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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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– Lucrecia -respondió Alfonso, con una nota de indignación en su tono- ha estado haciendo gestiones con su padre desde su llegada a Spoleto, ha estado en contacto con el rey Federico a través del embajador napolitano. Nunca ha renunciado a la esperanza.

– Comprendo. -Agaché la cabeza. No quería parecer desagradecida por la ayuda de Lucrecia; deseaba verla a ella y también a Jofre de nuevo. Sin embargo, por miedo a César, no podía creer ni por un instante que mi hermano y yo pudiésemos regresar con garantías de seguridad a Roma.

Alfonso mostró una desconfianza poco habitual.

– Consideraré la oferta del Papa solo si la pone por escrito.

De Cervillón metió la mano en el interior de su chaqueta y sacó un pergamino cerrado con lacre.

– Aquí está el escrito, duque.

Alfonso rompió el sello y desenrolló el pergamino; una mirada de asombro apareció en sus facciones mientras leía hasta la última línea del documento.

– Esta es la firma de Su Santidad.

– Lo es, desde luego -certificó De Cervillón.

Insistí en leer el escrito, a sabiendas de que cualquier promesa contenida en él no valía nada. Garantizaba mi seguridad y la de Alfonso, si decidíamos reunimos con nuestros cónyuges en Roma. Además, Alfonso recibiría una «compensación» de cinco mil ducados de oro por cualquier inconveniente sufrido, y algunas tierras que una vez habían pertenecido a la Iglesia se añadirían a las propiedades que Lucrecia y él tenían en Bisciglie.

Yo, por ser solo la esposa de Jofre, no recibía nada.

Le devolví el documento a Alfonso con una sensación de temor. Sabía, por su mirada cargada de nostalgia, que él ya había decidido regresar. Solo era cuestión de tiempo.

Mi hermano enrolló el pergamino.

– Aprecio que hayáis traído esto para que lo leamos, capitán. Por favor, agradeced al rey todos sus esfuerzos en nuestro nombre, pero en este momento necesito algo más de tiempo para considerar la oferta de Su Santidad.

– Por supuesto. -De Cervillón golpeó los tacones y se inclinó-. Quiero transmitiros a ambos la profunda lealtad y respeto que siento hacia vosotros. Sabed que daría con placer mi vida para defenderos. No os hubiese traído esta oferta de no haber estado yo mismo convencido de su autenticidad. -Había una integridad, una humilde bondad en sus ojos y en su tono, que me convenció que cada palabra que había dicho salía del fondo de su corazón. Era demasiado bondadoso, pensé, un ser humano demasiado íntegro para servir a personas como los Borgia.

– Gracias, capitán -respondí.

– Sois un hombre sobresaliente -afirmó Alfonso-, y siempre os hemos tenido y os tendremos en la más alta estima. -Se levantó para indicar que la reunión había llegado a su fin-. Comunicaré mi decisión al rey Federico y a Su Santidad dentro de unos días. No olvidaré comentarles a ambos, capitán, la excelencia de vuestra actitud y servicio.

– Gracias. -De Cervillón se inclinó de nuevo-. Que Dios sea con vosotros.

– Y con vos -replicamos a coro.

Alfonso fue incapaz de esperar ni tan siquiera los pocos días que le había pedido a De Cervillón. Aquella noche, escribió tres cartas -una al rey Federico, otra a Su Santidad y la tercera a su esposa- donde decía que se reuniría con Lucrecia en cuanto el Papa le diese permiso.

A la mañana siguiente salí a cabalgar otra vez; esta vez sola, ya que me escapé de la custodia de doña Esmeralda, mis damas y guardias. Tenía una tarea que realizar, y no estaba de humor para tener compañía. Cabalgué tierra adentro, lejos de la bahía y el olor del mar, hacia donde la tierra estaba salpicada de bosque- cilios y huertos. Cabalgué hacia el Vesubio, ahora un volcán tranquilo, oscuro y enorme que se recortaba contra el cielo azul.

Dos veces me equivoqué de camino; el paisaje había cambiado a lo largo de los años. Pero el instinto acabó por guiarme de nuevo hasta la ruinosa choza construida en la ladera. Ahora no había ningún burro, sino una silenciosa muía, e incluso más gallinas, que correteaban delante del portal abierto.

