Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– ¡Muy bien! -dijo Fagites con gran naturalidad y sin mostrar temor alguno-. Mira lo que vamos a hacer, vieja. Si tienes una buena cantidad de dinero dejaré al joven con la cabeza sobre los hombros. Tengo ahí fuera nueve secuaces y puedo cortarle su precioso cuello y salir corriendo antes de que el germano llegue hasta el lecho. ¿Está claro?
– A él no trates de explicarle nada, que no habla una palabra de griego.
– ¡Qué animal! Pues lo negociaré contigo, abuela, si te parece. ¿Tienes dinero?
Ria permaneció un instante con los ojos cerrados, reflexionando sobre la mejor solución a adoptar. Y, como era tan práctica como su hijo, decidió ocuparse en primer lugar de Fagites, pues César moriría antes de que Burgundus pudiera alcanzar el lecho; y luego moriría Burgundus y moriría ella. Abrió los ojos y señaló a los baldes llenos de libros que estaban en un rincón.
– Ahí hay tres talentos.
Fagites dirigió sus ojos castaño claros hacia el lugar que le indicaban y lanzó un silbido.
– ¿Tres talentos? ¡ Magnífico!
– Cógelos y vete. Déjale morir en paz.
– ¡Pierde cuidado, abuela, me iré! -añadió, llevándose los dedos a la boca para lanzar un penetrante silbido.
Entraron sus secuaces en tromba con la espada desenvainada, dispuestos a matar a Burgundus, y se encontraron con la tranquila escena y por botín unos baldes de libros.
– ¡Por los dioses, qué textos tan pesados! -exclamó el griego al ver lo que les costaba transportarlos-. Nuestro flamen dialis es un joven muy inteligente.
En tres viajes habían desaparecido los baldes. La tercera vez que entraron sus hombres, Fagites se levantó de la cama y se situó rápidamente junto a ellos.
– ¡Adiós, adiós! -dijo, antes de que desaparecieran todos.
Oyeron movimiento apresurado afuera y, luego, el sonido de los cascos de los caballos. Después silencio.
– Habríais debido dejar que los matara -dijo Burgundus.
– Sí, pero tu amo hubiera sido el primero en morir -contestó la anciana con un suspiro-. Bueno, no volverán hasta que lo hayan gastado; pero volverán. Tendrás que llevarte a César a las montañas.
– ¡Morirá! -replicó Burgundus echándose a llorar.
– Puede, pero si permanece aquí si que no se salvará.
El letargo de César era apacible, sin delirio ni espasmos. Estaba delgado y exhausto, y tenía unas bubas en la boca, pero, a pesar del profundo sopor, bebía todo lo que le daban, y aún no había permanecido inmóvil tanto tiempo como para que comenzaran a brotar estertores de su pecho.
– Es una pena que hayamos tenido que entregar el dinero, porque yo no tengo trineo y es lo que necesitamos para transportarlo. Conozco a quien me vendería uno, pero ahora que Quinto Sertorio está proscrito no tengo nada. La casa la tengo gracias a que forma parte de mi dote.
Burgundus la contempló impasible, y al cabo de un rato demostró que era capaz de pensar.
– Vender su caballo -dijo y se echó a llorar-. Se le partirá el corazón. Pero no hay otra cosa.
– Buen muchacho, Burgundus -dijo Ria con firmeza-. El caballo podremos venderlo fácilmente. No nos darán lo que vale, pero tendremos para comprar el trineo, unos bueyes y pagar a Priscus y Gratidia por el alojamiento… a pesar de lo que tú comes.
Lo hicieron y sin tardanza, y Bucéfalo se alejó, llevado de las riendas por su nuevo dueño, que no daba crédito a su suerte por haber podido comprar un animal como aquél por nueve mil sestercios; y no pensaba rezagarse, no fuera que Ria se arrepintiera.
El trineo, que era un carro a cuyas ruedas habían acoplado unas tablas pulimentadas de extremos curvados hacia arriba, costó cuatro mil sestercios, y los dos bueyes que lo arrastraban otros dos mil sestercios, aunque el dueño les dijo que estaba dispuesto a volver a comprarlo todo en verano por cuatro mil sestercios, ganando dos mil.
– Seguramente lo devolveremos antes -dijo Ria cabizbaja.
Entre ella y Burgundus acomodaron a César en el trineo lo mejor que pudieron, envolviéndole bien con trapos.
