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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Mantenían una constante correspondencia -leída también tanto por Su Santidad como por los espías del rey Federico- en la que proclamaban su firme amor el uno por el otro, y en la que mi hermano le suplicaba a Lucrecia que se reuniese con él; en ese aspecto, ella nunca le respondió.

Muy pronto nos enteramos de que Lucrecia había sido «honrada» con el nombramiento de gobernadora de Spoleto; una ciudad muy al norte de Roma, y por lo tanto, mucho más lejos de Nápoles. Que a una mujer le otorgasen una gobernación era algo insólito; debía de haber causado una conmoción entre el consistorio de cardenales del Papa. Sin embargo, tal era la fe de Alejandro en el intelecto y el juicio de su hija, y su absoluta falta de fe en Jofre, que en ningún momento había considerado darle esa gobernación a mi esposo. Quizá se debía a que el Papa no podía pasar por alto a uno de sus propios vástagos para beneficiar a un hijo que no era suyo.

De todas maneras, este «honor» no era tal en absoluto, sino el modo en que Alejandro mantenía prisioneros a ambos hijos, ante el riesgo de que escapasen a los brazos de sus esposos. Jofre me escribió una carta en la que me contaba que lo atendían seis pajes «que han jurado hacerme compañía y protegerme noche y día sin separarse nunca de mi lado». En otras palabras, no podía escapar para venir junto a mí aunque lo desease. No tenía duda de que Lucrecia gozaba de la misma «compañía».

No me sorprendí al conocer las precauciones de Alejandro; Alfonso me dijo cómo se había visto obligado a escapar a uña de caballo de la policía del Papa la mañana que había huido de Roma. Lo persiguieron hasta la caída de la noche, cuando consiguió llegar a Genazzano, una finca propiedad de los amigos del rey Federico; solo entonces las fuerzas papales renunciaron a la persecución, y, dijo Alfonso: «De haberme capturado, no estoy seguro de si ahora estaría vivo para contarlo».

Esa revelación me aterrorizó, y comenzó a inquietarme que mi hermano y Lucrecia quisieran reunirse en Roma. Estaba destrozada: lejos de Lucrecia comencé a recordar las traiciones de César. Aunque ella hiciera todo lo posible por proteger a su marido, ¿quién podía impedirle a César hacerle daño?

César despreciaba a toda la casa de Aragón, por razones personales y ahora políticas.

Dos semanas después de nuestra llegada a Nápoles, disfruté de una cabalgada matinal por el campo con mis damas. El aire era fresco y húmedo por la brisa marina, pero el sol atemperaba la temperatura; no pude evitar pensar en el terrible calor que sufrían aquellos que estaban en Roma.

Al regresar a nuestro palacio vi que Alfonso recibía a un distinguido huésped: el capitán español Juan de Cervillón, que había asistido a la fiesta de boda de Lucrecia y Alfonso. El cargo del capitán De Cervillón le obligaba a vivir en Roma, pero su esposa y su hijo residían en su finca en Nápoles. Creí que había venido al sur por razones personales, y que se trataba de una visita de cortesía.

Los vi cuando se saludaban en la entrada del gran salón; me detuve, de camino a cambiarme de prendas, y saludé al capitán.

Estaba en su cuarta década e iba vestido con prendas oscuras; era un soldado apuesto y refinado. Mostraba una figura elegante con su uniforme de gala, decorado con numerosas medallas por sus heroicos servicios durante muchos años a Su Santidad y también a otros papas y reyes. Cuando llegué, él me saludó con una reverencia, la espada envainada en su cadera se movió hacia atrás, y me besó la mano.

– Alteza, es siempre un honor y un placer para mí veros de nuevo. Tenéis buen aspecto.

– Nápoles me sienta bien -afirmé-. Siempre es un placer veros a vos también, capitán. ¿Qué felices circunstancias os han impulsado a venir?