Me detuve en el umbral y llamé:

– Strega! Strega!

No hubo respuesta. Entré, agaché la cabeza para no golpearme con el techo; el sol entraba por las aberturas de las ventanas. Intenté no hacer caso de las telarañas que había en todos los rincones, y de las gallinas que picoteaban por la tosca mesa; deyecciones de estas aves lo cubrían todo, incluso el jergón de paja en un rincón.

– Strega! -llamé de nuevo, pero todo era silencio; desilusionada, pensé que debía de haber muerto años atrás.

Me volví dispuesta a marcharme, pero antes de hacerlo, el instinto me impulsó a intentarlo una última vez.

– ¡Strega, por favor! Una noble tiene urgente necesidad de tus servicios. ¡Te pagaré generosamente!

Alguien se movió en la habitación interior construida en la ladera. Contuve el aliento y esperé hasta que la bruja apareció.

Se detuvo en el oscuro portal que daba a la cueva, vestida toda de negro y con un velo. A la luz del sol de la habitación exterior, vi que estaba muy delgada. Su pelo era blanco, y un ojo continuaba siendo castaño, pero el otro era ahora de un blanco lechoso.

La mujer me miró con el ojo bueno.

– No necesito tu dinero, madonna. -Sostenía una lámpara de aceite en la mano; sin más comentarios, se volvió para retirarse a la habitación abierta en la ladera. La seguí. De nuevo, pasamos junto a un lecho de plumas -todavía limpio y muy bien arreglado- y un gran santuario a la Virgen; el altar estaba cubierto con rosas.

Hizo un gesto, y me senté a la mesa cubierta con seda negra. La adivina dejó la lámpara entre nosotros.

– Doña Sancha, hace mucho tiempo viniste a consultar tu destino. ¿Se ha cumplido?

– No lo sé -respondí. Estaba atónita porque me hubiese reconocido; pero llegué a la conclusión de que probablemente nunca había recibido a una persona de la realeza hasta el día que fui a verla. Desde luego, tendría que recordar la visita de una princesa con la misma facilidad con que yo la recordaba a ella.

– Y has tenido… preocupaciones.

– Sí. -Me aterraba regresar a Roma, me aterraba el destino que podía esperarnos a mi hermano y a mí allí.

– No leeré tu palma. Aprendí todo lo que podía de ella la última vez que miré tu mano.

En cambio, sacó en silencio las cartas y las desplegó boca abajo sobre la seda negra. No dijo ni una palabra, se limitó a mirarme con el ojo bueno desde detrás de su velo de gasa; el otro ojo nublado enfocaba más allá, al futuro.

«Escoge, Sancha. Escoge tu destino.»Las cartas se veían más viejas y sucias. Respiré profundamente, retuve el aliento y toqué el dorso de la carta más alejada, como si al escogerla, pudiese distanciarme de algún modo de lo que estaba por venir.

La bruja sostuvo mi mirada y volvió la carta sin mirarla.

Era un corazón, atravesado por una única espada.

Me encogí ante la longitud y el filo letal del arma.

Ella esbozó una sonrisa.

– Ya has cumplido la mitad de tu destino. Solo queda una única espada que deberás esgrimir.

– No -susurré, asustada. Regresó un vivaz recuerdo: la sensación en mi mano sobre el estilete, mientras atravesaba la garganta del hombre que quería asesinar a Fernandino. Recordé el temblor de la empuñadura mientras la delgada hoja se clavaba en los tendones y los huesos, el calor de la sangre que salpicó mi frente y mis mejillas. Si aquella acción había sido la primera parte de mi destino, ¿qué terrorífico segundo acto se requería de mí?

Con un gesto bondadoso, me sujetó las manos entre las suyas; su contacto era fuerte y cálido.

– No tengas miedo. Posees todo lo que necesitas para realizar tu tarea. Pero estás dividida. Debes buscar la claridad de mente y corazón.

Me aparté de la bruja, y mientras me levantaba dejé un ducado de oro en la mesa, que ella miró como si fuese una curiosidad. No hizo ningún movimiento para tocarlo. Salí de la choza sin decir palabra, y regresé a casa a todo galope.

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