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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Georges dijo que, pese a esas medidas, no conseguirían aplastar a los cordeliers. Dijo que habían decidido montar un club, como los jacobinos, pero mejor. Cualquier persona, de cualquier zona de la ciudad, podía asistir, para que nadie dijera que era ilegal. Su verdadero nombre era Club de los Amigos de los Derechos del Hombre, pero desde el principio todo el mundo lo conocía como el Club de los Cordeliers. Al principio solían reunirse en un salón de baile. Querían utilizar el viejo monasterio de los cordeliers para celebrar sus reuniones, pero el Ayuntamiento mandó que precintaran el edificio. Entonces, un buen día -sin la menor explicación- retiraron los precintos y pudieron trasladarse allí. Louise Robert dijo que había sido por influencia del duque de Orléans.

Es difícil describir el Club de los Jacobinos. La cuota anual de suscripción es bastante elevada, uno tiene que estar avalado por varios miembros, y las reuniones son muy formales. Cuando Georges fue allí un día a pronunciar un discurso, regresó a casa furioso porque le habían tratado de forma muy grosera.

Todo el mundo era bien recibido en el Club de los Cordeliers. Solían acudir muchos actores, abogados y comerciantes, junto con algunos sujetos de mala catadura. Por supuesto, nunca fui allí cuando había reunión, pero vi lo que habían hecho con la capilla. La habían dejado desnuda. Cuando se rompieron unas ventanas, tardaron varias semanas en repararlas. Qué extraños son los hombres, pensé, en casa les gusta sentirse cómodos pero fuera les importa un comino. La mesa del presidente consistía en el banco de un ebanista que encontraron al mudarse al monasterio. En realidad, de no ser por los turbulentos tiempos en que vivíamos, Georges no hubiera tenido tratos con un ebanista. La tribuna de oradores consistía en cuatro palos que sostenían una tabla. Alguien había clavado en la pared un trapo con un eslogan pintado en rojo que decía: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Después de mi desastrosa experiencia con la madre de Georges, me disgusté mucho cuando Georges me comunicó que quería ir a pasar unos días en Arcis. Afortunadamente nos alojamos en casa de su hermana Anne Madeleine, y, para mi sorpresa, todo el mundo nos recibió con gran deferencia y respeto. Era asombroso. Las amigas de Anne Madeleine prácticamente me saludaban con una reverencia. Al principio supuse que los habitantes de Arcis debían haberse enterado de los éxitos de Georges como presidente del distrito, pero luego comprendí que no recibían los periódicos de París ni les importaba lo que ocurría en la capital. La gente me hacía unas preguntas muy curiosas, como, ¿cuál es el color favorito de la Reina?, ¿qué es lo que le gusta comer?, etcétera. Un día dije a Georges:

– Creo que la amabilidad de la gente se debe a que como eres abogado de la Corona, creen que el Rey te invita a ir todos los días a palacio para que le aconsejes.

Durante unos instantes, Georges me miró perplejo. Luego se echó a reír.

– ¿Eso creen? ¡Qué ingenuos son! ¡Y pensar que tengo que vivir en París, rodeado de esos cínicos y mentecatos! Dentro de cuatro o cinco años nos instalaremos aquí y tendremos una granja. Abandonaremos París para siempre. ¿Qué te parece?

Francamente, no sabía qué responder. Por una parte, pensé, sería maravilloso alejarse de los periódicos, las pescaderas, la abundancia de delincuencia y la escasez de productos. Pero luego pensé en la perspectiva de toparme todos los días con la señora Recordain. Así pues, no dije nada, imaginando que se trataba de un capricho pasajero. No creía que Georges estuviera dispuesto a abandonar el Club de los Cordeliers. Ni la Revolución. Al cabo de un tiempo empezaría a ponerse nervioso y un buen día me diría: «Mañana regresamos a París.»

De todos modos, Georges fue con su padrastro a ver unos terrenos, y habló con el notario de Arcis sobre la compra de una parcela.

– Me alegro de que te vayan bien las cosas, hijo -dijo el señor Recordain.

Georges sonrió.

