La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Debemos encargar más estanterías -dijo Lucile-. Hay montones de libros por todas partes. No sé por dónde pisar. ¿Necesitas todos esos viejos periódicos, Camille?
– Sí. Los utilizo para poner al descubierto las incoherencias de mis oponentes -contestó su marido, escogiendo al azar uno de Hébert.
– Eso es basura -dijo Lucile.
René Hébert expresaba en la actualidad sus opiniones a través de un personaje que fingía ser el portavoz del pueblo, un farmacéutico ficticio llamado Père Duchesne. Era un periódico vulgar, en todos los sentidos de la palabra, escrito de forma pedestre y tachonado de palabras malsonantes.
– Père Duchesne es un empecinado monárquico -observó Camille.
– ¿Es Hébert realmente como Père Duchesne? -preguntó Lucile-. ¿Fuma en pipa y suelta palabrotas como él?
– En absoluto. Es un hombre menudo y afectado que mueve las manos constantemente. ¿Eres feliz, Lolotte?
– Muy feliz.
– ¿Estás segura? ¿Te gusta la casa? ¿Quieres mudarte a otra?
– No, me gusta ésta. Me gusta todo. Soy muy feliz -contestó Lucile, conmovida-. Lo único que me preocupa es que suceda algo malo.
– ¿Qué puede suceder? -preguntó Camille, aunque lo sabía de sobra.
– Que vengan los austriacos y te maten. O que te secuestren y te encierren en una mazmorra y no vuelva a verte.
Lucile se tapó la boca, como si temiera exteriorizar sus angustiosos pensamientos.
– No soy un personaje tan importante -respondió Camille-. Tienen otras cosas más importantes que hacer que mandar que me asesinen.
– El otro día vi una carta en la que te amenazan de muerte.
– No debes leer la correspondencia de otras personas. Te expones a enterarte de cosas que no te conviene saber.
– ¿Quién nos obliga a vivir de ese modo? -preguntó Lucile, arrojándose en sus brazos-. Dentro de poco tendremos que vivir en un sótano, como Marat.
– Sécate las lágrimas. Tenemos visita.
– Vuestra ama de llaves me dijo que podía pasar -dijo Robespierre, tímidamente.
– Adelante -contestó Lucile-. Como verás, esto no es exactamente un nido de amor. Puedes sentarte en la cama. Medio París se presentó aquí esta mañana mientras me estaba vistiendo.
– Desde que nos hemos mudado, nunca encuentro nada -se quejó Camille-. No tienes idea de lo cansado que es estar casado. Tienes que tomar decisiones sobre todo tipo de cosas, como pintar el techo o dejarlo como está.
– No quiero entreteneros -dijo Robespierre-. Sólo deseaba saber si has escrito el artículo que me prometiste, sobre mi panfleto a propósito de la Guardia Nacional. Supuse que lo publicarías en el último número del periódico.
– No sé dónde lo he metido -contestó Camille-. Me refiero a tu panfleto. ¿Tienes una copia? Si quieres, tú mismo puedes escribir el artículo.
– No me importa ofrecer a tus lectores una muestra de mis ideas, Camille, pero preferiría que lo escribieras tú y que dijeras si mis ideas te parecen coherentes y lógicas, si están bien expresadas. No sería correcto que escribiera una artículo ensalzándome a mí mismo.
– No veo por qué.
– No estoy de humor para bromas.
– Lo lamento -contestó Camille, pasándose una mano por el pelo y sonriendo-. Eres nuestra política editorial, ¿no lo sabías? Nuestro héroe. -A continuación se acercó a Robespierre y apoyó las manos en sus hombros-. Admiramos tus principios, apoyamos tus iniciativas y tus escritos. Siempre te daremos buena publicidad.
Robespierre retrocedió y contestó irritado:
– Nunca cumples tus promesas. Eres un irresponsable.
– Sí, lo siento.
– No le reprendas como si fuera un niño, Maximilien -terció Lucile.
– Escribiré el artículo esta misma tarde -dijo Camille.
– Te espero en el club a las seis.
– No faltaré.
