El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Pero sus palabras se habían desvanecido, y lo único que quedó fue el sonido grave de un sollozo que surgía de lo más profundo de su alma. Anthony la sostuvo en sus brazos y luego, cuando ella se hubo calmado un poco, la bajó poco a poco hasta que se quedó echada de costado otra vez, y luego la volvió a abrazar un poco más, hasta que por fin Kate volvió a coger el sueño.
Lo cual, advirtió él con ironía, sucedió justo en el momento en que el último trueno y el último relámpago resquebrajaron la habitacion.
Cuando Kate se despertó a la mañana siguiente, le sorprendió ver a su marido sentado en la cama y observándola con la más peculiar de las miradas… una mezcla de preocupación y curiosidad, y tal vez incluso un mínimo atisbo de lástima. No dijo nada cuando abrió los ojos, pero Kate se dio cuenta de que estudiaba su rostro con atención. Esperó a ver qué hacía él, y luego por fin dijo, con cierta vacilación:
– Pareces cansado.
– No he dormido bien -admitió él.
Anthony sacudió la cabeza.
– Llovía.
– ¿Ah sí?
Él hizo un gesto afirmativo.
– Y tronaba.
Kate tragó saliva con actitud nerviosa.
– Acompañado también de relámpagos, supongo.
– Así es -continuó él, otra vez con un gesto afirmativo-. Una tormenta de las fuertes.
Había algo muy profundo en la manera en que él pronunciaba aquellas frases breves y concisas, algo que erizó el vello de su nuca.
– ¿Q-qué suerte que me lo haya perdido entonces -comentó- Ya sabes que no soporto muy bien las tormentas fuertes.
– Lo sé -fue la sencilla respuesta de él.
Pero aquellas dos breves palabras estaban dichas con gran intención. Kate sintió que se le aceleraba un poco el corazón.
– Anthony -preguntó entonces, no del todo segura de querer saber la respuesta-, ¿qué sucedió anoche?
– Tuviste una pesadilla.
Ella cerró los ojos durante un segundo.
– Pensaba que ya no las tenía.
– No me había percatado de que tuvieras pesadillas.
Kate soltó un largo suspiro y se incorporó. Tiró de las mantas con ella y se las metió bajo los brazos.
– Cuando era pequeña. Cada vez que había una tormenta, eso me contaban. Yo en realidad no lo sé; nunca recordaba nada. Pensaba que ya… -Tuvo que detenerse durante un momento, tenía la sensación de que la garganta se le cerraba, las palabras parecían atragantársele.
Anthony estiró la mano para tomar la suya. Fue un gesto simple, pero en cierta manera a Kate la conmovió más de lo que hubiera hecho cualquier palabra.
– ¿Kate? – preguntó él con calma -. ¿Te sientes bien?
Ella respondió con un gesto afirmativo.
– Pensaba que ya se me había pasado, eso es todo.
Anthony no dijo nada durante un momento, y la habitación permaneció tan silenciosa que Kate tuvo la certeza de poder oír los latidos de ambos. Finalmente, escuchó una mínima ráfaga de aliento inspirado entre los labios de Anthony, y luego él le preguntó:
– ¿Sabes que hablas cuando duermes?
Hasta entonces Kate no le había mirado, pero al oír aquel comentario volvió la cabeza a la derecha de forma repentina y encontró la mirada de él.
– ¿De veras?
– Anoche lo hiciste.
Ella agarró la colcha con los dedos.
– ¿Y qué dije?
Anthony vaciló pero, cuando le salieron las palabras, sonaron firmes y regulares:
– Llamabas a tu madre.
– ¿A Mary? -susurró ella.
Él negó con la cabeza.
– No lo creo. Nunca te he oído llamar a Mary de otra forma que Mary; anoche llamabas entre sollozos a «mamá». Sonabas… – Se detuvo para tomar una bocanada algo entrecortada.
– Sonabas sumamente joven.
Kate se lamió los labios, luego se mordisqueó el inferior.
– No sé qué decirte -respondió por fin, temerosa de meterse en los rincones más profundos de su memoria-. No tengo ni idea de por qué iba a llamar a mi madre.
