Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La Sombra De La Guillotina
La Sombra De La Guillotina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
1 ... 72 73 74 75 76 77 78 79 80 ... 224
Перейти на страницу:

En París se la veía con frecuencia en la Escuela de Equitación, sentada en la galería pública con su casaca roja, rodeada de admiradores; o paseando por el Palais-Royal, con una pistola en la cintura. Se dijo que había desaparecido de su casa de Lieja; sus hermanos creyeron que se había fugado con un hombre, pero al poco tiempo empezó a circular el rumor de que la habían secuestrado los austriacos.

Espero que no la suelten, dijo Lucile. Estaba celosa de Théroigne. ¿Qué derecho tenía a comportarse como un seudo-hombre, presentándose en las reuniones de los cordeliers y tomando la palabra desde la tribuna de oradores? Eso enfurecía a Danton. A él le gustaba el tipo de mujer que solía conocer en casa del duque: Agnès de Buffon, que le dirigía miradas lánguidas, y una joven inglesa llamada Grace Elliot, con sus misteriosas conexiones políticas y su maquinal forma de coquetear. Lucile había estado en casa del duque y había observado allí a Danton. Suponía que éste estaba al tanto de lo que pasaba. De hecho, Danton sabía que Laclos le había tendido una trampa, cuyo señuelo eran esas mujeres. Félicité, la alcahueta, se la dejaba a Camille. A Camille le gustaba sostener una conversación inteligente con una mujer. Era una de sus perversiones, decía Danton.

Ese verano llegó a París Louis Suleau, el viejo enemigo de Camille de los tiempos de la escuela. Venía de Picardía bajo arresto, acusado de escribir panfletos sediciosos y anticonstitucionales. Su rebeldía, sin embargo, era distinta de la de Camille pues era más monárquico que el Rey. Louis fue absuelto y esa misma noche él y Camille permanecieron charlando hasta el amanecer. Era una conversación culta, brillante, cuyo santo patrón era Voltaire.

– Tengo que mantener a Louis alejado de Robespierre -confió Camille a Lucile-. Louis es una de las mejores personas del mundo, pero me temo que Max no lo comprendería.

Louis era un caballero, pensó Lucile. Tenía estilo, empaque, presencia. Al poco tiempo dispuso de una plataforma, entró en el consejo editorial de un periódico monárquico de línea escandalosa titulado Los hechos de los Apóstoles. Los diputados que se sentaban a la izquierda solían autodenominarse «los apóstoles de la libertad», pomposidad que en opinión de Louis debía ser severamente castigada. ¿Quiénes eran los colaboradores? Una pandilla de crápulas y ex sacerdotes, decían indignados los patriotas. ¿Cómo se hacía el periódico de marras? El Hechos solía organizar «cenas evangélicas» en el Restaurant du Mais y en Chez Beauvillier, donde comentaban los últimos chismorreos y tramaban el siguiente número. Invitaban a sus rivales y los emborrachaban para sonsacarles alguna noticia sabrosa. Camille comprendía el principio por el que se regían: un rumor por aquí, una confidencia por allá, total, una juerga a expensas de los idiotas que trataban de ocupar la vía del medio. Con frecuencia los artículos que rechazaba el Révolutions eran publicados por el Hechos.

– Querido Camille -dijo Louis-, deberías unirte a nosotros. Estoy seguro de que algún día coincidirán nuestras opiniones. Déjate de esas bobadas de «libertad, igualdad y fraternidad». ¿Conoces nuestro manifiesto? «Libertad, alegría y democracia real.» En el fondo los dos queremos lo mismo, que la gente sea feliz. ¿De qué os sirve vuestra Revolución si os convierte en seres tristes y malhumorados? ¿De qué sirve una revolución dirigida por individuos amargados desde míseros cuartuchos?

Libertad, alegría y democracia real. Las mujeres Duplessis dieron a sus modistos instrucciones para el otoño de 1790. Trajes de seda negros con cinturones escarlatas y capas cortas ribeteadas con una cinta tricolor para asistir a estrenos teatrales, cenas para conocer a gente nueva…

Era todavía verano cuando Antoine Saint-Just llegó a París. No sólo de visita. Lucile estaba ansiosa de conocerlo. Camille le había hablado de él, contándole que había huido con la plata de la familia y había dilapidado el dinero en quince días. Estaba convencida de que era un joven encantador.

