La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Recuerdo a Lucile en nuestra vivienda la mañana de las celebraciones de la Bastilla, despeinada, con sus cintas tricolores hechas trizas y calada hasta los huesos. Tenía el vestido empapado y pegado al cuerpo, y daba la sensación de llevar poca ropa interior. ¡No quiero ni imaginar lo que hubiera dicho la madre de Georges! De todos modos, le reprendí severamente por su imprudencia. Encendí la chimenea, le ordené que se quitara la ropa y la envolví en una manta. Lamento decir que Lucile estaba guapísima sentada junto al fuego, envuelta en una manta. Parecía un gato.
– Qué infantil eres -dije-. Me sorprende que tu madre te dejara salir vestida de ese modo.
– Dice que debo aprender de mis errores -contestó, sacando los dos brazos por debajo de la manta-. Déjame sostener al niño.
Deposité a Antoine en sus brazos y ella le hizo unas carantoñas.
– Hace un año que Camille se hizo famoso -dijo-, pero todavía no hemos fijado la fecha de la boda. Pensé que si me quedaba encinta precipitaría las cosas, pero no consigo que se acueste conmigo. A veces es exageradamente recto. A su lado, John Knox era un aprendiz.
– No seas mala -dije, por decir algo.
Lucile me cae bien. Por supuesto, no soy tonta, sé que Georges se siente atraído hacia ella, como todos los hombres. Camille vive ahora cerca de nosotros. Tiene una vivienda muy bonita, y un ama de llaves, de aspecto un tanto feroz, llamada Jeanette. No sé de dónde la ha sacado pero es una excelente cocinera y a veces, cuando tenemos invitados, viene a ayudarme. Hérault de Séchelles nos visita con frecuencia, lo cual me complace mucho. Tiene unos modales exquisitos, a diferencia de los amigos actores de Fabre. También vienen varios diputados y periodistas, sobre los cuales sostengo diversas opiniones, que me guardo mucho de expresar. Según Georges, si alguien es un patriota su personalidad carece de importancia. Eso es lo que dice, pero rehuye a Billaud-Varennes como la peste. ¿Recuerdan a Billaud? Solía trabajar para Georges de vez en cuando. Desde la Revolución se le ve mucho más animado. Al parecer tiene un empleo fijo.
Una noche, en julio, vino a cenar un hombre llamado Collot d’Herbois. Qué nombre tan raro, ¿verdad? Se parecía a Fabre, en el sentido de que era actor, dramaturgo, y había sido gerente de un teatro. Debía tener aproximadamente la edad de Fabre. En aquella época ponían una obra suya, titulada, La familia patriótica, en el Théâtre de Monsieur. Era el tipo de obra que estaba de moda, aunque nosotros no la habíamos visto. Tuvo un gran éxito de taquilla, pero Collot parecía un hombre amargado. Insistió en contarnos la historia de su vida, y, según dijo, todo cuanto había emprendido hasta la fecha le había salido mal. Cuando era joven, le desconcertaba el que la gente pretendiera siempre estafarlo, hasta que comprendió que envidiaban su talento. Achacaba su mala fortuna al destino, hasta que se dio cuenta de que todo el mundo conspiraba contra él. (Al decir eso, Fabre me hizo un gesto indicando que estaba loco). Todos los temas que tocábamos despertaban en Collot amargos recuerdos. Se ponía rojo de ira y empezaba a gesticular violentamente, como si estuviera pronunciando un discurso en la Escuela de Equitación. Yo temí que fuera a romper una copa o un plato.
Más tarde comenté a Georges:
– No me gusta ese Collot. Tiene peor carácter que tu madre, y estoy segura de que su obra debe de ser horrible.
– Un comentario típicamente femenino -respondió Georges-. A mí no me cae mal, aunque me aburre. Sus opiniones son… -Georges se detuvo unos instantes y sonrió-… iba a decir correctas, pero en realidad son las que yo sostengo.
Al día siguiente, Camille dijo:
– Ése Collot es horrible. Es la peor persona del mundo. Supongo que su obra es insoportable.
– Quizá tengas razón -contestó Georges dócilmente.
Hacia finales de año, Georges pronunció una alocución ante la Asamblea. Al cabo de unos días cayó el ministerio. La gente decía que había sido culpa de Georges. Mi madre me dijo que estaba casada con un hombre muy poderoso.
