Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La Cautiva De Los Borgia
La Cautiva De Los Borgia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 106
Перейти на страницу:

»Además es hermosa, y dicen que sus manos son suaves como el armiño. Tan valiente es, que cuando César y los franceses llegaron, estuvo en lo alto de las murallas de Forli, sin temer el humo y las llamas, y dirigió la defensa en persona. Intentó quitarse la vida antes que ser capturada, pero los hombres de César fueron más rápidos. Exigió ser entregada al rey Luis… Los franceses la admiraban tanto que quisieron dejarla en libertad. Pero don César… -Hizo una mueca de profundo desagrado, y me miró con dureza-. ¿No intenté avisarte, madonna, que él solo podría traer el mal? Ese hombre está poseído por el demonio.

– Lo hiciste -respondí con voz suave-. Tenías razón, Esmeralda. No pasa un día sin que no desee haber hecho caso de tus palabras.

Más tranquila, ella continuó con su relato:

– El muy cerdo la quiere para él. La lleva a todas partes, madonna. Durante el día la tienen prisionera, luego por la noche, manda que la lleven a su tienda. La trata como a una vulgar puta. La obliga a realizar los actos más depravados, la posee cada vez que le place. Ella es una mujer de sangre noble… dicen que hasta el propio rey Luis está molesto, y que ha reprochado a César en persona el despreciable comportamiento hacia una prisionera.

Desvié mi rostro, en un intento por ocultar a Esmeralda mi ira y mi dolor. César había demostrado ser tan brutal como el hermano al que había asesinado. Cerré los ojos y recordé aquel terrible momento de rabia impotente cuando Juan me violó, y deseé de pronto llorar por Caterina. Por César no sentía más que absoluto desprecio, y enojo hacia mí misma, porque sentía los aguijones de los celos.

– Pesaro es la siguiente -continuó Esmeralda-. No hay ninguna esperanza para sus habitantes, dado que el cobarde de Giovanni Sforza los abandonó hace mucho. César tomará la ciudad sin problemas. -Sacudió la cabeza-. No hay nada que pueda detenerlo, madonna. Los franceses y él marcharán por toda Italia, hasta que no quede nada. Temo por el honor de todas las mujeres que viven en la Romaña.

Había, sin embargo, un motivo de alegría en nuestra casa: Lucrecia estaba a punto de dar a luz, y tanto ella como el niño -que pateaba con vigor en su vientre- estaban muy sanos. Alfonso y yo nos aferrábamos a esta solitaria fuente de alegría y esperanza, que un nieto de sangre Borgia y aragonesa pudiese predisponer a Alejandro en favor de Nápoles.

El momento llegó la última noche de octubre. Me disponía a irme a la cama. Mis damas ya me habían quitado el vestido y el tocado, y me cepillaban el pelo cuando llamaron a la puerta de la antecámara. De inmediato reconocí la voz de doña María, la dama de compañía de Lucrecia.

– ¡Doña Sancha! Ha llegado el momento para mi señora, y ella pide por ti.

Esmeralda de inmediato me trajo un tabardo; me lo puse y me alejé a toda prisa con doña María.

En el dormitorio de la duquesa de Bisciglie ya habían preparado una cuna, a la espera del nacimiento del noble bebé.

En un rincón de la habitación, en una antigua silla paritoria tallada que había usado la propia madre de Rodrigo Borgia, vi sentada a Lucrecia, las mejillas arreboladas, la frente perlada en sudor. El fuego ardía en el hogar, pero vestía una gruesa túnica para protegerse del frío; se la había recogido hasta las caderas, por encima de la abertura en el asiento de la silla, de forma que su feminidad quedaba a la vista de la comadrona. Una piel descansaba cerca de sus piernas desnudas, para que pudiese cubrirse ya fuese por frío o por modestia.

A su lado estaba arrodillada la misma comadrona que la había atendido el año anterior, durante el aborto. La vieja sonreía; al verla, sentí un enorme alivio.

En cuanto a Lucrecia, sus ojos delataban miedo, pero también había alegría, porque esta vez sabía que su sufrimiento tendría un final feliz.

– ¡Sancha! -jadeó-. ¡Sancha, muy pronto serás tía!

– ¡Lucrecia, muy pronto vas a ser madre! -repliqué con sincera alegría.

