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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Lucrecia, muy pálida -quizá sospechaba aquello que yo estaba demasiado sorprendida para intuir-, recogió la carta y comenzó a leer. Soltó una exclamación, luego una extraña risa de incredulidad.

– ¿De qué se trata? -pregunté, en voz muy baja para no provocar más la ira de Su Santidad.

Me miró, desconcertada; creí que iba a perder el conocimiento. Pero se controló. Al responderme, intuí el llanto en su voz:

– Alfonso. Dice que ya no está seguro en Roma. Se ha marchado a Nápoles.

– ¡Te pide que te reúnas con él! -gritó Alejandro, y movió una de sus manazas hacia la carta; Lucrecia se encogió, como si temiese recibir un golpe-. Más te vale jurar, ante Dios, que no sabías nada de esto.

Lucrecia parpadeó varias veces, y susurró:

– No sabía nada, lo juro.

Alejandro continuó con sus críticas.

– ¿Qué clase de traidor es, que acusa a su propia familia, me acusa a mí, de deslealtad, y después abandona a su pobre esposa embarazada? Todavía peor, ¿qué clase de canalla pone a su esposa en semejante posición, le pide que reniegue de su propia sangre, a sabiendas de sus responsabilidades familiares y políticas?

En aquel momento deseé pegarle. Estaba furiosa con él por insultar a mi hermano, un hombre de tal decencia que Alejandro nunca podría comprender; y también estaba furioso con Alfonso por haber huido tic Roma sin decírmelo.

Al mismo tiempo comprendí por qué había guardado silencio; conocer el secreto hubiese puesto en peligro mi cabeza. Al dejarme atrás, sin conocer en absoluto sus planes, Alfonso se había asegurado de que los Borgia me consideraran inofensiva.

– Por supuesto no le responderás -ordenó Alejandro a su hija con dureza, en absoluto conmovido por las lágrimas que caían por sus mejillas y sobre el pergamino que estaba junto a su plato-. Tus movimientos en esta casa serán vigilados a partir de este momento; no irás a ninguna parte sin mi permiso, te lo aseguro. -Se volvió hacia mí-. En cuanto a ti, doña Sancha, puedes comenzar a preparar tus maletas en este mismo instante. Es obvio que el rey Federico no quiere dejar aquí ninguna de sus pertenencias, así que seguirás a tu hermano a Nápoles.

El rubor encendió mis mejillas. Me levanté; mi voz era fría pero temblaba de ira.

– Haré lo que diga mi marido.

– Tu marido -Alejandro se me acercó con gesto amenazador- no tiene nada que decir en esta casa, como bien sabes. Espero que te marches del palacio no más tarde de mañana y te lleves tu arrogancia y temperamento aragoneses contigo.

Se volvió y se marchó con el vigor de un hombre mucho más joven; sus pajes tuvieron que correr para seguirlo. Lucrecia se quedó sentada con una expresión de asombro, con la mirada fija en la carta escrita por el hombre que más cerca había estado de ella, y que ahora estaba tan lejos. Me acerqué a ella, me arrodillé y la abracé. Cerré los ojos, porque no podía soportar mirarla a la cara y ver cómo se le rompía el corazón.

– Sancha -dijo, con voz contenida-, ¿por qué no puedo tener una vida feliz con mi marido? ¿Acaso soy tan fea y terrible, una esposa tan horrible que los hombres me abandonan de esta manera?

– No, querida -le respondí con toda sinceridad-. Son cuestiones políticas que solo interesan a tu padre y a César, y no tienen nada que ver contigo. Sé cuánto te ama Alfonso. Me lo ha dicho innumerables veces.

Esto solo sirvió para aumentar su pena.

– Ah, mi querida Sancha, no me digas que tú también te marchas.

– Querida Lucrecia -murmuré en su hombro-, algunas veces nos vemos forzados a hacer aquello que menos deseamos.

Jofre discutió con su padre, pero comprendimos que no serviría de nada. A diferencia de Alfonso, no animé a mi esposo a que me siguiese: no creía que Jofre tuviese la confianza suficiente para dejar atrás el único privilegio que había disfrutado: ser un Borgia, aunque solo fuese de nombre.

Aquella mañana, ordené a todos mis sirvientes que comenzasen a hacer el equipaje.

Al anochecer, Jofre vino a verme a mi habitación y despidió a Esmeralda y a los sirvientes.