Antoine tenía veintidós años. El asunto de la plata familiar había sucedido tres años antes. ¿Se lo había inventado Camille? Costaba creer que una persona pudiera cambiar tanto. Lucile miró a Saint-Just y observó la chocante neutralidad de su expresión. Tras las presentaciones de rigor, él la miró como si no le interesara lo más mínimo. Iba acompañado de Robespierre, con quien al parecer mantenía correspondencia. Es curioso, pensó Lucile, la mayoría de los hombres se esfuerzan en conseguir de mí algo más que unas palabras amables. De todos modos no le molestó. Al contrario, era un cambio agradable.

Saint-Just era un joven muy apuesto, alto, de complexión atlética, con una mirada aterciopelada y una lánguida sonrisa. Tenía la tez pálida y el cabello castaño oscuro; su único defecto era su pronunciada barbilla, excesivamente ancha y larga. Lucile pensó que la barbilla impedía que resultara demasiado guapo, aunque visto desde ciertos ángulos, su rostro ofrecía un aspecto un tanto desequilibrado.

Camille iba con ella, por supuesto. Estaba de mal humor.

– ¿Sigues escribiendo poesías? -preguntó a Saint-Just. El año pasado su primo había publicado un poema épico y se lo había enviado para conocer su opinión. Era interminable, violento y ligeramente obsceno.

– ¿Por qué lo preguntas? ¿Te gustaría leerlas? -Saint-Just le miró ilusionado.

Camille sacudió la cabeza.

– La tortura ha sido abolida.

– Supongo que mi poema te ofendió -dijo Saint-Just con tono irónico-. Quizá te pareció pornográfico.

– Ni siquiera eso -contestó Camille, soltando una carcajada.

– Era un poema serio -insistió Saint-Just-. ¿Acaso crees que escribo poesías para perder el tiempo?

– Lo ignoro -respondió Camille.

Lucile notó que tenía la boca seca. Observó a los dos hombres tratando de ridiculizarse: Saint-Just pálido, pasivo, esperando los resultados; Camille nervioso, agresivo, con la mirada enfebrecida. Eso no tiene nada que ver con un poema, pensó Lucile. Robespierre también parecía algo alarmado.

– Eres demasiado severo, Camille -observó Robespierre-. Sin duda la obra tendría algún mérito.

– En absoluto -contestó Camille-. Pero si quieres, Antoine, te mostraré unas poesías que escribí en mis años mozos, para que puedas burlarte de ellas. Probablemente eres mejor poeta que yo, y sin duda serás mejor político, porque sabes controlarte. Te gustaría pegarme, pero no lo harás.

Saint-Just lo miró impertérrito.

– ¿Te he ofendido? -preguntó Camille con tono afligido.

– Profundamente -le contestó Saint-Just, sonriendo-. Me has herido en lo más íntimo de mi ser. Porque eres la única persona cuya opinión tengo en cuenta. Ninguna cena aristocrática estaría completa sin tu presencia.

Tras esas palabras, Saint-Just se volvió hacia Robespierre.

– ¿No puedes ser más amable con él? -murmuró Lucile.

– Como amigo, no me importa ser amable con él. Pero él se estaba dirigiendo al editor, no al amigo. Quería que escribiera un artículo ensalzando su talento. No le interesaba mi opinión personal, sino mi opinión profesional.

– ¿Qué ha pasado? Pensaba que te caía bien.

– Ha cambiado. Era un loco, siempre estaba metido en algún lío de faldas. Pero se ha vuelto solemne y formal. Me gustaría que lo viera Louis Suleau, es el ejemplo típico de un revolucionario amargado. Se declara republicano. No me gustaría vivir en su república.

– Quizás él no te lo permitiría.

Más tarde Lucile oyó murmurar a Saint-Just:

– Es un frívolo.

Lucile meditó sobre esa palabra. La asociaba con divertidas giras veraniegas y resopones después del teatro. La actriz, sudorosa y pintarrajeada, sentada junto a ella, dijo: «Veo que está muy enamorada. Es muy guapo. Espero que sean felices.» Era la primera vez que oía pronunciar esas palabras como una condena, cargadas de desprecio y malos presagios.

1 ... 72 73 74 75 76 77 78 79 80 ... 224
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)