La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
Nos reunimos clandestinamente, como siempre; en el dormitorio de Alfonso, con la puerta de la antecámara cerrada con llave. Mientras mi hermano escuchaba, sentado en una silla después de un duro día de cabalgada -cansado hasta tal punto que ni siquiera se quitó la capa antes de sentarse-, caminé ante él y confesé mi estupidez y mi sentimiento de culpa.
Sacudió la cabeza con expresión indulgente y exhaló un suspiro.
– Sancha, debes comprenderlo: tus arranques de furia enfadan mucho a Alejandro, pero al final él comprenderá que estás defendiendo a tu marido. Tu enfado no tendrá ninguna consecuencia. -No tenía sentido intentar convencerlo de lo contrario; estaba demasiado acostumbrado a ver solo lo bueno en las personas. Por mucho tiempo que permaneciese en Roma, nunca llegaría a entender el talento de los Borgia para la traición.
Exhalé un suspiro, pero entonces Alfonso añadió:
– No puedes haber empeorado nuestra situación. Es casi imposible que empeore más.
Entonces me contó algo que me había mantenido oculto desde hacía unos días: que los representantes del rey español, Fernando, estaban cada vez más escandalizados por las acciones de Alejandro. Hasta tal punto, que zarparían por la mañana de regreso a España, con el fin de reunirse con Fernando en persona. Su partida pretendía ser una afrenta intencionada al Papa, pero antes de marcharse transmitirían a Su Santidad su convicción de que el ejército papal había estado recibiendo municiones de Francia, ocultas en toneles de vino.
Alfonso me transmitió esto con un cansancio que nacía de algo más que el agotamiento físico. Con una sien apoyada en el puño, dijo con voz lenta:
– El Papa ha conseguido enfadar tanto a los españoles con sus constantes halagos al rey Luis que los embajadores insultaron abiertamente a Alejandro. Garcilaso de la Vega tuvo el coraje de decirle a Su Santidad sin pelos en la lengua: «Espero que os veáis forzado a seguirme a España como un fugitivo, en una barcaza, y no en una hermosa nave como la mía».
No pude contener una exclamación de deleite al pensar en De la Vega, que había puesto a Alejandro en su lugar; al mismo tiempo, sabía que tanta sinceridad solo podía atraer ganas de venganza.
– ¿Qué dijo el Papa?
– Tartamudeó -manifestó Alfonso-. Dijo que don De la Vega lo había deshonrado, al acusarlo de complicidad con Francia, y afirmó que su lealtad a España permanecía firme.
Guardé silencio; observé a mi hermano con mucha atención. Temía que Lucrecia continuase influyendo en él hasta el punto de que considerara la retirada de los embajadores españoles una reacción exagerada; pero no lo hizo. Su expresión permaneció grave, preocupada.
Después de una pausa, Alfonso habló de nuevo; su tono era de franca derrota:
– He conversado en varias ocasiones con Ascanio Sforza. Me señaló que si bien Lucrecia puede amarme, el Papa no la escuchará en este asunto. Ella se opuso a su divorcio de Giovanni Sforza, pero al final, no sirvió de nada.
Contuve mi lengua, para evitar señalarle que yo había dicho lo mismo unas semanas atrás y no me había querido escuchar. En cambio, dije:
– Solo a una persona presta oído Alejandro, y es César. El es el mayor peligro al que nos enfrentamos.
Alfonso consideró mis palabras durante unos momentos, y después continuó:
– Sforza está pensando en abandonar Roma. No tiene muy claro durante cuánto tiempo será seguro para los partidarios de la casa de Aragón permanecer aquí.
Me quedé de una pieza. Sabía que las maniobras políticas de César con los franceses nos habían puesto a mi hermano y a mí en una grave situación. Pero el peligro físico -que los Borgia quizá intentasen asesinar a Alfonso- nunca había parecido real hasta aquel momento, cuando miré a mi bondadoso hermano y comprendí lo que había hecho César: la casa de Aragón corría un grave peligro. La alianza francesa había incluso permitido al Papa la audacia de negar ante mí la paternidad de Jofre.