Él no miraba a Alfonso, así que no se percató de la mirada de advertencia que le dirigió mi hermano; de inmediato me dominó la inquietud. Por lo visto se suponía que yo no debía saber nada de la visita de de Cervillón. Esto me impulsó a permanecer y escuchar la conversación entre mi hermano y el capitán.

– Estoy aquí a petición oficial del rey Federico -respondió De Cervillón-. Su majestad ha estado en comunicación con Su Santidad, el papa Alejandro, que está ansioso por negociar el regreso del duque de Bisciglie a Roma. Por supuesto -añadió, para que no me ofendiese-, esto incluiría también vuestro regreso.

– Comprendo. -Evité que la alarma apareciese en mi rostro. Me volví e indiqué a mi comitiva de damas que fuesen a mis aposentos; luego me volví de nuevo hacia mi hermano, que parecía un tanto enfadado, y al capitán-. Entonces desde luego debo formar parte de esta conversación. Por favor, caballeros. -Hice un gesto a ambos hombres para que entrasen en la sala de visitas-. Permitidme que no os retrase más.

Alfonso me dirigió una mirada que era al mismo tiempo de enfado y de indulgencia; de enfado, porque estaba sobrepasando mis límites al entrometerme en lo que debía ser una conversación privada entre dos hombres; e indulgente, porque sabía que intentar excluirme de la reunión sería inútil. Exhaló un suspiro, llamó a un sirviente para que le llevase comida y bebida a De Cervillón, y luego nos invitó a ambos a pasar a la sala.

Me preocupaba que el Papa estuviese suavizando su postura hacia Nápoles; y, por extraño que pudiese parecer, no quería que nos invitase a mi hermano y a mí a regresar a Roma: por muy triste que estuviese Alfonso, sabía que en casa estaría sano y salvo. El cambio de opinión de Alejandro se había producido en respuesta a una furiosa carta del rey Federico, que se había molestado cuando se enteró de la fuga de los Sforza y de la conquista de Milán por parte de Luis. Nuestro rey le había enviado un mensaje a Alejandro: «Si no defendéis Nápoles, buscaré un aliado entre los turcos».

Se trataba de una sorprendente y grave amenaza, porque los turcos eran los más temidos enemigos de Roma. El desafío de Federico había logrado el efecto deseado; Alejandro se apresuró a garantizarle que Roma era, y siempre sería, la más leal protectora de Nápoles. Alfonso y yo nos sentamos, como requería nuestra posición, mientras De Cervillón permanecía de pie con la firme formalidad de un soldado para darnos lo que resultó ser un informe.

– Su alteza el rey Federico ha negociado un acuerdo con Su Santidad que él considera satisfactorio.

Era obvio por la expresión de Alfonso que ya tenía noticias de estas negociaciones, y que había sido mantenido al corriente de su desarrollo, pero yo no.

– ¿Qué clase de acuerdo? -pregunté. Era inapropiado que una mujer se inmiscuyera en la conversación, pero tanto mi hermano como De Cervillón ya estaban acostumbrados a mi personalidad y no se molestaban.

– Su Santidad garantiza personalmente la seguridad del duque de Bisciglie; y también la vuestra, alteza, si regresa con su esposa, la duquesa, a Roma.

– ¡Conmigo no contéis! -No pude ocultar mi sarcasmo-. Todos sabemos que Alejandro ha invitado al rey Luis a San Pedro para la misa de Navidad. ¿Se espera que asistamos con él?

– Sancha -replicó Alfonso, con viveza-. Sabes que Su Santidad ha cambiado su actitud después de la respuesta del rey Federico. Se ha disculpado y prometido su apoyo a Nápoles.

– Así y todo, debo insistir en que aquí se hable sin tapujos. ¿Quién es el instigador de estas negociaciones? ¿El rey Federico, Su Santidad… o César Borgia?

De Cervillón me miró sin comprender la pregunta.

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