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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Aquel día me comporté como una tonta; o quizá mi mente estaba abrumada por el miedo, pero continué furiosa por la insinuación de la bruja de que me veía indefensa en las manos de los Borgia. Aquella noche me fui a la cama temprano, y pasé horas con la mirada perdida en la oscuridad, dominada por un terror helado que no disminuía.

Cerré los ojos y vi la imagen de mi propio corazón, rojo y palpitante, atravesado ahora por una única espada. Me vi avanzando con la espada por encima de mi cabeza, con un impulso de puro odio: odio hacia César Borgia.

– No… -susurré, en voz tan baja que la dormida Esmeralda y mis otras damas no pudieron oír-. No, no debo cometer ningún asesinato, o me volveré como Ferrante, como mi padre… me volveré loca. Debe haber otra forma.

Tenía otra razón para negarme a cometer tal crimen. Lo que no quería admitir ante mí misma, incluso entonces, era que mi corazón aún pertenecía a César. Lo aborrecía… sin embargo, una parte de mí lo amaba y no podía hacerle ningún daño. Como mi madre, estaba maldita: no podía dejar de amar al más cruel de los hombres.

Me dormí diciéndome a mí misma mentiras: que César no tenía ningún motivo para herirme a mí o a mi hermano, que el Papa cumpliría su compromiso

Otoño-invierno de1499

***

Capítulo 29

A mediados de septiembre, regresé a Roma, y Alfonso continuó viaje al norte hacia Spoleto, donde Lucrecia, con el embarazo muy avanzado, lo esperaba. Pasaron allí todo un mes, pero no se lo podía reprochar; disfrutaban de una libertad y una seguridad que no tendrían en Roma.

En cuanto acabé de asearme después de mi largo viaje, apareció Jofre, encantado, en mis aposentos.

– ¡Sancha! ¡Cada vez que te veo, me doy cuenta de que he olvidado lo hermosa que eres!

Le sonreí, agradecida por su cálida y amorosa bienvenida en tan incómodas circunstancias, y lo abracé.

– Te he echado de menos, marido.

– Yo también, muchísimo. Hay tantas noticias de las que hablar, pero las reservaremos para la cena. Ven, permíteme que te lleve a ver a padre y a César. Sé que estarán ansiosos por verte.

Sonreí bondadosamente y no compartí con él mis dudas.

Me llevó orgulloso de su brazo, sin darse cuenta de la tensa situación política que mi presencia representaba. Mientras caminaba con él desde el palacio de Santa María a través de la plaza de San Pedro, comprendí que había echado de menos el tamaño y la grandeza de Roma. Atardecía, y la luz menguante del sol teñía el mármol blanco del palacio papal y de San Pedro de un rosa vivo, y también coloreaba los preciosos jardines, todavía en flor, que rodeaban los grandes edificios. Incluso los anchos meandros del Tíber, que parecían mercurio, tenían cierto encanto.

Me aferré al brazo de Jofre cuando entramos en el palacio papal, con su profusión de dorados y bellas pinturas. Esta vez, cuando entré en la sala del trono del papa Alejandro y me incliné para besar la zapatilla de satén, fui recibida con mucho menos entusiasmo que en mi primera visita a Roma. César, de pie junto a su padre, vestido con el uniforme de capitán general, observó el gesto con la mirada de un gavilán.

– Bienvenida, querida -dijo Alejandro, con una sonrisa forzada-. Confío en que hayas tenido un buen viaje. Perdónanos si no podemos cenar contigo esta noche, pero César y yo tenemos que discutir muchos asuntos. Jofre compartirá contigo todas las noticias de la familia.

Me despidió con un gesto. Mientras me volvía, César se adelantó, cogió mis manos y me dio un beso formal en la mejilla. Al tiempo que lo hacía, me susurró al oído:

– Sabrás por él que cometiste un error al rechazar mi propuesta, madonna. El tiempo te hará ver tu tontería.

No mostré ninguna reacción, solo le sonreí por compromiso, y él se apartó.

Durante la cena, que tomé con Jofre en sus habitaciones, mi marido me bombardeó con noticias, y habló con tanta excitación y durante tanto tiempo que apenas si probó la comida.

