La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
La prensa de izquierdas se refiere a Lafayette no por su título sino por su nombre de Mottié. Al Rey lo llama Luis Capeto, y a la Reina «la esposa del Rey».
Existen disensiones de carácter religioso. Aproximadamente un tercio de los curas de Francia accede a jurar fidelidad a la constitución. El resto son, digamos, curas refractarios. Sólo siete obispos apoyan el nuevo orden. En París, las monjas son atacadas por las pescaderas. En Saint-Sulpice, donde el padre Pancemont permanece empecinado, la multitud recorre la nave cantando: «Ça ira, ça ira, les aristocrats à la Lanterne.» Las tías del Rey, Adelaide y Victoire, parten en secreto para Roma. Los patriotas temen que se hayan marchado llevándose consigo al Delfín. El Papa declara que la constitución civil es cismática. La cabeza de un policía es arrojada dentro de la carroza del nuncio papal.
En una barraca en el Palais-Royal, un varón y una hembra «salvajes» se exhiben desnudos. Comen piedras, hablan en una jerga extranjera y por unas pocas monedas están dispuestos a copular.
Barnave, en verano: «Otro paso hacia la libertad, y la monarquía quedará destruida; otro paso hacia la igualdad, y la propiedad privada quedará destruida.»
Desmoulins, en otoño: «Nuestra revolución de 1789 era un asunto acordado entre el Gobierno inglés y una minoría de la nobleza, preparada por algunos con la esperanza de arrojar a la aristocracia de Versalles y apoderarse de sus castillos, mansiones y cargos; por otros para encasquetarnos a un nuevo amo, y por todos para darnos dos Cámaras y una constitución parecida a la de Inglaterra.»
1791: han transcurrido dieciocho meses desde que estallara la revolución, y Francia se halla bajo el dominio de una nueva tiranía.
– El hombre que afirme que yo he propugnado alguna vez desobedecer las leyes es un embustero -dice Robespierre.
Enero en Bourg-la-Reine. Annette Duplessis estaba junto a la ventana, contemplando las ramas de un castaño que crecía en el jardín. Desde allí no se distinguían los cimientos de la nueva casa, que tenían un aire tan melancólico como unas ruinas. Annette suspiró en el denso silencio que la envolvía. En la sala de estar reinaba una evidente tensión. Cualquiera diría que nos hemos reunido para discutir un asunto grave, pensó Annette, en lugar de tomarnos una simple taza de chocolate a media mañana.
Claude leía con aire desafiante El diario de la ciudad y la Corte, un escandaloso periódico de derechas. Camille observaba a su esposa, como hacía con frecuencia. (A los dos días de casados, Lucile había descubierto estupefacta que aquellos ojos negros que la hacían derretirse eran miopes. «¿Por qué no te pones gafas?» «Soy demasiado vanidoso.») Lucile leía una traducción de Clarisa, con escaso interés. Cada dos minutos alzaba la cabeza para mirar a su esposo.
Annette se preguntaba si sería el aire de triunfo sexual de Lucile, el vivo color de sus mejillas, lo que había sumido a Claude en un humor de perros. Desearías que tuviera nueve años, pensó Annette, observando las canas repeinadas y empolvadas de su marido, y que todavía jugara a muñecas. Esos descansos rurales no sentaban bien a Claude. Camille, a unos pocos metros de distancia, parecía un gitano que había perdido su violín y lo estaba buscando debajo de un seto. Su descuidada vestimenta parecía subrayar el colapso del orden social.
De pronto, Claude dejó caer el periódico.
– Te advertí que si leías esa basura te llevarías más de un sobresalto -dijo Camille.
Claude señaló la página sin poder articular palabra. Camille se inclinó para coger el periódico, pero Claude se negó a entregárselo.
– No seas tonto, Claude -dijo Annette, como si se dirigiera a un niño-. Dale el periódico a Camille.
Camille echó un vistazo al artículo que estaba leyendo su suegro y dijo:
– Caramba. Sal un momento, Lolotte.
– No.
¿De dónde había sacado ese apodo? Annette sospechaba que se lo había puesto Danton. Es un tanto íntimo, pensó, y ahora lo utiliza Camille.
