La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Cuando nació Antoine, la madre de Georges vino del campo para pasar unos días con nosotros. El padrastro de Georges no pudo acompañarla porque estaba muy ocupado inventando telares, al menos eso fue lo que dijo, pero creo que se alegraba de librarse unos días de su mujer. Fue un desastre. Lamento decirlo, pero la señora Recordain es la mujer más desagradable que he conocido en mi vida.
Lo primero que dijo fue:
– París es una ciudad inmunda. ¿Cómo puedes criar a tu hijo en este ambiente? No me extraña que muriera el primero que tuviste. Te aconsejo que cuando dejes de dar de mamar a Antoine lo envíes a Arras.
Una excelente idea, pensé yo, lo enviaré allí para que le cornee un toro y le deje la cara señalada para el resto de su vida.
Luego mi suegra echó una ojeada a su alrededor y observó:
– El papel de las paredes ha debido costaros una fortuna.
Durante la comida se quejó de las verduras y me preguntó cuánto pagaba a nuestra cocinera.
– Es demasiado -respondió-. De todos modos, me gustaría saber de dónde sacáis el dinero.
Le expliqué que Georges trabajaba mucho, pero ella replicó que sabía perfectamente lo que cobraban los jóvenes abogados y que no era suficiente para mantener una casa que parecía un palacio, y a una esposa rodeada de lujos.
Eso es lo que piensa de mí.
Cuando la llevé de compras, comentó que los precios le parecían ofensivos. Reconoció que la carne era muy buena, pero dijo que Legendre era vulgar, y que no había criado a Georges «con todo el cariño y dedicación» para que fuera amigo de un carnicero. Yo no salía de mi asombro. Al fin y al cabo Legendre no se ocupa de cortar y envolver la carne. Nunca se pone un delantal. Lleva una casaca negra como un abogado y se sienta junto a Georges en el Ayuntamiento.
Por las mañanas, la señora Recordain decía:
– No es necesario que me acompañes a ningún sitio.
Pero si no salíamos, por la noche se quejaba:
– No merece la pena hacer un viaje tan largo para quedarme encerrada entre cuatro paredes.
Un día se me ocurrió llevarla a la tienda de Louise Robert, dado que la señora Recordain es una esnob y Louise es tan fina y distinguida. Louise estuvo muy amable con ella. No dijo una palabra sobre la república, ni Lafayette, ni el alcalde Bailly. Enseñó a mi suegra la tienda y le explicó la procedencia de las especias y la forma de cultivarlas, y le regaló un paquete para que se lo llevara a casa. Pero al cabo de diez minutos la señora Recordain dio media vuelta y se marchó sin despedirse siquiera de Louise. Una vez en la calle, me dijo:
– Es una vergüenza que una mujer se case con un hombre de una posición inferior a ella. Demuestra pocas ambiciones. No me sorprendería que ni siquiera estuvieran casados.
Un día, Georges protestó:
– No entiendo por qué no puedes invitar a unos amigos a casa por el mero hecho de que mi madre haya venido a visitarnos. Podrías invitar a cenar a los Gély, o la pequeña Louise…
Yo sabía que eso representaba un sacrificio por su parte, dado que la señora Gély no le cae demasiado bien.
– En realidad -dije-, ya se conocen. Tu madre opina que la señora Gély es una mujer ridícula que se da muchos aires. Y que Louise necesita que le den unos buenos azotes.
– ¡Vaya por Dios! -dijo Georges, una expresión que no solía utilizar con frecuencia-. ¿No conocemos a nadie digno de su aprobación?
Envié una nota a Annette Duplessis rogándole encarecidamente que permitiera a Lucile venir a cenar a casa. Para tranquilizarla, le dije que estaría presente la madre de Georges, y que Lucile no estaría a solas ni un momento con etcétera… Annette accedió. Lucile llevaba un vestido blanco con un lazo azul y se comportó como un ángel, formulando a la madre de Georges todo tipo de preguntas sobre la vida en el campo. Camille estuvo muy educado, como casi siempre, excepto cuando escribe esos terribles artículos en el periódico. Yo, por si acaso, había tomado la precaución de ocultar los números atrasados. También invité a Fabre, porque es muy simpático y ameno. Varias veces trató de entablar conversación con la señora Recordain, pero ésta le contestaba con monosílabos y al fin Fabre se rindió y se limitó a observarla a través de sus quevedos, aunque le había rogado que no lo hiciera.
Mientras tomábamos café, mi suegra se levantó y desapareció. La encontré en nuestro dormitorio, pasando el dedo por la repisa de la ventana para comprobar si había polvo.
– ¿Sucede algo malo? -le pregunté.
Ella me contestó agriamente:
– ¿Es que no tienes ojos en la cara? Yo que tú vigilaría a esa chica y a tu marido.
Al principio no comprendí a qué se refería.
– También te aconsejo que vigiles a ese chico y a tu marido. Así que él y esa joven van a casarse, ¿eh? No me extraña. Dios los cría y ellos se juntan.
Un día asistimos a un debate de la Escuela de Equitación desde la galería pública, pero era muy aburrido. Georges dice que el día menos pensado se pondrán a discutir sobre la conveniencia de arrebatar las tierras a la Iglesia y cedérselas a la nación, y que si su madre hubiera asistido a ese debate habría organizado una trifulca impresionante. El caso es que mi suegra empezó a insultar a los diputados, llamándolos canallas e ingratos. El señor Robespierre se acercó a saludarnos y estuvo muy amable. Señaló a mi suegra todos los personajes importantes, incluyendo a Mirabeau.
– Ese hombre irá derechito al infierno cuando muera -soltó la madre de Georges.
El señor Robespierre me miró de reojo y sonrió. Luego se dirigió a mi suegra y dijo:
– Es usted encantadora. Coincido plenamente con usted.
Eso alegró mucho a mi suegra.
Durante todo el verano pagamos las consecuencias del asunto de Marat. Sabíamos que existía una orden de arresto contra Georges, redactada y lista para ser emitida, en un cajón, en el Ayuntamiento. Cada mañana me despertaba temblando, temerosa de que lo arrestaran aquel día. Habíamos decidido que si lo detenían, yo haría la maleta y partiría de inmediato a casa de mi madre, entregaría las llaves de la vivienda a Fabre y dejaría que él se ocupara de todo lo demás. No sé por qué se nos ocurrió pensar en Fabre, supongo que porque siempre está dispuesto a hacernos un favor.
Por aquel entonces Georges tenía una vida muy complicada. Apenas pisaba su oficina. Supongo que Jules Paré debe de ser un hombre muy competente, porque seguía entrando dinero.
A principios de año sucedió algo que según Georges demostraba que las autoridades le tenían miedo. Abolieron nuestro distrito, junto con los otros, y reorganizaron la ciudad en zonas electorales. A partir de entonces los ciudadanos de un determinado distrito no podían seguir celebrando más reuniones públicas salvo que se tratara de unas elecciones. Nos prohibieron llamar a nuestro batallón de la Guardia Nacional, «los cordeliers». Dijeron que debíamos llamarlo simplemente el «número 3».