La Asamblea Nacional está reunida
Lord Mornington, septiembre de 1790
No disponen de un sistema normal de debate sobre asuntos ordinarios; algunos se dirigen a la Asamblea desde sus asientos, otros desde el centro de la sala, otros desde el banco o la tribuna… El tumulto es tal que resulta muy difícil entender lo que dicen. En ocasiones se alzan más de cien voces al mismo tiempo. El presidente se tapa los oídos con las manos y ruge «¡orden!», como si reconviniera a un cochero, y se pone a golpear la mesa con los puños y a blasfemar… El público de las galerías manifiesta su aprobación y desaprobación por medio de bramidos y aplausos.
Esta mañana fui a la corte en las Tullerías. Es una corte muy tétrica… El Rey tenía buen aspecto, pero me pareció menos arrogante que la última vez que nos vimos; ahora se inclina ante todo el mundo, cosa que ningún Borbón solía hacer antes de la Revolución.
El año de Lucile: ahora tengo dos diarios. Uno lo reservo para los pensamientos más puros y elevados y el otro para anotar en él las cosas que suceden.
Solía vivir como Dios, en distintas Personas. El motivo era que la vida me parecía muy aburrida. Me gustaba fingir que era María Estuardo, y, a decir verdad, todavía lo hago de vez en cuando. No es fácil desprenderse de esos hábitos. Asignaba un papel a todas las personas que me rodeaban -generalmente de doncella o de algo por el estilo- y me enfurecía cuando no lo desempeñaban bien. Cuando me cansaba de María E., asumía la personalidad de Julie, en La Nouvelle Heloïse. Actualmente me pregunto qué clase de relación mantengo con Maximilien de Robespierre. Vivo dentro de su novela favorita.
Uno tiene que emplear la imaginación para no dejarse arrastrar por la cruda realidad. A principios de año Camille fue demandado por daños y perjuicios por el señor Sanson, el verdugo. Es curioso, uno no suele pensar que los verdugos tengan derecho a recurrir a la justicia, como cualquier persona corriente.
Por fortuna la justicia es lenta, los procesos complicados y el duque está dispuesto a pagar los daños y perjuicios. No, no es la justicia lo que me preocupa. Cada mañana me despierto pensando: ¿estará vivo aún?
Lo atacan por la calle. Lo denuncian ante la Asamblea. Lo desafían continuamente a duelos, aunque los patriotas han acordado no aceptar jamás un duelo. La ciudad está llena de locos deseosos de clavarle un cuchillo. Esos mismos locos le escriben cartas, unas cartas tan repugnantes que ni siquiera se digna leerlas. Las mete en un cajón. Luego hace que sus empleados las revisen, por si contienen amenazas muy concretas, como por ejemplo, te mataré tal día, a tal hora y en tal sitio.
Mi padre se comporta de forma muy extraña. Dos veces al mes me prohíbe que vuelva a ver a Camille. Pero por la tarde se apresura a leer el periódico. «¿Alguna noticia?», pregunta ansioso, como si quisiera que le dijéramos que han hallado el cadáver degollado de Camille flotando en el río. No lo creo. De no ser por Camille, mi padre se aburriría mucho. Mi madre se divierte tomándole el pelo. «Reconócelo, Claude -le dice-. Es el hijo que nunca tuviste.»
Con frecuencia Claude trae a cenar a apuestos jóvenes, confiando en que me enamore de alguno. Funcionarios públicos. ¡Dios!
A veces me escriben versos, unos sonetos muy hermosos. Adèle y yo los leemos con la adecuada expresión sentimental. Alzamos la vista al cielo, nos llevamos las manos al pecho y suspiramos. Luego hacemos con ellos unas bolitas y nos entretenemos atacándonos mutuamente con ellas.
Estamos llenas de energía y vitalidad. Procuramos mostrarnos siempre alegres. Más vale estar alegre que triste y llorosa. Preferimos tomarnos la vida a broma.
Mi madre, en cambio, está siempre tensa, melancólica; pero en el fondo, creo que sufre menos que yo. Probablemente porque es mayor que yo y ha aprendido a dosificar esas cosas. «No temas, Camille sobrevivirá -dice-. ¿Por qué crees que se rodea siempre de tipos tan corpulentos?» Pero pueden atacarlo con una pistola, protesto yo, o con un cuchillo. «¿Un cuchillo? ¿Te imaginas a alguien intentando alcanzar a Camille con un cuchillo a través del señor Danton? Suponiendo, naturalmente, que éste se interpusiera en su camino. De todos modos, Camille es un experto en conseguir que la gente se sacrifique por él -dice mi madre-. Fíjate en mí, o en ti.»