– Eres un tirano -dijo Lucile, dirigiéndose a Robespierre.
– Te equivocas, Lucile -respondió éste suavemente-. De vez en cuando tengo que amonestarlo. Camille es un soñador. Estoy seguro de que si yo estuviera casado con una mujer como tú, también me sentiría tentado de pasar todo el día contigo, descuidando mi trabajo. Camille es débil, nunca ha sabido resistirse a la tentación. Pero me disgusta que me creas un tirano.
– Está bien -contestó Lucile-, te perdono. Pero intenta utilizar ese tono agresivo de voz para atacar a la derecha, no para meterte con Camille.
Robespierre la miró con expresión tensa, a la defensiva. En aquel momento, Lucile comprendió por qué Camille prefería disculparse antes que enzarzarse en una discusión con él.
– A Camille no le importa que nos metamos con él. Al menos, eso dice Danton. Adiós. No olvides escribir el artículo esta tarde.
Cuando Robespierre se hubo marchado, Camille y Lucile se miraron a los ojos.
– ¿Qué ha querido decir con esa alusión a Danton? -preguntó Lucile.
– Nada. Le molestó que le criticaras.
– ¿Es que no puedo criticarlo?
– No. Se lo toma todo muy a pecho. Además, tenía razón. Hubiera debido escribir el artículo hace días. No seas tan dura con él. En realidad, es su timidez lo que le hace aparecer brusco.
– A su edad ya debería haberla superado. Además, un día me dijiste que no tenía debilidades.
– Por supuesto que las tiene. Como todo el mundo.
– Tengo miedo de que algún día me abandones -dijo Lucile inesperadamente-. Que me dejes por otra persona.
– ¿Qué te hace pensar eso?
– Temo que ocurra algo que destruya mi felicidad. Jamás me había sentido tan feliz como ahora.
– ¿Acaso no fuiste feliz de niña?
– Sí.
– Yo también.
– Tengo miedo de que puedas morir a causa de un accidente o de una enfermedad. Tu hermana Henriette murió tísica, ¿no es cierto? -insistió Lucile, mirándolo fijamente, como si quisiera ver el tejido que había debajo de la piel.
Camille se volvió. No podía soportarlo. Temía comprobar que la felicidad era un hábito, una cualidad inherente al temperamento de uno, o algo que se adquiere de niño, como un idioma, más difícil que el latín y el griego, que es preciso aprender a dominar. Pero, ¿y si uno no aprende nunca a dominarlo? ¿Y si uno fuera demasiado estúpido, o ciego, para aprender a dominar la felicidad? Ciertas personas analfabetas, que se avergüenzan de serlo, fingen ante los demás saber leer y escribir. Lógicamente, un día se descubre que no es cierto. Pero siempre cabe la posibilidad de que mientras uno finge saber leer y escribir, de pronto te des cuenta de que puedes hacerlo, y estás salvado. Análogamente, es posible que mientras uno trata de escribir unas expresiones rudimentarias -como las frases que figuran en las guías de viajeros-, súbitamente se revelen en tu mente la gramática y la sintaxis de ese idioma desconocido. Pero, el proceso podía llevar años, pensó Camille. Comprendía perfectamente el problema de Lucile: ¿cómo sabe uno si vivirá lo suficiente para llegar a dominar esa lengua?
El amigo del pueblo , número 497, J. P. Marat, editor
… nombre de inmediato un tribunal militar, un dictador supremo… Están ustedes perdidos si siguen haciendo caso de los actuales líderes, quienes les halagan impidiéndoles ver que tienen a los enemigos en casa… Ha llegado la hora de cortar la cabeza a Mottié, a Bailly… a todos los traidores de la Asamblea Nacional… dentro de unos días Luis XVI avanzará a la cabeza de todos los desafectos y las legiones austriacas… Un centenar de espíritus enardecidos amenazarán con destruir su ciudad si se resisten… todos los patriotas serán arrestados y los escritores de moda encerrados en mazmorras… Si no despiertan inmediatamente de su letargo, la muerte les sorprenderá mientras estén durmiendo.