¡La declaración de César de que deseaba casarse con Carlota había sido solo un engaño! ¿Siempre había tenido la intención de casarse con una mujer escogida por el rey Luis, y aliarse con el peor enemigo de mi país? Si deseaba vengarse de mí, no había mejor camino que amenazar a Alfonso. Me preocupaba más la vida de mi hermano que la mía.
Con el ejército francés a disposición del Papa, César podía arrebatarme algo más que Alfonso: podía tomar Nápoles.
De inmediato me vi transportada al lejano pasado. Me encontraba en la oscura cueva de la bruja cerca del Vesubio, vi sus atractivas facciones detrás del velo de gasa negra y escuché su melodiosa voz: «Ve con cuidado, o tu corazón destrozará a todos aquellos a los que amas».
«César -pensé, en un instante de desesperado miedo, e instintivamente apoyé una mano en el estilete siempre oculto en mi corpiño-. César, mi corazón… mi negro y malvado corazón. No puedo permitir que destruyas a mi hermano.»
Jofre se recuperó completamente, y renunció a sus locas salidas nocturnas. Alfonso y yo nos quedamos en Roma incluso en julio, después de que Ascanio Sforza se marchase a Milán, para apoyar a su hermano, el duque Ludovico Sforza. El ejército francés ya había cruzado los Alpes y se preparaba para atacar aquella ciudad norteña.
A mí solo me preocupaba Alfonso: era un varón y por tanto capaz de ejercer alguna influencia política. Yo solo era una mujer, por lo que era vista como una molesta esposa, pero no como una amenaza directa. Ambos intentábamos convencernos de que estábamos seguros, sobre todo porque Lucrecia estaba embarazada de cuatro meses, y Alejandro esperaba con ansia el nacimiento de su primer nieto legítimo: el heredero de las casas de Aragón y Borgia.
El Papa repetía que el rey Luis nunca invadiría Nápoles: insistía en que al rey francés solo le interesaba la región de Milán.
Una vez que Luis tuviese Milán en su poder, él y su ejército se marcharían.
Nosotros intentábamos desesperadamente creer las palabras de Alejandro.
Pero Alfonso solo podía creerlas hasta cierto punto. Me ocultaba un secreto, algo que aún no he podido perdonarle, aunque sé que solo lo hizo para protegerme.
El rey Luis se apoderó de Milán con extrema facilidad; los ciudadanos, preocupados por salvar el pellejo, se echaron a las calles para darle la bienvenida. En cuanto al duque Ludovico y su primo, el cardenal Sforza, fueron incapaces de reunir el apoyo necesario para repeler la invasión. Cuando se dieron cuenta de ello, escaparon incluso antes de que la ciudad abriese sus puertas al ejército francés.
César Borgia cabalgaba junto al rey.
Solo hacía dos días que había empezado agosto, y las mañanas todavía eran frescas. Lucrecia me invitó a comer en la logia del palacio. Manteníamos la alegre charla propia de las mujeres cuando una de ellas está cerca de dar a luz, pero nuestra plática se vio interrumpida por la aparición de los sirvientes papales, y luego por Su Santidad.
Cruzó la logia con una rapidez y una fuerza poco características, sus anchos hombros curvados hacia delante. Me recordó el escudo de los Borgia, porque Alejandro se parecía mucho a un toro que carga con furia.
Se acercó; la blancura de sus prendas de satén acentuaba el rojo de su rostro redondo y la oscuridad de sus ojos entrecerrados. Su mirada, afilada como una espada, pasaba alternativamente de Lucrecia a mí; era obvio que ambas habíamos hecho algo que había despertado su ira y desprecio.
Nos levantamos, Lucrecia con dificultad debido a la carga que llevaba; pero Alejandro nos indicó de inmediato que volviésemos a sentarnos.
– ¡No! Sentaos, lo necesitaréis. -Su tono era duro, su expresión enfurecida. Llegó a nuestra mesa y arrojó una carta junto al plato de Lucrecia. Yo me quedé como una estatua, sin atreverme casi ni a respirar.