La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Suponemos que dentro de poco Adèle nos comunicará su compromiso. Max ha venido a visitarnos, y alabó al abate Terray. Buena parte de lo que ha hecho el abate, según dijo, no se le ha reconocido. A partir de entonces, a Claude ya no le importa el hecho de que Max sólo cuente con su salario de diputado, ni que mantenga a sus dos hermanos menores.
Me pregunto cómo será la vida de Adèle. Robespierre también recibe cartas, pero no como las que le llegan a Camille. Proceden de todos los rincones de la ciudad; son cartas de personas insignificantes que se han enemistado con las autoridades o que están en un apuro y confían en que él les solucione el problema. Se levanta a las cinco de la mañana para contestar a esas cartas. A veces pienso que tiene un escaso sentido del confort doméstico. Al parecer, no necesita distraerse ni divertirse. No sé si Adèle conseguirá acostumbrarse a ese estilo de vida.
Robespierre: no es sólo París que debe tener en cuenta. Las cartas proceden de todo el país. En las ciudades provinciales han instalado unos clubes jacobinos, y el comité de correspondencia del club de París les envía noticias, informes y directrices. En sus cartas sus admiradores destacan, entre sus colegas parisienses, al diputado Robespierre, deshaciéndose en alabanzas hacia él. Ya es algo, después de las injurias y vituperios de los monárquicos. Entre las hojas de El contrato social conserva una carta de un joven de Picardía, un entusiasta llamado Antoine Saint-Just: «Le conozco, Robespierre, como conozco a Dios, por sus obras». Cuando siente una angustiosa opresión en el pecho, cosa que suele sucederle a menudo, o cuando sus ojos están demasiado cansados para seguir leyendo, el recuerdo de esa carta le da energías para continuar su labor.
Todos los días asiste a la Asamblea, y todas las tardes al Club Jacobino. Cuando puede pasa por la casa de los Duplessis, cena de vez en cuando con Pétion, pero se trata de cenas de trabajo. Acude al teatro unas dos veces por temporada, pues no es muy aficionado y le disgusta perder el tiempo. La gente aguarda frente a la Escuela de Equitación, al club, al inmueble donde habita, para verlo siquiera unos segundos.
Por las noches se acuesta rendido. Duerme profundamente. No sueña sino que se sumerge en la oscuridad, como si cayera a un pozo. El mundo de la noche es real; las mañanas, con su luz y su aire, están pobladas de sombras, de espectros. Siempre se levanta antes del amanecer.
William Augustus Miles, observando la situación para informar
al Gobierno (inglés) de Su Majestad
El hombre que goza de menos consideración en la Asamblea Nacional…, pronto se convertirá en el más importante. Es un hombre severo, de rígidos principios, poco agraciado, de talante sencillo, austero en su forma de vestir, incorruptible, que desprecia la riqueza y sin un ápice de la volubilidad típica de los franceses. Nada de lo que pudiera ofrecerle el Rey le haría abandonar sus propósitos. Lo observo atentamente cada noche. Es un personaje singular; con cada hora que pasa crece su importancia, y sin embargo todos los miembros de la Asamblea Nacional lo consideran insignificante; cuando afirmé que se convertiría en un hombre de gran influencia en poco tiempo, y que gobernaría a los millones de franceses, se rieron de mí.
A principios de año Lucile fue presentada a Mirabeau. Jamás olvidaría a ese hombre, de pie sobre una exquisita alfombra persa en una habitación decorada con increíble mal gusto. Era inmenso, de labios delgados y con el rostro cubierto por numerosas cicatrices.
– Tengo entendido que su padre es un funcionario -dijo Mirabeau, mirándola de pies a cabeza-. ¿Tiene una hermana gemela?
Mirabeau parecía utilizar todo el aire disponible de una habitación. También parecía utilizar todo el cerebro de Camille. Era asombroso que Camille se dejara engañar de ese modo. Por supuesto que Mirabeau no recibía dinero de la Corte. Por supuesto que Mirabeau era el perfecto patriota. Cuando llegara el día en que Camille no pudiera seguir engañándose, se pegaría un tiro. Aquella semana casi no hubo periódicos.