– Haz lo que te ordena Camille.
Lucile no se movió. Soy una mujer casada, pensó, no tengo por qué hacer lo que me ordene nadie.
– Entonces quédate -dijo Camille-. Sólo intentaba evitar que te llevaras un susto. Según este artículo, no eres hija de tu padre.
– Quema ese maldito periódico -dijo Claude.
– Ya sabes lo que solía decir Rousseau -dijo Annette-: «Quemar no es una respuesta.»
– ¿Entonces de quién soy hija? -preguntó Lucile-. ¿Soy hija de mi madre, o soy huérfana?
– Eres hija de tu madre, y tu padre es el abate Terray.
Lucile soltó una carcajada.
– Como vuelvas a reírte -la amonestó su madre-, te doy una bofetada.
– Así pues, el dinero de la dote es fruto de la especulación con el grano por parte del abate durante la época de hambruna -agregó Camille.
– El abate no especuló con el grano -replicó Claude, mirando enfurecido a Camille.
– Me limito a repetir lo que dice el periódico.
– Ya -dijo Claude.
– ¿Conocías a Terray? -preguntó Camille a su suegra.
– Nos vimos en una ocasión. Cambiamos tres palabras.
– Terray tenía fama de mujeriego -dijo Camille, dirigiéndose a Claude.
– No era culpa suya -protestó enérgicamente Claude-. Nunca quiso ser sacerdote. Su familia le obligó a tomar los hábitos.
– Cálmate, querido -dijo Annette.
Claude se inclinó hacia adelante, con las manos entre las rodillas, y dijo:
– Teníamos todas nuestras esperanzas depositadas en Terray. Era un trabajador infatigable. La gente le temía. -Súbitamente se detuvo, como si comprendiera que por primera vez en muchos años había añadido una nueva frase, una coda.
– ¿Tú también le temías? -preguntó Camille por simple curiosidad, sin ánimo de burlarse de él.
– Es posible -respondió Claude.
– Yo le tengo miedo a mucha gente -confesó Camille.
– ¿A quién? -inquirió Lucile.
– Por ejemplo a Fabre. Cuando me oye tartamudear, me sacude y me golpea la cabeza contra la pared.
– Han habido otras insinuaciones, Annette -dijo Claude-. En otros periódicos. -Miró disimuladamente a Camille-. Pero he conseguido borrarlas de mi mente.
Annette guardó silencio. Camille arrojó el periódico al suelo y gritó:
– ¡Me querellaré contra ellos!
– ¿Qué? -preguntó Claude.
– Me querellaré contra ellos por difamación -repitió Camille.
Claude se puso de pie y dijo:
– Adelante.
Acto seguido abandonó la sala de estar, riendo a mandíbula batiente, y se dirigió a su habitación.
En febrero, Lucile estaba muy ocupada dando los últimos toques a la casa. Quería poner unos cojines de seda rosas. Camille no estaba muy convencido. Cuando vio unos grabados de la Vida y Muerte de María Estuardo, soltó una palabrota. No le gustaba contemplar esos cuadros. Bothwell tenía una expresión cruel que le recordaba a Antoine Saint-Just. Mientras unos fornidos sirvientes, ataviados con unas faldas escocesas que dejaban al descubierto sus rechonchas rodillas, esgrimían unas espadas, unos distinguidos caballeros ayudaban a la atribulada reina de Escocia a subir a un bote de remos. Para su ejecución, María, que parecía que tuviera veintitrés años, lucía un ceñido vestido que ponía de realce su espléndida figura.
– ¿No te parece romántico? -le preguntó Lucile.
Desde que se habían mudado, Camille había instalado las oficinas del periódico en su nueva casa. Unos hombres con los dedos manchados de tinta, nerviosos y malhumorados, subían y bajaban continuamente la escalera formulando a Lucile todo tipo de preguntas a las que ella no sabía responder. Sobre las mesas yacían montones de pruebas sin corregir. Parecía la casa de los Danton, que se encontraba en el mismo edificio. A todas horas entraba y salía gente de la casa, el comedor estaba colonizado por los redactores, el dormitorio era utilizado como cuarto de estar y, en términos generales, reinaba el más absoluto caos.