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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Diez días después del nacimiento del bebé tuvo lugar el bautizo, con gran pompa y ceremonia. Lucrecia estaba en el palacio de Santa María, en una cama con cortinajes de satén rojo y vivos de oro, y saludó a docenas de prominentes invitados que desfilaron para presentar sus respetos.

Después, el pequeño Rodrigo -envuelto en brocado de oro y ribetes de armiño- fue llevado en los fuertes y fieles brazos del capitán Juan de Cervillón a la Capilla Sixtina. Comprendí lo mucho que había sufrido mi hermano en Nápoles: sin duda había temido que nunca podría ver a su hijo.

Ahora, gracias a De Cervillón, ambos pudimos ser testigos del bautismo, una hermosa y solemne ceremonia. Al capitán lo escoltaban en la procesión el gobernador de Roma, el gobernador imperial y los embajadores de España y Nápoles; Alejandro no hubiese podido organizar mayor muestra de apoyo a la casa de Aragón.

El pequeño Rodrigo se portó muy bien; durmió durante toda la ceremonia. Los augurios eran buenos: Alfonso y yo éramos felices, de nuevo tranquilos y más aliviados.

Aliviados, hasta el día en que César Borgia dejó a su ejército frente a las murallas de Pesaro y decidió regresar a Roma de incógnito, con don Morades, su asistente preferido, como único acompañante.

No los vi a él o a su padre hasta dos días después de su llegada; permanecieron encerrados en una habitación privada del Vaticano, ocupados discutiendo de política y estrategia de guerra. No confiaban en nadie; incluso los sirvientes que habían estado con el Papa durante años fueron echados fuera de la habitación, para que no escuchasen ni una palabra de las discusiones.

Lucrecia no dijo nada, pero yo sabía que el hecho de que César ni siquiera se hubiese molestado en hacer una visita de cortesía a su habitación o felicitarla por el nacimiento de su hijo, le dolía tanto como la aliviaba. A pesar del cruel abuso sufrido a manos de ellos, parecía querer a su hermano y a su padre, y ansiaba complacerlos. Supongo que la comprendía; después de todo, a pesar de lo mucho que había despreciado a mi propio padre, yo siempre había deseado en secreto su amor.

Desde el nacimiento del pequeño Rodrigo, Alejandro había visto a su nieto cada día, y nos invitaba a las cenas familiares donde el niño era el tema principal de conversación. Ahora nos apartaban.

No fue hasta el tercer día de su llegada cuando César apareció.

Lucrecia era una madre mimosa. En vez de entregar al niño al cuidado de un ama de cría, como hacían la mayoría de las madres nobles, insistió en mantener la cuna del niño en su dormitorio, donde también dormía la niñera. Quizá también temía que el bebé sufriese algún daño si permanecía fuera de su vista durante demasiado tiempo; pero al menos parte del motivo era el afecto. Para ella el niño era como Alfonso: una criatura que solo deseaba amarla, a diferencia de los demás hombres en su vida.

Yo pasaba los días -y algunas veces las noches- en la habitación de Lucrecia, con el pequeño Rodrigo en mis brazos, y ayudaba a atenderlo, incluso en las tareas que eran propias de los sirvientes.

La tarde que apareció César, las mujeres estábamos, como ocurre cuando nace un niño, agotadas y descansando. Lucrecia dormía en su lecho, recostada en las almohadas; yo dormitaba en una butaca con la barbilla apoyada en el pecho. La niñera roncaba tumbada en el suelo, y Rodrigo estaba silencioso en su cuna.

Un sonido muy suave, el de una pisada cautelosa, me despertó; pero incluso medio dormida, reconocí al intruso: César. No levanté la cabeza ni cambié el ritmo de mi respiración; en cambio espié a través del velo de mis pestañas para observarlo.

Vestía de negro pero no era la sotana de un sacerdote, sino un traje de terciopelo a medida que resaltaba su cuerpo musculoso. Durante el tiempo pasado en combate, había adelgazado y estaba más moreno; la barba más cerrada, el pelo negro más largo, le caía lacio hasta los hombros.