– Max se lo advirtió -dijo Adèle-. Pero no le hizo caso. Mirabeau ha calificado a esa ignorante austríaca como «una gran y noble mujer». Y sin embargo, para las personas de la calle, Mirabeau es un dios. Eso demuestra lo fácilmente que se dejan engañar.
Claude apoyó la cabeza en las manos y exclamó:
– ¿Es necesario que soporte esas blasfemias, esa sedición de labios de mis hijas y en mi propia casa?
– Supongo -dijo Lucile-, que Mirabeau debe de tener sus razones para conspirar con la Corte. Pero ha perdido prestigio entre los patriotas.
– ¿Sus razones? Sus razones son el dinero y la ambición de poder. Quiere salvar a la monarquía para que le estén eternamente agradecidos y en deuda.
– ¿Salvar a la monarquía? -preguntó Claude-. ¿De qué? ¿De quién?
– Padre, el Rey ha pedido a la Asamblea una asignación de veinticinco millones, y los muy imbéciles se la han concedido. Ya conoces el estado de la nación. Pretenden exprimirla como a una naranja. ¿Cuánto crees que puede durar esa situación?
Claude miró a sus hijas, tratando de reconocer en ellas a sus dulces pequeñas.
– Pero si no tuviéramos al Rey, a Lafayette, a Mirabeau o a los ministros -os he oído hablar mal de todos ellos- ¿quién gobernaría la nación?
Las hermanas se miraron y respondieron al unísono:
– Nuestros amigos.
Camille atacó a Mirabeau en su periódico con inusitada brutalidad. Sentía una incontenible rabia que fluía por sus venas. Durante un tiempo, Mirabeau siguió defendiéndolo contra quienes pretendían silenciarlo. Se refería a él como «mi pobre Camille». Andando el tiempo, se pasó a las filas enemigas. «Soy un buen cristiano -decía Camille-. Amo a mis enemigos.» En efecto, sus enemigos contribuían a definir su personalidad. Podía adivinar sus propósitos en su mirada.
Al alejarse de Mirabeau, su relación con Robespierre se hizo más estrecha. Eso supuso para Camille un cambio radical en su estilo de vida. Pasaban las veladas juntos revisando documentos, escribiendo, escuchando el tictac del reloj. Para estar con Robespierre, Camille tuvo que revestirse de rigor y seriedad, como quien se pone una capa de invierno.
– Él es todo lo que me gustaría ser -le confesó a Lucile-. A Max no le importa el fracaso ni el éxito. Le tiene sin cuidado lo que los demás piensen de él, la opinión que les merezcan sus actos. Es uno de los pocos hombres al que sólo le preocupa obrar según su propia conciencia.
Sin embargo, el día anterior, Danton dijo a Lucile:
– El joven Maximilien es un enigma. No logro descifrarlo.
Pero Robespierre no se había equivocado respecto a Mirabeau. Independientemente de lo que uno opinara sobre él, era preciso reconocer que casi siempre tenía razón.
En mayo, Théroigne abandonó París. No tenía dinero y estaba cansada de que los periódicos monárquicos la llamaran prostituta. No habían vacilado en exponer implacablemente su turbio pasado. La época en que había vivido en Londres con un lord arruinado. Su relación, más provechosa, con el marqués de Persan. Su estancia en Génova con un cantante italiano. Unas semanas locas en París, cuando se presentaba ante todo el mundo como la condesa de Campinado, una aristócrata venida a menos. Nada delictivo ni exageradamente hiperbólico: sólo el tipo de cosas que todos hemos hecho cuando la necesidad aprieta. Sin embargo, se exponía a ser criticada, ridiculizada e insultada. ¿Quién sería capaz de soportar el tipo de escrutinio que he tenido que sufrir yo?, pensó mientras hacia la maleta. Se proponía regresar al cabo de unos meses, cuando la prensa hubiera caído sobre otra víctima.