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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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– Aquello no fue culpa suya. Luchó contra el divorcio todo lo que pudo, y todavía está avergonzada por ello. Su padre la obligó.

– Sin embargo, hace lo que le dicen.

Su actitud mostró una frialdad poco habitual.

– No estés tan segura. Nos amamos, Sancha. Lucrecia ha sufrido abusos por parte de su padre durante demasiados años, y también ha abusado de su lealtad. Pero ella sabe que yo nunca le haré daño, nunca la traicionaré.

– Solo puedo rogar que estés en lo cierto. Pero hay otros de cuyos destinos no me atrevo a hablar. -Pensaba en Perotto, en Pantasilea… y sobre todo en Juan, a quien ni siquiera su relación de sangre había podido salvarlo.

– No estoy dispuesto a escuchar nada más -estalló Alfonso-. Lucrecia es mi esposa. Es del todo incapaz de cometer la más mínima crueldad.

De inmediato busqué la conciliación.

– Quiero a Lucrecia como hermana y amiga. No la estoy acusando de nada. Pero César… -Bajé la voz-. Si decide aliar el ejército papal con Francia…

La furia de Alfonso se esfumó y dio paso a una actitud sombría.

– Lo sé. A partir de ahora debemos comportarnos con el máximo cuidado. Habrá espías; no podemos hablar con libertad, ni siquiera delante de nuestros propios sirvientes, y debemos tener mucho cuidado en todo lo que pongamos por escrito. -Hizo una pausa-. Me reuniré en privado con los embajadores de España y de Nápoles. Hay cardenales con fuertes vínculos con España y Nápoles en los que se puede confiar, y a quienes el Papa escucha. -Se obligó a sonreír con valentía-. No sufras, Sancha. El matrimonio aún no se ha realizado; haré todo lo que esté en mi poder para impedirlo. Le pediré a Lucrecia que hable con su padre; ella tiene más influencia que nadie sobre él.

– ¡Lucrecia! -exclamé-. Alfonso, ni se te ocurra decirle a ella nada de todo esto.

Me miró, su dolor atemperado por la indignación.

– Hablaré con Lucrecia de todo lo que quiera -afirmó sin más-. Ella es mi vida, mi alma. No puedo ocultarle nada.

La desesperación cayó sobre mí como la noche.

– Debes comprenderlo, hermano. La primera lealtad de Lucrecia siempre será para con su familia. -Cuando abrió la boca para protestar, levanté una mano para imponerle silencio-. Eso no significa una debilidad en su carácter, sino al contrario, una fuerza. Confiésalo, Alfonso, ¿a quién eres más leal? ¿A la casa B orgia, o a la casa de Aragón?

– Te he entendido, hermana. -Exhaló un suspiro-. Seré discreto en lo que hable con mi esposa. Mientras tanto, tengamos fe; haré todo lo que esté a mi alcance para impedir este matrimonio francés.

Intenté tener fe. Alfonso actuó de acuerdo con su promesa, y los representantes de los reyes de España y Nápoles advirtieron al Papa de las graves consecuencias que tendría el matrimonio de César con una pariente de Luis. Alejandro pareció escucharlos.

Pero una mañana a mediados de mayo, mientras Lucrecia y yo estábamos sentadas en nuestros cojines de terciopelo, a ambos lados del trono de Alejandro, y él escuchaba a los peticionarios, se anunció la llegada de un visitante. Don García, el mensajero de César, acababa de desmontar de su caballo después de un largo y duro viaje de cuatro días desde Blois, en Francia.

Tenía noticias para Su Santidad, alegres noticias, informó el paje, pero suplicaba la tolerancia de Alejandro: apenas había dormido y no se aguantaba de pie. Deseaba hacer su informe después de unas horas de descanso.

Alejandro, ansioso, no quiso ni oír hablar de un descanso. Despidió a los peticionarios y llamó a Jofre, a Alfonso y al agotado jinete a su trono. La familia llegó, seguida por don García, que se apoyaba con todo su peso en un sirviente, porque no podía caminar sin ayuda.

– Santidad, perdonadme -suplicó García-. Os diré esto: que vuestro hijo, César Borgia, lleva ahora cuatro días felizmente casado con Carlota de Albret, princesa de Navarra, y que el matrimonio ha sido consumado delante del rey Luis en persona.

