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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Mary cambió de posición en el asiento y se agarró las manos sobre el regazo con gesto remilgado. Pero Kate advirtió que se le habían puesto blancos los nudillos.

– Muy bien -dijo Mary-. ¿Qué es lo que quieres saber? Sabes que te contaré cualquier cosa de la que yo esté enterada.

Kate volvió a hacer un gesto de asentimiento y tragó saliva pues la boca se le había quedado seca.

– ¿Cómo murió, Mary?

Mary pestañeó y luego se hundió un poco, tal vez con alivio.

– Pero eso ya lo sabes. Fue una gripe. O algún tipo de dolencia pulmonar. Los médicos nunca tuvieron la certeza completa.

– Lo sé, pero… -Kate miró a Anthony, quien le dedicó un gesto tranquilizador. Tomó una profunda bocanada y luego se animó a continuar- aún me dan miedo las tormentas, Mary. Quiero saber por qué. No quiero continuar con ese miedo.

Mary separó los labios, pero permaneció callada un instante infinito mientras miraba con atención a su hijastra. Su piel palideció poca a poco, adquirió un tono peculiar, translúcido, y su mirada se angustió.

– No era consciente -susurró-, no sabía que aún…

– Lo he ocultado bien -dijo Kate en voz baja.

Mary levantó una mano y se tocó la sien. Le temblaban las manos.

– Si lo hubiera sabido, habría… -Movió los dedos hasta su frente, se alisó las líneas de preocupación mientras buscaba con esfuerzo las palabras-. Bien, no sé qué hubiera hecho. Decírtelo, supongo.

A Kate se le paró el corazón.

– ¿Decirme el qué?

Mary soltó un largo suspiro, entonces ya se había llevado ambas manos al rostro y se apretaba la parte superior de las órbitas de los ojos. Parecía que tuviera un terrible dolor de cabeza, que el peso del mundo golpeara contra su cráneo, de dentro hacia fuera.

– Sólo quiero que sepas -dijo con voz entrecortada- que no te lo conté porque pensaba que no lo recordabas. Y si no lo recordabas, bien, entonces no parecía conveniente hacerte recordar.

Cuando alzó la vista, unas lágrimas surcaban su rostro.

– Pero es obvio que recuerdas -susurró- o no te asustarías tanto. Oh, Kate. Cuánto lo lamento.

– Estoy seguro de que no hay nada de lo que tenga que lamentarse -dijo Anthony con suavidad.

Mary le miró, sus ojos sorprendidos por un momento, como si hubiera olvidado que él estaba en la habitación.

– Oh, pero sí -dijo con tristeza-. No sabía que Kate aún padeciera sus temores. Debería haberlo sabido. Es el tipo de cosa que una madre intuye. Es posible que yo no la haya parido, pero he intentado ser una auténtica madre para ella…

– Lo has sido -dijo Kate con fervor-. La mejor.

Mary se volvió hacia ella, mantuvo un silencio durante unos pocos segundos antes de decir, con una voz que sonaba distante de un modo peculiar.

– Tenías tres años cuando murió tu madre. Era tu cumpleaños, de hecho.

Kate hizo un gesto de asentimiento, como hipnotizada.

– Cuando me casé con tu padre hice tres juramentos. Estaba el juramento que le hice a él, ante Dios y los testigos, de ser su esposa. Pero mi corazón hizo otras dos promesas. Una promesa era a ti, Kate. Sólo tuve que mirarte una vez, tan perdida y desamparada, con esos enormes ojos marrones -y qué tristes, oh, qué tristes estaban, ningún niño debería tener esa mirada-. Juré que te querría como si fueras hija mía y que te daría todo lo que hubiera dentro de mí para criarte.

Hizo una pausa para secarse los ojos, aceptando con gratitud el pañuelo que Anthony le ofrecía. Cuando continuó, su voz era apenas un susurro.

– La otra promesa se la hice a tu madre. Visité su tumba, ¿sabes?

El movimiento de cabeza de Kate estuvo acompañado por una sonrisa nostálgica.

– Lo sé. Fui contigo en varias ocasiones.

Mary sacudió la cabeza.

