flor de lis borbónica.
En cuanto a Luis, los emigrados le aconsejan que emprenda una campaña de resistencia pasiva. A medida que pasan los meses, sin embargo, pierden toda esperanza y recuerdan la máxima del conde de Provenza: «Cuando seáis capaces de mantener unidas varias bolas de marfil untadas de aceite, lograréis sacar algún provecho del Rey.» Les enfurece comprobar que cada vez que Luis abre la boca se doblega ante el nuevo orden, hasta que éste les asegura que todo lo que dice significa justamente lo contrario. No alcanzan a comprender que algunos de esos monstruos, esos salvajes, esos bárbaros de la Asamblea Nacional defiendan los intereses del Rey. La Reina tampoco alcanza a comprenderlo.
– Sólo mantengo tratos con ellos al objeto de utilizarlos -declara-. En realidad, me inspiran un profundo horror.
Es posible que Lafayette tenga una idea más clara que Mirabeau de los méritos de la ilustre dama. Le ha dicho a la cara (según dicen) que se propone demostrar que es culpable de adulterio y enviarla de regreso a Austria. A tal fin, deja todas las noches una puerta abierta, sin custodiar, para que pueda colarse su supuesto amante, Axel von Fersen.
– La reconciliación es imposible -escribe la Reina-. Sólo las fuerzas armadas pueden reparar los daños causados.
Catalina, la Zarina: «Trato por todos los medios de que las cortes de Viena y Berlín participen en los asuntos de Francia, para tener yo las manos libres.» Catalina tiene las manos libres, como de costumbre, para ahogar a Polonia. Asegura que emprenderá una contrarrevolución en Varsovia, y dejará que los alemanes emprendan la suya en París. Leopoldo, en Austria, está muy ocupado con los asuntos de Polonia, Bélgica y Turquía; William Pitt piensa en la India y en las reformas económicas. Todos observan y esperan que los conflictos y las divisiones intestinas debiliten a Francia, para que ésta deje de ser una amenaza para sus respectivos planes.
Federico de Prusia opina de distinta manera; cuando estalle la guerra con Francia, como está convencido de que sucederá, se propone sacar las máximas ventajas. Tiene agentes en París con órdenes de azuzar los sentimientos de odio contra María Antonieta y los austriacos; instar al pueblo al uso de la fuerza, desestabilizar la situación y conducirla al caos. El que propugna con más entusiasmo una contrarrevolución es Gustavo de Suecia, quien está decidido a borrar París de la faz de la Tierra; Gustavo, que percibía un millón y medio de libras al año bajo el viejo régimen; Gustavo y su ejército imaginario. Y desde Madrid se dejan sentir los enardecidos sentimientos reaccionarios de un Rey imbécil.
Esos revolucionarios, dicen, son peores que la peste. Yo los atacaré, si tú los atacas primero.
Desde París, el futuro ofrece un aspecto precario. Marat ve conspiradores por doquier, olfatea la traición y contempla la nueva bandera tricolor junto a la ventana del Rey. Detrás de la fachada, custodiada por guardias nacionales, el Rey come, bebe, se engorda y apenas se inmuta. «Mi mayor defecto -escribió en cierta ocasión-, es una pereza mental que hace que todo esfuerzo intelectual me resulte cansado y doloroso.»