– Yo creo -dijo él con dulzura- que deberías preguntárselo a Mary.
Kate sacudió de inmediato la cabeza con un movimiento rápido.
– Ni siquiera conocía a Mary cuando mi madre murió. Tampoco la conocía mi padre. No puede saber por qué yo la llamaba anoche.
– Tal vez tu padre le contara algo -contestó mientras se llevaba su mano a los labios para darle un beso tranquilizador.
Kate bajó la mirada a su regazo. Quería entender por qué tenía tanto miedo a las tormentas, pero husmear en sus temores más profundos era casi tan aterrador como el propio miedo. ¿Y si descubría go que no quería saber? ¿Y si…?
– Iré contigo -dijo Anthony interrumpiendo sus pensamientos.
Y de algún modo, aquello hizo que todo resultara fácil.
Kate le miró e hizo un gesto de asentimiento con lágrimas en los ojos.
– Gracias -susurró-. Muchísimas gracias.
Más tarde, aquel mismo día, los dos subían por las escaleras de entrada a la pequeña casa adosada de Mary. El mayordomo les acompañó hasta el salón y Kate se sentó en el conocido sofá azul mientras Anthony se iba hasta la ventana, donde se apoyó en el alféizar para mirar al exterior.
– ¿Ves algo interesante? -preguntó ella.
Negó con la cabeza y sonrió avergonzado mientras se volvía para mirarla de frente.
– Sólo miro por la ventana, eso es todo.
Kate pensó que había algo espantosamente dulce en aquello, pero no era capaz de determinar el qué. Cada día parecía revelar una nueva singularidad de su carácter, algún hábito único y enternecedor que les unía cada vez más. Le gustaba conocer esas extrañas cositas de él, como la manera en que doblaba siempre la almohada antes de ponerse a dormir o el hecho de que detestara la mermelada de naranja y adorara la de limón.
– Estás muy pensativa.
Kate se puso rígida con una repentina sacudida. Anthony la estaba mirando con aire socarrón.
– Estabas del todo ensimismada -le dijo con expresión divertida- y tenías la más soñadora de las sonrisas en el rostro.
Kate meneó la cabeza, se sonrojó y balbució:
– No era nada.
El resoplido de respuesta de Anthony expresaba sus reservas, y mientras se acercaba hasta el sofá dijo:
– Daría cien libras por saber lo que piensas.
Kate se salvó de hacer más comentarios gracias a la entrada de Mary.
– ¡Kate! – exclamó Mary -. Qué sorpresa tan encantadora. Y lord Bridgerton, qué ilusión verles a los dos.
– De verdad, debería llamarme Anthony -dijo con un poco de brusquedad.
Mary sonrió mientras él le daba la mano para saludarla.
– Me esforzaré por recordarlo -dijo. Se sentó enfrente de Kate y luego esperó a que Anthony ocupara su sitio en el sofá antes de continuar-: Edwina ha salido, me temo. Su señor Bagwell llegó a la ciudad de forma bastante inesperada. Han ido a dar un paseo por el parque.
– Deberíamos prestarles a Newton -dijo Anthony en tono afable -. No puedo imaginarme una carabina mejor.
– De hecho, es a ti a quien hemos venido a ver -explicó Kate.
La voz de Kate revelaba una nota poco habitual de seriedad, y Mary reaccionó al instante.
– ¿De qué se trata? -preguntó mientras sus ojos pasaban de Kate a Anthony-. ¿Todo está bien?
Kate hizo un gesto afirmativo y tragó saliva mientras buscaba las palabras más convenientes. Era curioso que hubiera estado ensayando toda la mañana lo que quería preguntar y que ahora se encontrara sin palabras. Pero luego sintió la mano de Anthony en la suya, con un peso y calor de extraño consuelo, y alzando la mirada le dijo a Mary:
– Me gustaría preguntarte por mi madre.
Mary pareció un poco sorprendida, pero dijo:
– Por supuesto. Pero ya sabes que no la conocí personalmente. Sólo sé lo que me contó de ella tu padre.
Kate asintió con la cabeza.
– Lo sé. Es posible que no tengas respuesta para alguna de mis preguntas, pero no sé a quién más puedo preguntar.