– No. Quiero decir antes de casarme con tu padre. Me arrodillé allí y fue entonces cuando hice mi tercer juramento. Había sido una buena madre para ti; todo el mundo lo decía, y cualquier tonto podía darse cuenta de que la echabas de menos con todo tu corazón. De modo que le prometí las mismas cosas que te prometí a ti: que sería ma buena madre, que te querría y cuidaría como si fueras el fruto de mis entrañas. -Alzó la cabeza, y sus ojos eran del todo claros y directos cuando dijo-: Y me gustaría pensar que le proporcioné cierta paz. No creo que ninguna madre pueda morir en paz dejando atrás una niña tan pequeña.

– Oh, Mary -susurró Kate.

Mary la miró y sonrió con tristeza, luego se volvió hacia Anthony.

– Y por eso, milord, lo lamento. Debería haberlo sabido, debería haberme dado cuenta de que sufría.

– Pero, Mary -protestó Kate-. Yo no quería que tú te dieras cuenta. Lo ocultaba en mi habitación, debajo de la cama, en el armario. Cualquier cosa para escondértelo.

– Pero ¿por qué, corazón?

Kate contuvo una lágrima.

– No sé. No quería preocuparte, supongo. O tal vez me daba miedo parecer débil.

– Siempre has intentado ser tan fuerte -susurró Mary-. Incluso cuando eras una cosita menuda.

Anthony cogió la mano de Kate, pero miró a Mary.

– Es fuerte. Y usted también.

Mary contempló el rostro de Kate durante un largo minuto ojos con nostálgicos y tristes y, luego, en voz baja, uniforme, dijo:

– Cuando murió tu madre, aquel día… yo no estaba allí, pero cuando me casé con tu padre él me contó la historia. Sabía que yo ya te quería y pensó que podría ayudarme a entenderte un poco mejor.

»La muerte de tu madre fue muy rápida. Según tu padre, se puso enferma un jueves y murió al martes siguiente. Y llovía sin parar. Fue una de esas tormentas espantosas que nunca acaban, que cae sobre la tierra sin piedad hasta que los ríos se desbordan y los caminos se vuelven intransitables.

»Dijo que estaba seguro de que sólo se recuperaría si la lluvia cesaba. Era una tontería, ya lo sabía, pero cada noche se iba a la cama rezando para que asomara el sol entre las nubes. Rezando cualquier cosa que pudiera darle una pequeña esperanza.

– Oh, papá -susurró Kate, sus palabras surgieron de forma espontánea a través de sus labios.

– Tú te encontrabas encerrada en la casa, por supuesto, algo no podías perdonar de ninguna manera. -Mary alzó la vista y sonrió a Kate, el tipo de sonrisa que hablaba de años de recuerdos-. Siempre te ha encantado estar al aire libre. Tu padre me dijo que tu madre solía sacar tu cuna afuera y mecerte con el aire fresco.

– No sabía eso -susurró Kate.

Mary asintió, luego continuó con su historia.

– Al principio no eras consciente de que tu madre estaba enferma. Te mantenían alejada de ella, pues temían que te contagiaras. Pero al final debiste de presentir que algo pasaba. Los niños siempre lo hacen.

»La noche en que murió, la lluvia arreció todavía más, y, por lo que me conté tu padre, los truenos y relámpagos eran los más terroríficos que todo el mundo podía recordar. -Hizo una pausa, luego ladeó la cabeza un poco y preguntó-: ¿Recuerdas el viejo árbol retorcido del jardín trasero, aquel al que siempre trepabais tú y Edwina?

– ¿El que estaba partido en dos? -susurró Kate.

Mary asintió con la cabeza.

– Sucedió aquella noche. Tu padre dijo que fue el sonido más escalofriante que había oído en su vida. Los truenos y relámpagos se superponían, y un rayo partió el árbol en dos en el momento exacto en que un trueno sacudió la tierra.

»Supongo que no podías dormir -continuó-. Yo misma recuerdo aquella tormenta, aunque vivía en el condado de al lado. No sé cómo pudo dormir alguien aquella noche. Tu padre estaba con tu madre. Se estaba muriendo y todo el mundo lo sabía, y en medio del dolor se habían olvidado de ti. Se habían preocupado mucho de que no te enteraras, pero aquella noche su atención estaba en otro sitio.

»Tu padre me dijo que estaba sentado al lado de tu madre, intentaba cogerle la mano mientras ella fallecía. No una muerte dulce, me temo. Las enfermedades pulmonares no lo son en muchos casos. – Mary alzó la vista-. Mi madre también murió así. Lo sé. El final no fue apacible. Daba bocanadas, se sofocaba ante mis propios ojos.

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