– Padre y César están haciendo planes -anunció orgulloso-. Todo es muy secreto, por supuesto. César guiará a nuestro ejército a la Romaña. Es una buena jugada no solo para el papado, sino también para la casa de los Borgia… -Se inclinó sobre la mesa y susurró como un conspirador-: Toda la Romaña se convertirá en un ducado para César. Padre ha enviado una bula a aquellos gobernantes que no han pagado sus tributos con regularidad; casi todos. Por lo tanto, si no entregan sus tierras a la Iglesia, se enfrentarán a su ejército.

Dejé mi copa, de pronto incapaz de comer o beber. El recuerdo me llevó de nuevo al momento en que yacía desnuda en la cama de César y lo observaba gesticular ante un mapa imaginario en el techo, donde marcaba la gran región al noreste de Roma.

– Imola -dije sin más-, Faenza, Forli, Cesena.

Jofre me dirigió una rápida mirada de curiosidad.

– Sí -afirmó-, y Pesaro, principalmente porque su señor, Giovanni Sforza, hizo aquellas acusaciones contra Lucrecia y padre durante el divorcio.

– Serán presa fácil para César y su ejército. -Entorné los párpados-. Sobre todo ahora que el rey Luis le ha provisto con tropas -añadí con astucia.

Mi marido se atragantó con el vino, y comenzó a toser. Lo observé en silencio. Había aprendido a confiar en doña Esmeralda y su red de sirvientes espías para obtener el máximo de información; por ella, acababa de enterarme de una desagradable verdad: César había estado planeando, incluso desde su matrimonio con Carlota de Albret, cambiar sus servicios militares en Milán por la ayuda francesa para conseguir su largo sueño de conquistar Italia. Aquella noche dijo que para alcanzar su meta solo necesitaba un ejército lo bastante fuerte para derrotar a Francia; quizá se había dado cuenta de que tal ejército nunca existiría en la realidad, porque se había vuelto hacia el enemigo para conseguir ayuda.

– No es más que un intercambio -dijo Jofre, al tiempo que se enjugaba los ojos con la manga-. César los ayudó en Milán; ahora ellos lo ayudan en la Romaña. Pero han dejado claro que ya no tienen ninguna intención sobre Nápoles. Incluso si la tuviesen, César nunca lo permitiría.

– Por supuesto -repliqué sin siquiera intentar simular que no creía ni una sola palabra.

Ahí acabó el entusiasmo de Jofre; durante el resto de la cena, nos ocupamos de hablar de otras cosas que no fuesen política.

Cuando Alfonso y Lucrecia emprendieron el viaje de regreso a Roma a mediados de octubre, ya se había promulgado la bula; César entró en la Romaña con su ejército, que incluía a los casi seis mil hombres que le había facilitado el rey Luis.

Todos nosotros -Lucrecia, Alfonso, Jofre y yo- nos vimos forzados a escuchar cada noche durante la cena las más recientes hazañas de César. A diferencia de su predecesor, Juan, César era un buen estratega y un destacado comandante, y Alejandro no dejaba ni un momento de entonar alabanzas hacia su hijo mayor. Apenas podía contener su alegría cuando las noticias del frente eran buenas, y no podía contener su enfado cuando no lo eran.

Al principio, las noticias eran favorables. El primer gobernante en caer fue Caterina Sforza, regente de Imola y Forli, y nieta del derrotado Ludovico. La ciudad de Imola se rindió en el acto sin lucha, abrumada por el tamaño del ejército de César. Forli, donde Caterina se encerró en la fortaleza, soportó el asedio durante tres semanas. Al final, los soldados de César consiguieron asaltar los muros; falló el intento de suicidio de Caterina, y fue hecha prisionera.

Su Santidad no mencionó la captura de Caterina, de esa parte me enteré por boca de doña Esmeralda.

– Es una mujer valiente, la condesa de Forli, incluso a pesar de tener sangre francesa -proclamó Esmeralda, cuando las dos estábamos a solas en mi dormitorio-. Mucho más valiente que el bastardo que la capturó. -Por un momento apretó los labios al pensar en César, y luego continuó con su relato-: Más valiente que todos los demás en la Romaña. Cuando su marido fue asesinado por los rebeldes, ella dirigió a sus propios soldados en la persecución de los asesinos, y no cejó hasta que cada miembro del grupo fue ejecutado.

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