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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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– ¿Quién es? -pregunté con un tono de voz autoritario. Aparté las mantas mientras una de las damas se apresuraba a encender una lámpara.

– Soy Federico, un sargento de la guardia española, uno de los hombres de vuestro marido. Don Jofre está herido de gravedad. Lo hemos llevado a su cama y hemos llamado al médico; creímos que debíais ser avisada.

– ¿De gravedad? ¿Hasta qué punto es grave? -pregunté, con una voz aguda por el miedo. Para entonces ya me había cubierto con la capa de terciopelo y había salido corriendo a la antecámara, donde estaba Federico con una linterna. Vestido con prendas de paisano, tenía unos dieciocho años, era oscuro como un moro y llevaba el pelo aplastado en la frente por el sudor. La parte del torso de su túnica colgaba, cortada limpiamente por un golpe de espada que no había alcanzado la piel; el agujero mostraba parte de su abdomen desnudo y la parte superior de las calzas. Sus ojos negros brillaban de tanto vino.

Pero su voz y su postura eran firmes; el miedo le había devuelto la sobriedad.

– Tiene una flecha clavada en el muslo, madonna.

Una herida así podía ser fatal. Sin llamar a mis damas, corrí descalza por el pasillo. No recuerdo haber cruzado el edificio o subir la escalera hasta las habitaciones de Jofre. Solo recuerdo ahombres que se inclinaban y puertas que se abrían, hasta que llegué junto a mi marido.

Yacía pálido y sudoroso en la cama; tenía sus ojos castaños muy abiertos por el dolor. Sus hombres habían cortado las polainas y los calzones, para dejar a la vista la herida; la flecha, partida, tenía la punta bien alojada en el muslo de mi marido. La carne alrededor de la flecha tenía un color rojo púrpura y se veía hinchada; sangraba copiosamente, los regueros corrían a cada lado de su pierna. Habían doblado una sábana varias veces y la habían colocado debajo de la herida; estaba empapada.

Jofre estaba consciente, y le cogí la mano. Su apretón era débil pero agradecido, e intentó sonreírme, pero no consiguió ir más allá de una mueca.

– Amor mío -dije; fueron las únicas palabras que logré decir.

– No te enfades, Sancha -susurró. Su aliento y sus prendas desprendían olor de alcohol; comprendí que sus hombres habían vertido vino en la herida para limpiarla. De todos modos, él y su grupo debían de estar muy borrachos, lo que sin duda había provocado la actual situación.

– Nunca -repliqué-. Nunca. -No había culpa alguna en Jofre. Si había hecho alguna cosa mal, solo era con la intención de ayudarme-. ¿Quién te hizo esto?

Jofre estaba demasiado débil para responder. En cambio, escuché la voz de Federico a mi espalda; el joven soldado me había seguido hasta el dormitorio de su amo, pero yo estaba demasiado angustiada para advertirlo.

– Uno de los soldados del alguacil, doña Sancha. Estábamos cruzan do el puente junto al castillo de Sant'Angelo cuando el alguacil nos dio la voz de alto. Don Jofre se identificó como el príncipe de Squillace, pero el alguacil no quiso creerle, madonna, y… -Hizo una pausa, y modificó el relato para evitarme detalles desagradables-. Se intercambiaron palabras airadas. Al parecer, uno de los soldados creyó que el príncipe había insultado al alguacil, porque disparó una flecha, y ya veis el resultado.

Yo estaba atónita.

– ¿Han detenido al alguacil y al soldado que disparó la flecha?

– No, madonna. Estábamos demasiado preocupados por el estado del príncipe. Lo trajimos aquí de inmediato.

– Algo hay que hacer. Los hombres responsables deben ser castigados.

– Sí, madonna. Por desdicha, no tenemos autoridad.

– ¿Quién la tiene?

Federico pensó la respuesta.

– Sin ninguna duda, Su Santidad.

Apareció el médico del Papa, un hombre mayor y robusto vestido con las mismas galas que cualquier Borgia; no ocultaba su enfado por haber sido despertado horas antes del amanecer. Frunció el entrecejo hasta la exageración; sus espesas y negras cejas se unieron al verme.

