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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Tienes razón.

– Dile que te dé dinero. Hablando de casas, mira estos bocetos -dijo Annette, mostrándole los planos de su propiedad en Bourg-la-Reine-. Me gustaría construir para vosotros una casita aquí, al final de esa avenida de tilos.

– ¿Por qué?

– Porque no estoy dispuesta a vivir bajo el mismo techo contigo y con Claude durante las vacaciones. Sería como irse de vacaciones al Purgatorio. Siempre he deseado diseñar una casita. Por supuesto, es posible que, dado que soy una simple amateur, olvide algún detalle fundamental. Pero no te preocupes, incluiré un bonito dormitorio para ti. Yo iré a visitaros de vez en cuando.

Annette sonrió de forma ambigua, como entre aterrada y entusiasmada. Los próximos años serán muy interesantes, pensó. Camille tiene unos ojos extraordinarios, de un gris tan oscuro que casi parecen negros, y una mirada absorta, como si contemplara el futuro.

– En Saint-Sulpice -dijo Annette-, las confesiones son a las tres.

– Lo sé -respondió Camille-. Todo está arreglado. He enviado recado al padre Pancemont de que llegaría a las tres en punto. Le dije que no suelo hacer esas cosas todos los días y que no me hiciera esperar. ¿Vienes?

– Ordena que traigan el coche.

Al llegar frente a la iglesia, Annette dijo al cochero:

– Tardaremos… ¿Cuánto crees que tardarás en confesarte?

– En realidad no voy a confesarme. Sólo unos pocos pecadillos. Treinta minutos.

Al fondo de la iglesia había un hombre vestido con una casaca oscura, paseándose arriba y abajo, con una carpeta bajo el brazo. En aquel momento el reloj dio las tres.

– Las tres en punto, señor Desmoulins. ¿Entramos?

– Es mi abogado -dijo Camille.

– ¿Cómo? -preguntó Annette, perpleja.

– Mi abogado, notario público. Está especializado en ley canónica. Me lo recomendó Mirabeau.

El abogado tenía aire satisfecho. Qué interesante, pensó Annette, que todavía veas a Mirabeau.

– ¿Acaso pretendes que tu abogado te acompañe durante la confesión, Camille?

– Una simple medida de precaución. Ningún pecador serio debería pasarla por alto.

Tras esas palabras, Camille cogió a Annette del brazo y atravesaron la iglesia apresuradamente.

– Te espero aquí -dijo Annette.

Se arrodilló en un banco, junto a unas abuelas que rezaban para que regresaran los viejos tiempos, y un perrito dormido en el suelo, roncando. El sacerdote preguntó en voz alta:

– ¿Eres tú?

– Escriba esto -ordenó Camille al abogado.

– Debo admitir que no pensé que vinieras. Cuando recibí tu mensaje supuse que era una broma.

– No es ninguna broma. Para casarme debo estar en estado de gracia, ¿no es así?

– ¿Eres católico?

– ¿Por qué lo pregunta? -quiso saber Camille.

– Porque si no eres católico no puedo administrarte los sacramentos.

– De acuerdo. Soy católico.

– ¿Acaso no has afirmado… -Annette oyó carraspear al sacerdote-, en tu periódico que la religión mahometana es tan válida como la de Jesucristo?

– ¿Lee usted mi periódico? -preguntó Camille, complacido. Silencio-. ¿Se niega a casarnos?

– Hasta que hayas declarado públicamente que profesas la fe católica…

– No tiene usted derecho a pedirme eso. Debe aceptar mi palabra. Mirabeau dice…

– ¿Desde cuándo es Mirabeau una autoridad eclesiástica?

– Le gustará esa frase, se la diré. Le ruego que cambie de opinión, padre, porque estoy muy enamorado y es preferible que nos casemos a que nos abrasemos en el infierno.

– Ya que citas a San Pablo -respondió el sacerdote-, me permito recordarte que es Dios quien me ha otorgado mis poderes. Y que quienquiera que se resista a mis poderes en realidad se estará resistiendo a las reglas de Dios, y los que se resistan se condenarán.