Nunca olvidaré aquel verano. En el fondo estaba preocupada, porque opino que pase lo que pase debemos ser leales al Rey, a la Reina y a la Iglesia. Pero si algunos consiguen salirse con la suya, la Escuela de Equitación será más importante que el Rey, y la Iglesia pasará a ser otro departamento gubernamental. Sé que estamos obligados a obedecer a la autoridad, y que Georges se ha burlado de ella en más de una ocasión. Él es así, porque en la escuela, según me ha contado Paré, solían llamarlo «el anti-superior». Naturalmente, uno debe procurar superar sus defectos, pero entretanto yo estoy obligada a obedecer a mi marido, a menos que me incite a que cometa un pecado. ¿Acaso es un pecado invitar a cenar a unas personas que hablan de enviar a la Reina de regreso a Austria? Cuando pedí a mi confesor que me aconsejara, dijo que debía obedecer a mi esposo e intentar que regresara al seno de la Iglesia católica. Sus palabras no me ayudaron mucho. De modo que aunque exteriormente acepto todas las opiniones de Georges, en mi corazón tengo ciertas reservas, y rezo todos los días para que modifique algunas de sus opiniones.

Sin embargo, todo nos va bien. Siempre tenemos algún motivo para celebrar algo. Cuando llegó el aniversario de la toma de la Bastilla, todas las ciudades y poblaciones en Francia enviaron unas delegaciones a París. En los Campos de Marte construyeron un enorme anfiteatro, junto con un altar, que llamaron el Altar de la Patria. Acudió el Rey, que juró defender la constitución, y el obispo de Autun celebró misa. (Es una lástima que sea ateo.) Nosotros no fuimos, porque Georges dijo que no soportaba ver a la gente lamiendo el culo de Lafayette. Hubo bailes donde antes se alzaba la Bastilla y por las noches se celebraron unos festejos en nuestro distrito. Asistimos a todas las fiestas, y regresamos a casa de madrugada. Yo me puse un poco piripi, y todos se rieron de mí. Había llovido todo el día, y alguien compuso una poesía que afirmaba que Dios era un aristócrata. Jamás olvidaré las caras de la gente al tratar de lanzar unos fuegos artificiales bajo la lluvia torrencial; ni el momento en que Georges y yo regresamos a casa cogidos del brazo, por las calles mojadas, mientras despuntaban las primeras luces. Al día siguiente comprobé que mis nuevos zapatos de raso estaban destrozados.

Deberían vernos ahora; hemos cambiado mucho desde el año pasado. Algunas damas de la sociedad han dejado de empolvarse el pelo; en lugar de recogérselo en un moño, lo llevan suelto. Muchos caballeros también han dejado de empolvárselo, y la gente lleva menos encajes. El maquillaje ha caído en desuso; no sé que harán las damas de la Corte, pero Louise Robert es la única mujer que conozco que todavía lleva colorete. Admito no obstante que sin él tiene un color enfermizo. Vestimos sencillamente, y los colores de moda son el rojo, el blanco y el azul, los colores nacionales. La señora Gély dice que la nueva moda no favorece a las mujeres maduras, y mi madre está de acuerdo con ella. «En cambio tú -me dice mi madre-, puedes permitirte el lujo de prescindir de los encajes y el corsé.» No estoy de acuerdo con ella. No he vuelto a recuperar mi figura desde que nació Antoine.

La joya de moda este año es un fragmento de una de las piedras de la Bastilla engastado en un broche o un colgante. Félicité de Genlis tiene un broche en el que figura la palabra libertad en brillantes. Me lo contó el diputado Pétion. Hemos renunciado a nuestros suntuosos abanicos; ahora utilizamos unos hechos con sencillos trozos de madera y papel plisado, que representan vistosas escenas patrióticas. Yo siempre procuro llevar uno cuya escena encaje con las opiniones de mi marido. No puedo llevar un retrato del alcalde Bailly luciendo una corona de laurel, o de Lafayette montado en su caballo blanco, pero puedo mostrar un retrato del duque Philippe, o la toma de la Bastilla, o Camille pronunciando un discurso en el Palais-Royal. Aunque, como lo veo prácticamente todos los días, no veo la necesidad de llevar su retrato encima.

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