La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
II. Libertad, alegría, democracia real
«Nuestro carácter es nuestro destino -dice Félicité de Genlis-. Por ese motivo la gente corriente no tiene destino, pertenecen al ámbito del azar. Una mujer bonita e inteligente que tenga ideas originales tendrá una vida llena de extraordinarios acontecimientos.»
Nos hallamos en 1790. En la vida de Gabrielle se producen ciertos acontecimientos extraordinarios.
En mayo de ese año, di un hijo a mi marido. Le pusimos el nombre de Antoine. Tiene un aspecto robusto, como mi primer hijo. Nunca hablamos de nuestro primer hijo. A veces, sin embargo, sé que Georges piensa en él, cuando sus ojos se humedecen.
Les contaré también lo que sucedió en el mundo. En enero mi marido fue elegido miembro de la Comuna, junto con Legendre, nuestro carnicero. Aunque no lo dije -nunca digo nada-, me sorprendió que presentara su candidatura puesto que siempre critica a la Comuna, y en especial al alcalde Bailly.
Poco antes de que ocupara su escaño, sucedió ese asunto del doctor Marat. Marat insultó a las autoridades de forma que decretaron su arresto. Marat se alojaba en el Hotel de la Fautrière, en nuestro distrito. Enviaron a cuatro oficiales para arrestarlo, pero una mujer corrió a avisarlo, y pudo escapar.
No comprendo por qué Georges se preocupa tanto de Marat. Suele traer a casa el periódico que edita el doctor Marat, y cuando lee exclama: «¡Basura, basura, basura!» y lo arroja al suelo, o al fuego si se encuentra frente al hogar. De todo modos, dijo que era una cuestión de principios. Advirtió a la asamblea del distrito que nadie iba a ser arrestado sin su permiso. «Aquí mando yo», dijo.
El doctor se ocultó. Yo supuse que eso sería el fin del periódico durante un tiempo, que tendríamos un poco de paz. Pero Camille dijo: «Creo que deberíamos ayudarnos mutuamente. Me ocuparé de que el siguiente número salga con puntualidad.» El siguiente número publicaba un artículo feroz contra las autoridades del Ayuntamiento.
El 21 de enero, el señor Villette, comandante de nuestro batallón, vino a casa y me dijo que debía hablar con Georges urgentemente. Cuando Georges salió de su despacho, el señor Villette le mostró un papel y dijo:
– Órdenes de Lafayette. Arrestar a Marat. ¿Qué debo hacer?
– Acordonar el Hotel de la Fautrière.
Luego se presentaron los oficiales del alguacil con otra orden de arresto contra Marat, y mil hombres.
Georges se puso furioso. Dijo que eso era una invasión de tropas extranjeras. Todo el distrito se lanzó a la calle. Georges se dirigió al comandante y le espetó:
– ¿Para qué sirven esas tropas? Haré que toquen a rebato, sacaré a las fuerzas de Saint-Antoine. Puedo colocar a veinte mil hombres armados en las calles con sólo chasquear los dedos.
– Asómate a la ventana -dijo Marat-, a ver si oyes lo que dice Danton. Yo no me asomo porque temo que me peguen un tiro.
– Pregunta dónde demonios está el comandante del batallón.
– He escrito a Mirabeau y a Barnave -dijo Marat, mirando a Camille con unos ojos con reflejos dorados-. Supuse que debía comunicarles lo sucedido.
– Imagino que no habrán contestado.
– No -dijo Marat-. Renuncio a la moderación.
– La moderación renuncia a ti.
– Eso es.
– Danton se está jugando el cuello por ti.
– Me gusta esa expresión -contestó Marat.
– A mí también.
– ¿Por qué no intentan arrestarte a ti? Llevo ocultándome desde octubre -Marat empezó a pasearse por la habitación, recitando un monólogo entre dientes y rascándose de vez en cuando-. Este asunto encumbrará a Danton. Necesitamos buenos hombres. Podríamos volar la Escuela de Equitación; total, sólo hay media docena de diputados que valgan la pena. Buzot tiene buenas ideas, pero es demasiado arrogante. Pétion es un imbécil. Robespierre promete mucho.
– Coincido contigo. Pero no han aprobado ni una sola de las medidas que ha propuesto. El mero hecho de que apoye una moción basta para que la mayoría de los diputados vote en contra.
– Pero es perseverante -dijo Marat-. Y la Escuela de Equitación no es Francia. En cuanto a ti, tienes buenas intenciones pero estás loco. Siento una profunda estima por Danton. Hará cosas importantes. Me gustaría… -Marat se detuvo, acariciándose el mugriento pañuelo que llevaba alrededor del cuello-. Me gustaría que el pueblo se librara del Rey, la Reina, los ministros, Bailly, Lafayette y la Escuela de Equitación. Me gustaría que el país fuera gobernado por Danton y Robespierre. Yo los vigilaría estrechamente -dijo sonriendo-. Nadie nos impide soñar.