– ¡Ven aquí! -gritó. Soltó las manos de los brazos de la silla y me las tendió. Se las sujeté, sin ninguna culpa, sin ningún pesar, solo se oían susurros de alegría ante el maravilloso final que estaba a punto de llegar.

Su parto duró hasta bien pasada la medianoche, hasta las horas cercanas al alba. Los dolores del parto eran intensos, pero no brutales; la comadrona informó que el bebé estaba bien colocado, y que, dado que Lucrecia ya había parido con éxito una vez, su llegada a este mundo sería más fácil.

Antes de que saliese el sol en ese primer día de noviembre, Lucrecia soltó un terrible alarido al tiempo que hacía fuerza, y el único hijo de mi hermano salió, para ser atrapado por los fuertes y arrugados brazos de la sonriente comadrona.

– ¡Lucrecia! -grité, mientras ella jadeaba y hacía fuerza de nuevo-. ¡El bebé está aquí! ¡Está aquí!

Agotada, su cabeza cayó contra el respaldo de la silla; soltó un profundo suspiro y después sonrió, mientras doña María mandaba llamar al ama de cría.

Entonces la comadrona, que ya estaba bañando al niño, me corrigió:

– Él está aquí -anunció con un gran orgullo, como si ella fuese en parte responsable del hecho-. Tenéis un hijo, madonna.

Lucrecia y yo nos miramos la una a la otra y nos reímos colmadas de deleite.

– Alfonso se sentirá muy orgulloso -manifesté. En realidad, yo me sentía tan orgullosa y adoraba tanto a aquel niño como si fuese mío, quizá porque hacía mucho tiempo que había aceptado que nunca tendría uno propio.

Una vez bañado el bebé, la comadrona lo envolvió en una suave manta de lana. Lo levantó, dispuesto a presentárselo a su madre, pero llevada por los celos, le arrebaté al niño y lo acuné en mis brazos.

Sus facciones aún estaban achatadas por el trauma del nacimiento, y sus ojos estaban cerrados con fuerza; en su cuero cabelludo había una húmeda pelusa dorada. Desde luego, no podía parecerse a nadie en aquellos primeros minutos de vida, pero miré sus puños apretados, y me reí con ternura cuando abrió su pequeña boca en un bostezo, y me pareció ver a Alfonso. Yo ya me había convencido de que el pequeño corazón que latía en su pecho sería igual de bondadoso y bueno.

El amor me inundó con una intensidad que hubiese creído imposible; en aquel instante, comprendí que quería a aquel bebé con más fuerza que a mi propia vida, más incluso que a mi propio y querido hermano. Por su bien, estaba dispuesta a cometer cualquier acto.

«Alfonso -pensé con cariño-, pequeño Alfonso.» Era la costumbre poner a los hijos el nombre de sus padres; coloqué con mucho cuidado al niño en los brazos de Lucrecia y esperé el pronunciamiento que me llenaría de orgullo y placer.

Lucrecia miró a su nuevo hijo con beatífico amor y con alegría; no había ninguna duda de que sería la madre más afectuosa del mundo. Con infinito contento, miró a los que la rodeábamos expectantes, y declaró:

– Su nombre es Rodrigo, por su abuelo.

Luego, de inmediato, volvió toda su atención al bebé.

Me alegró que lo hiciese, porque así no pudo ver mi expresión indignada; fue como si me hubiera dado una bofetada. Así fue como me enteré de que la madre de mi querido sobrino lo consideraba más un miembro de la casa Borgia que de la de Aragón.

Mi hermano estaba contentísimo, y recibió la noticia del nombre del niño con mucho más aplomo que yo. «Sancha -me dijo en privado-, no es frecuente que un niño tenga un abuelo que sea Papa.»

La llegada del bebé pareció devolvernos a Alfonso y a mí nuestra condición anterior: el nacimiento del pequeño Rodrigo fue celebrado como correspondería a un príncipe. Alejandro mimaba al bebé, y se lo describía a todos los visitantes con el mismo entusiasmo y orgullo que antes había reservado a las hazañas de César; visitaba al niño a menudo, y lo acunaba en sus brazos como un padre con mucha experiencia. No había duda de que su afecto era totalmente sincero, así que él, Alfonso y yo de pronto nos encontramos disfrutando de largas conversaciones sobre las maravillas del pequeño Rodrigo. Comencé a sentirme de nuevo segura en Roma.

1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 106
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)