Escuché con expresión pétrea. Alejandro aplaudió, entusiasmado. Más tarde, me enteré de que había ayudado a sellar el matrimonio meses antes, al concederle al hermano de Carlota el capelo cardenalicio; lo hizo mientras fingía escuchar a españoles y napolitanos.

– ¡Así que está hecho! -Observó al bamboleante y agotado mensajero y ordenó-: ¡Que alguien traiga una silla! Os daré permiso, don García, para que os sentéis en mi presencia; siempre y cuando me deis un completo relato de la boda. No omitáis ni un detalle.

Trajeron una silla; con renuencia, García se sentó, y -animado por las preguntas del Papa- habló durante siete horas. Después de unas pocas horas, trajeron comida y bebida para el narrador y su audiencia. Me senté y escuché, cada vez más horrorizada mientras aumentaba el deleite de Alejandro.

Escuché cómo César y su esposa, muy hermosa, de piel blanca y delicada, y cabellos rubios -según García- intercambiaron anillos en una solemne ceremonia. En una exhibición de virilidad, César había consumado el matrimonio físicamente seis veces delante del rey Luis, que aplaudió y lo llamó «un hombre mejor que yo». Muchos invitados distinguidos, incluidos el rey y su corte, asistieron a la recepción; eran tantos que no había espacio para todos ellos, y se vieron obligados a celebrar la fiesta en un prado.

El Papa estaba encantado con la unión de César. Cada visitante al Vaticano tenía que escuchar el relato de la boda de su hijo, y la exhibición que Su Santidad hacía de las montañas de joyas que estaba dispuesto a enviarle a su nueva nuera; sostenía en alto cada alhaja para que el visitante la admirase.

Alfonso y yo solo podíamos intentar controlarlos daños. Un cardenal a quien Alfonso había solicitado ayuda, Ascanio Sforza, sondeó al Papa durante una conversación referente a temas de la Iglesia. No creía, le dijo el cardenal Sforza a Su Santidad, que Luis intentase de verdad invadir Nápoles, dado que la reina Ana y su gente estaban en contra. Además, los franceses ya habían aprendido la lección, cuando el rey Carlos se había visto obligado a retirarse humillado.

El Papa se rió en su cara con el mayor desprecio. El rey Federico debería andarse con cuidado, comentó Alejandro con una sonrisa, si no quería encontrarse en la misma posición que mi padre: siempre creyó que los franceses no vendrían, y luego tuvo que huir cuando el ejército de Carlos se acercó a las puertas de Nápoles.

Al escuchar esto, perdí toda esperanza; incluso cuando Alfonso continuó en secreto sus gestiones políticas. Yo solo obtenía un perverso placer con una cosa: la noticia de que los estudiantes universitarios de París interpretaban divertidas parodias del casamiento de César; el sentimiento de grandeza romana se consideraba vulgar según las costumbres francesas. Los caballos de César con herraduras de plata lo habían convertido en el hazmerreír del pueblo.

Jofre había comprendido por fin que yo ya no disfrutaba de la gracia de Su Santidad, y decidió que la mejor estrategia era demostrarse como un auténtico Borgia, como sus hermanos. En compañía de soldados españoles, recorría las calles por la noche, bebía y esgrimía la espada en una triste imitación de Juan, pero la amable naturaleza de Jofre nunca lo había preparado para el combate.

Continuó con este comportamiento pese a que le supliqué que lo dejase. Creo que mi preocupación le hacía sentirse más hombre. No puedo culparlo: deseaba ayudarme; y quizá, de haber tenido la posición de sus hermanos, podría haber conseguido la atención de su padre. Pero no la tenía, y no había nada que pudiese hacer para que Su Santidad me devolviese su favor.

Pero al menos podía comenzar a comportarse como un Borgia. Sin duda esto era lo que creía que hacía la noche en la que me despertó un grito fuera de mi dormitorio.

– ¡Doña Sancha! ¡Doña Sancha!

Me senté en la cama, con una mano sobre mi agitado corazón. Después de horas de un profundo sueño, aquella voz masculina en mi antecámara me había despertado. A mi lado, doña Esmeralda se despertó de inmediato; mis otras damas se movieron con gritos de sorpresa.

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