Al creer que nadie lo veía, se movió como un gato por la habitación y dejó que su expresión fuese sincera, natural. Me asombré ante su dureza, la frialdad de sus ojos. Con mucho sigilo, se acercó para inclinarse sobre la cuna donde dormía el bebé. «Ahora -pensé-, su rostro se suavizará; ni siquiera un soldado, o un asesino, podría mirar a ese niño y no conmoverse.»Ladeó la cabeza y observó al bebé.

Cuando conocí a Lucrecia creí que nunca vería de nuevo una mirada tan llena de celos y odio; estaba en un error.

En la mirada de César no había otra cosa que el deseo de matar. Se inclinó, con las manos apoyadas en las rodillas, sobre la cuna, y la boca desfigurada en una mueca de crueldad.

El miedo me dominó. No tenía ninguna duda de que al instante siguiente estrangularía al niño, o apoyaría su mano sobre su diminuta nariz y boca hasta ahogarlo. Me levanté de un salto, la mano sobre mi estilete oculto, preparada para desenfundarlo, y grité:

– ¡César!

Sus nervios eran tan acerados, sus modales tan suaves, que no se movió, ni siquiera parpadeó; en cambio, su expresión se transformó en el acto en otra de afecto y bondad. Sonrió al bebé, como si no hubiera estado haciendo otra cosa, y luego con mucha calma, volvió la cabeza hacia mí y se irguió.

– ¡Sancha! ¡Qué alegría verte! Estaba admirando a nuestro nuevo sobrino. Es sorprendente lo mucho que se parece a Lucrecia cuando era un bebé.

– ¿César? -preguntó Lucrecia adormilada. Al ver a su hermano, se despertó del todo-. ¡César! -exclamó, con gran alegría. No había ninguna reserva en su tono, ningún rastro de dolor por su rechazo.

César se acercó a su hermana, al tiempo que le hacía un gesto para que permaneciese en el lecho.

– Descansa, descansa. Te lo has merecido. -Se abrazaron, con amplias sonrisas; luego, César se apartó de ella un poco y se volvió hacia mí para besarme la mano.

El roce de sus labios contra mi piel me emocionó y me puso la carne de gallina. Era en apariencia un hermano afectuoso; no había ningún rastro del monstruo que se había inclinado sobre la cuna.

– Tienes un hijo muy hermoso, Lucrecia -afirmó César. Al instante, ella mostró una expresión de orgullo-. Ahora mismo le decía a Sancha que es como verte a ti cuando eras un bebé, no hace de eso tantos años.

– Incluso entonces ya me cuidabas -manifestó Lucrecia con felicidad-. Dime, ¿te quedarás con nosotros durante una temporada?

– Con mucho dolor debo decir que no. Solo tengo el tiempo necesario para ocuparme de algunos asuntos vitales con padre. Debo regresar al campo de batalla de inmediato. Pesaro me espera.

Ella se ruborizó un poco al oír el nombre de la ciudad de su ex marido; después dijo:

– Pero ¡debes quedarte! ¡Debes pasar algún tiempo con el bebé!

César exhaló un suspiro, una impresionante muestra de renuncia.

– Se me parte el corazón. Pero solo he venido a decir hola y adiós; en este mismo instante debo salir a reunirme con mis hombres. Por supuesto -añadió, solícito-, nunca me hubiese marchado sin verte a ti y al pequeño Rodrigo. -Me dirigió una mirada de compromiso y añadió-: Y también a Sancha.

– Muy bien -dijo Lucrecia con tristeza-. Entonces dame un beso, y otro al bebé, antes de partir. -Hizo una pausa-. Rezaré por tu seguridad y por tu éxito.

– Te agradezco tus oraciones. Las necesitaré. Que Dios sea contigo, hermana. -La abrazó de nuevo, y la besó solemnemente en cada mejilla; ella hizo lo mismo, y se separaron.

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