– Es un riesgo que debo correr -replicó Camille-. Como sabe de sobra, creo que es el versículo catorce, el marido no creyente será santificado por su esposa. Si se niega a casarnos, presentaré el caso ante una comisión eclesiástica. Me está poniendo obstáculos, me impide unirme en santo matrimonio con mi prometida. En lugar de comparecer ante los tribunales, sería preferible que se expusiera a ser engañado. Ver capítulo seis.

– Eso se refiere a llevar a los tribunales a los no creyentes. El vicario general de la diócesis de Sens no es un no creyente.

– Sabe que no tiene razón -insistió Camille-. ¿Dónde cree que me educaron? No me venga con esas majaderías. No -dijo a su abogado-, no es necesario que escriba eso.

Al salir del confesionario, Camille ordenó a su abogado:

– Tache esa última frase. Me he precipitado. Escriba en la parte superior de la hoja: «En relación a la celebración del matrimonio de L. C. Desmoulins, abogado.» Eso es. Subráyelo.

– ¿Has rezado con fervor? -preguntó a Annette, cogiéndola del brazo. Luego añadió en voz baja a su abogado-: Envíelo inmediatamente a la comisión.

– Ni iglesia, ni sacerdote -dijo Lucile-. Maravilloso.

– El vicario general de la diócesis de Sens dice que soy responsable de la pérdida de la mitad de sus ingresos anuales -respondió Camille-. Dice que por culpa mía han quemado su castillo. Deja de reírte, Adèle.

Estaban sentados en el cuarto de estar de Annette.

– Bien, Maximilien -dijo Camille-, dado que eres un experto a la hora de resolver problemas, espero que resuelvas éste.

– ¿No conocéis a un sacerdote más tolerante? -preguntó Adèle, tratando de contener la risa-. ¿Algún compañero de la escuela?

– Quizá pudiéramos convencer al padre Bérardier -contestó Robespierre-. Era nuestro rector en el Louis-le-Grand, y ahora es miembro de la Asamblea. Siempre te tuvo mucho afecto, Camille…

– Cuando me ve, sonríe como diciendo: «Ya sabía cómo ibas a acabar.» Dicen que se negará a jurar lealtad a la constitución.

– Eso no importa -terció Lucile-. Si existe alguna posibilidad…

– Con las siguientes condiciones -dijo Bérardier-. Que declares públicamente en tu periódico que profesas la fe católica. Que dejes de hacer chistecitos anticlericales en tu periódico y que elimines de él su tono blasfemo.

– ¿Y cómo quiere que me gane la vida? -inquirió Camille.

– Podías haber previsto lo que sucedería cuando decidiste meterte con la Iglesia. Pero nunca fuiste un muchacho previsor.

– Bajo las condiciones estipuladas -dijo el padre Pancemont-, permitiré que el padre Bérardier os case en Saint-Sulpice. Pero yo me niego a hacerlo, y creo que el padre comete un error.

– Es un joven que se deja llevar por sus impulsos -dijo el padre Bérardier-. Un día sus impulsos lo conducirán por el camino adecuado, ¿no es cierto, Camille?

– El problema es que no pensaba sacar otro número antes de Año Nuevo.

Los sacerdotes se miraron.

– Entonces debes hacerlo en el primer número de 1791.

Camille asintió.

– ¿Lo prometes? -preguntó Bérardier.

– Lo prometo.

– Siempre fuiste un consumado embustero.

– No lo hará -dijo el padre Pancemont-. Hubiéramos debido exigirle que se retractara antes de casarlo.

Bérardier suspiró.

– ¿De qué serviría? Uno no puede forzar las conciencias -dijo.

– Tengo entendido que el diputado Robespierre también era alumno suyo.

– Sí, durante un tiempo.

El padre Pancemont lo miró como si acabara de decir: «Estuve en Lisboa durante el año del terremoto.»

– Así pues, ¿ha abandonado la enseñanza? -preguntó.

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