– Sancha -dijo, con voz temblorosa por la emoción-. Esto que te ha hecho mi padre es horrible. Nunca podré perdonarle, y nunca seré feliz sin ti. He sido un marido lamentable; no soy ambicioso, apuesto ni tengo fuerza de voluntad, como César, pero te quiero con toda mi alma.

Me sonrojé ante la mención de César y me pregunté si Jofre se había enterado de nuestra aventura. Era imposible vivir en Roma sin escuchar los rumores, pero todo ese tiempo había confiado en que mi esposo -siempre dispuesto a pensar en lo mejor de todos- no les hubiera hecho caso.

– Oh, Jofre -repliqué-, ¿cómo has podido mantener tu alma inocente en medio de tanto engaño? -Lo cogí en mis brazos, y aquella noche se acostó conmigo, quizá por última vez.

Jofre se marchó antes del amanecer. Al mediodía del día siguiente, mis sirvientes ya habían guardado en los cofres y baúles todo lo que deseaba; abandonaba la mayor parte de mis preciosos vestidos.

En el momento de salir de mis aposentos para dirigirme al carruaje que me esperaba, Lucrecia apareció en el pasillo, con los ojos enrojecidos.

– ¡Hermana! -llamó mientras se acercaba. Ahora caminaba con lentitud, porque estaba en el cuarto mes de embarazo-. ¡No te marches sin dejar que te diga adiós!

Cuando se acercó para abrazarme, le susurré:

– No debes hacer esto. Los sirvientes lo verán e informarán al Papa; se pondrá furioso.

– Maldito sea -replicó ella con vehemencia, mientras nos abrazábamos.

– Eres muy valiente y bondadosa al venir -manifesté-. Se me parte el corazón al decir hasta nunca.

– No es un hasta nunca. Solo es un adiós -replicó ella-. Te lo juro, volveremos a encontrarnos. Juro por mi vida que os veré a ti y a Alfonso de nuevo en el seno de nuestra familia. No dejaré que ninguno de los dos os marchéis.

La abracé con mucha fuerza.

– Mi querida Lucrecia -murmuré-, tienes mi amistad y lealtad para toda la vida.

– Y tú la mía -afirmó ella, solemne.

Nos separamos para mirarnos la una a la otra, y ella soltó una risa forzada.

– Bueno, ya está bien. Basta de tristeza. Volveremos a encontrarnos, y tú estarás a mi lado cuando nazca el primogénito de tu hermano. Piensa en el momento feliz que vendrá, y yo haré lo mismo, cada vez que el pesar amenace. Prometamos que lo haremos.

Conseguí esbozar una sonrisa.

– Lo prometo.

– Bien -dijo ella-. Ahora te dejo, con el convencimiento de que nuestra separación será breve. -Se volvió, con tanto coraje y decisión que yo cuadré los hombros.

Corría el año 1499. Se rumoreaba entre la plebe y se proclamaba compasión desde los pulpitos que Dios pondría fin al mundo en el año del Jubileo de 1500. Sin duda a mí me parecía, mientras me preparaba para dejar el palacio de Santa María bajo un manto de vergüenza, que mi propio mundo ya se estaba acabando… pero en realidad, los rumores eran ciertos. El final de mi mundo se acercaba, pero no sería hasta el año siguiente.

Finales de verano de 1499

***

Capítulo 28

Salí de Roma con la cabeza erguida. Rechacé cualquier sentimiento de vergüenza por haber sido expulsada con tanta rudeza por Alejandro del lugar que había llegado a considerar mi casa. La vergüenza no recaía sobre mí o sobre mi hermano, que éramos inocentes de cualquier fechoría, sino sobre César y su veleidoso padre. Incluso así, me dolía el corazón al pensar que dejaba atrás a Lucrecia y a Jofre; me parecía irónico que yo, que había sido tan infeliz al tener que ir a Roma, me sentía ahora tan desdichada por tener que dejarla para ir al lugar que más amaba.

Al segundo día de viaje, avistamos la costa y el mar; fue, como siempre, un tónico para mí. Cuando llegué a Nápoles, mi pesar ya se había aliviado un tanto, y me alegré de estar en casa; pero mi alegría se apagó ante la sincera pena de Alfonso. Yo había visto la expresión de sufrimiento en el rostro de Lucrecia el día que su padre le dijo que Alfonso se había marchado. Sin embargo, por mucho que ella amaba a mi hermano, Alfonso la adoraba todavía más; y cada día en Nápoles, me veía obligada a mirar un rostro, mucho más preocupado, mucho más desconsolado que el de Lucrecia.

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