Gabrielle: las tropas que había enviado Lafayette acordonaron el edificio, mientras Marat se ocultaba dentro. Georges vino varias veces para cerciorarse de que no nos había sucedido nada. Parecía muy sereno, pero cada vez que salía a la calle se ponía furioso.
– Podéis permanecer aquí hasta mañana -dijo a las tropas-, pero no os servirá de nada.
Algunos se pusieron a blasfemar.
A medida que transcurría la mañana, nuestros hombres y las tropas de Lafayette se pusieron a charlar. Había unas tropas regulares y otras voluntarias. La gente decía que, puesto que eran nuestros hermanos de otros distritos, no iban a luchar contra nosotros. Camille aseguraba que no se atreverían a arrestar a Marat, el Amigo del Pueblo.
Georges se dirigió a la Asamblea pero le impidieron tomar la palabra y aprobaron una moción diciendo que el distrito de los cordeliers debía respetar la ley. Yo estaba preocupada porque Georges tardó mucho en regresar. Una se casa con un abogado, y de pronto descubre que vives en un campo de batalla.
– Le he traído unas ropas, doctor Marat -dijo François Robert-. El señor Danton espera que le vayan bien.
– Yo también -respondió Marat-. Confiaba en poder huir en globo. Hace mucho tiempo que me gustaría viajar en globo.
– No tuvimos tiempo de conseguirle uno.
– Seguro que ni siquiera lo han intentado.
Después de que Marat se lavara, afeitara, vistiera y peinara, François Robert dijo:
– Es asombroso.
– Siempre me ha gustado ir bien vestido -dijo Marat-, en los tiempos en que frecuentaba la alta sociedad.
– ¿Y qué paso?
– Que me convertí en el Amigo del Pueblo -contestó irritado Marat.
– Pero nada le impide seguir vistiendo bien. Por ejemplo, el diputado Robespierre, a quien tanto admira, es un patriota y siempre va impecablemente vestido.
– El señor Robespierre tiene un toque frívolo -contestó Marat secamente-. No tengo tiempo para frivolidades; dedico las veinticuatro horas del día a pensar en la Revolución. Si desea prosperar, le aconsejo que siga mi ejemplo. Ahora -dijo-, voy a salir, atravesaré el cordón y las tropas de Lafayette. Saldré sonriendo, cosa que reconozco que no hago a menudo, balanceando con aire desenvuelto este bastón que me ha proporcionado el señor Danton. Es como un cuento, ¿no le parece? Luego partiré para Inglaterra, hasta que se hayan calmado las aguas. Lo cual me consta que será un alivio para todos ustedes.
Gabrielle: cuando oí que llamaban a la puerta, no sabía qué hacer. Pero era Louise, la niña que vive arriba.
– He salido, señora Danton.
– No debiste hacerlo, Louise.
– No tengo miedo. Además, ya ha pasado todo. Las tropas se han dispersado. Lafayette no se ha atrevido a atacar el edificio. Le contaré un secreto que el señor Desmoulins me dijo que le contara. Marat ya no está aquí. Salió hace una hora, disfrazado de ser humano.
Al cabo de unos minutos, Georges llegó a casa. Esa noche celebramos una fiesta.
Al día siguiente mi marido se dirigió al Ayuntamiento, donde estalló otra disputa, como de costumbre. Algunos trataron de detenerlo, diciendo que no tenía derecho a ser miembro de la Comuna porque no sentía el menor respeto hacia la ley ni el orden. Lo acusaron de comportarse en su distrito como un rey. Dijeron muchas cosas terribles sobre Georges, que recibía dinero de los ingleses para atizar el fuego de la Revolución y de la Corte para impedir que la Revolución empeorara. Un día, el diputado Robespierre vino a casa y estuvieron hablando sobre quién se dedicaba a calumniar a Georges. El diputado Robespierre dijo que no era el único al que calumniaban. Mostró a Georges una carta de su hermano Augustin, de Arras, y se la dio para que la leyera. Al parecer, la gente de Arras decía que Robespierre era un desalmado que pretendía matar al Rey, lo cual es mentira porque jamás he conocido a un hombre más bueno y gentil. Sentí lástima de él; incluso habían publicado en «la prensa monárquica amarilla», como la denomina Georges, un estúpido artículo afirmando que descendía de Damiens, el hombre que trató de asesinar al viejo Rey. Escribieron su apellido incorrectamente, para ofenderlo. Cuando fue nombrado presidente del Club Jacobino, Lafayette se marchó para manifestar su protesta.