– Nada de mujeres. Debo quitar la flecha, y no quiero que nadie se desmaye.

Yo mostré una expresión incluso más dura. No estaba dispuesta a ser tratada de ese modo, pero aún más importante, no estaba dispuesta a que me apartasen de Jofre.

– No soy una delicada doncella -insistí-. Haz tu trabajo y deja que yo lo consuele.

Esta vez, Jofre consiguió mostrar una pálida sonrisa.

Le sujeté la mano y enjugué el sudor de su frente pegajosa mientras el médico procedía a examinar, a tocar y luego a cortar alrededor de la herida. Trajeron vino con adormidera; sostuve la copa de plata junto a los temblorosos labios de Jofre y le urgí a beber. Cuando hubo bebido una cantidad suficiente para complacer al médico, comenzó lo peor de la cirugía. El médico sujetó el astil con las dos manos y tiró. Jofre apretó las mandíbulas y gimió, pero al final acabó gritando a voz en cuello como una mujer en el parto.

Después de varios intentos, la flecha se soltó, y Jofre cayó hacia atrás, inmóvil por el dolor. Salió mucha sangre; algo que el médico consideró bueno, porque ayudaba a limpiar el peligroso óxido y disminuía el riesgo de infección. El médico lavó la herida con vino y después la vendó.

Me quedé con Jofre aquella noche, sin atreverme a dormir incluso cuando él se rindió al sueño, a pesar del sufrimiento.

Primavera-Verano de 1499

***

Capítulo 27

Por la mañana, dejé a mi marido dormido, me vestí y fui hacia las habitaciones de Su Santidad muy temprano, antes de que este saliese para ocuparse de sus tareas oficiales.

Me recibió en su despacho, sentado detrás de una gran mesa dorada.

Saludé con una reverencia, y después dije en tono grave:

– Santidad, vuestro hijo Jofre fue herido anoche en un altercado con el alguacil.

– ¿Herido? -Se levantó, de inmediato preocupado-. ¿Es grave?

– Fue anoche, santidad. Una flecha oxidada atravesó el muslo de Jofre; ha sobrevivido por la gracia de Dios. Aún no hay fiebre. El médico confía en que se recuperará. Pero su estado sigue siendo grave.

– ¿Cómo ocurrió? -preguntó, un poco más relajado.

– Jofre estaba anoche con algunos de sus hombres, muy tarde; estaban cruzando el puente de Sant'Angelo cuando el alguacil los detuvo y exigió saber cuáles eran sus asuntos.

– Es lo que debía hacer -manifestó Alejandro-. Hablé con Jofre de sus escapadas nocturnas. Ha estado yendo por ahí con sus españoles, en busca de pelea. Por lo visto, consiguió su propósito.

Su tono era despectivo; lo observé y solté una exclamación.

– ¡Santidad, los hombres responsables de herir a Jofre deben ser llevados ante la justicia!

Alejandro se sentó; era obvio que ya no estaba preocupado. Me miró con sus grandes ojos castaños; ojos que parecían benévolos en la superficie, y que, sin embargo, ocultaban un alma conspiradora.

– Por lo que parece solo estaban cumpliendo con su deber. No puedo «castigarlos», como tú pides. Jofre recibió lo que merecía. -Volvió la atención al documento que tenía sobre la mesa, y no me hizo caso.

– ¡Él es vuestro hijo! -exclamé, sin preocuparme de ocultar mi ira.

Me miró con frialdad.

– En cuanto a eso, estás mal informada, madonna.

Mi temperamento se apoderó de mi lengua antes que de mi inteligencia.

– Habéis dicho al mundo todo lo contrario -repliqué en el acto-, cosa que os hace un mentiroso y un cornudo.

Se levantó de nuevo al escucharme, con una rapidez y una furia iguales a las mías, pero antes de que pudiese responder, le di la espalda, sin pedirle permiso para retirarme, y salí de la habitación dando un portazo.

Más tarde, empecé a pensar que había empeorado la situación de Alfonso y la mía. Por la tarde, estaba tan nerviosa por mi equivocación que fui a buscar a mi hermano; me vi obligada a esperar varias horas hasta que regresó de una cacería.

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