– ¡Y no te olvides de moverle de vez en cuando! Si no los huesos le atravesarán la poca carne que le queda al pobre. Con este tiempo las provisiones duran más; es una ventaja. Y dale leche de la oveja y agua. ¡Ah, ojalá pudiera acompañaros, pero soy muy vieja!
Les vio alejarse por el prado blanco de detrás de la casa hasta que gigante y trineo desaparecieron del todo. Le había entregado su oveja con la esperanza de que eso ayudase a sobrevivir a César. Cuando se hubieron perdido de vista, volvió a entrar en la casa y se dispuso a ofrecer una de sus palomas a Venus, diosa de su familia, y una docena de huevos a Tellus y a Sol Indiges, madre y padre de todas las cosas itálicas.
El viaje hasta casa de Priscus y Gratidia duró ocho días, ya que los bueyes eran lentísimos; factor favorable para el estado de César, que no sufrió ningún zarandeo en aquel trineo que se deslizaba suavemente por la nieve helada, gracias a la aplicación de cera de abeja a los patines. Ascendieron desde el valle de Himella, donde estaba Nersae junto al rápido torrente que discurría junto a la carretera que salvaba la gran altura en zig-zag, y descendieron por la otra vertiente de igual modo hasta el valle de Aternus.
Lo curioso fue que César comenzó a mejorar casi al tiempo que sufría la inclemencia del frío, después de haber vivido en el ambiente caldeado de la casa. Bebía algo de leche (Burgundus, con sus manazas, tardaba una eternidad en ordeñar a la oveja, que, afortunadamente, era un paciente animal) y roía trabajosamente trozos de queso que le daba el germano; pero no salía de su postración y no podía hablar. Durante el camino no encontraron ningún lugar habitado, por lo que no pudieron guarecerse por la noche, pero continuaba la helada y los días eran soleados y las noches muy estrelladas.
Cedió la gravedad y volvió el letargo de antes, hasta que también fue remitiendo. En cierto modo, razonó el lento cerebro de Burgundus, aquello era una mejoría, pero parecía que un ser maligno del otro mundo hubiese chupado la sangre a César, que apenas podía alzar la mano. Por fin, un día, recobró la palabra, al advertir una importante ausencia.
– ¿Dónde está Bucéfalo, que no lo veo? -dijo.
– Hemos tenido que dejarlo en Nersae, César. Ya ves cómo es el camino. Bucéfalo no hubiera podido hacerlo. Pero no te preocupes, Ria lo cuidará.
A Burgundus le pareció mejor que decir la verdad, y más cuando vio que César le creía.
Priscus y Gratidia vivían en una pequeña granja a unas millas de Amiternum. Tendrían la misma edad que Ria y algo de dinero, pero sus hijos, que habrían podido contribuir a mejorar su condición, habían muerto durante la guerra itálica y no tenían hijas. Por eso, cuando leyeron la carta de Ria, y Burgundus les entregó los tres mil sestercios que quedaban, acogieron encantados a los fugitivos.
– Si le sube la fiebre, le sacaré afuera -dijo Burgundus-, porque en cuanto salimos de casa de Ria empezó a mejorar-. Podéis quedaros también con eso -añadió, señalando el trineo y los bueyes-, porque si se salva no lo querrá.
¿Se salvaría? Ninguno de los tres podía aventurarlo, porque transcurrían los días sin que cambiara su estado. A veces soplaba el viento y nevaba durante lo que parecía una eternidad, y luego volvían los días de fuerte helada, pero César no parecía notarlo. Había disminuido la fiebre y la postración, pero no acababa de consolidarse una mejoría, y el enfermo conservaba aquella mirada desmayada.
A finales de abril comenzó un deshielo que parecía anunciar la primavera. En aquella parte de Italia se comentó que había sido el peor invierno en muchos años. Para César había sido el más duro de su vida.
– Creo -dijo Gratidia, que era prima de Ria- que César acabará por morir si no le trasladamos a un lugar como Roma, donde puede tener físicos, medicinas y alimentos que aquí en la montaña son impensables. Su sangre no tiene fuerza, por eso no mejora. No sé qué remedio aplicarle, y no me dejas que traiga a alguien de Amiternum para que le examine, Burgundus. Así que tienes que ir a Roma a decírselo a su madre.