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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Kate estaba junto a Anthony cada vez más inquieta. Él le hacía sonidos tranquilizadores mientras le alisaba el pelo con la mano. La tormenta no la había despertado, pero estaba claro que se había inmiscuido en su sueño. Había empezado a balbucear mientras dormía, se agitaba y daba vueltas, hasta que se quedó hecha un ovillo en el lado opuesto, de cara a él.

– ¿Qué sucedió para que acabaras odiando tanto la lluvia? -le susurró mientras retiraba un oscuro mechón de pelo detrás de su oreja. Pero no quería reprocharle sus terrores; él conocía bien la frustración que acarreaban los temores y premoniciones infundados. La certeza de su muerte inevitable, por ejemplo, le obsesionaba desde el momento en que cogió la mano inerte de su padre y la dejó con delicadeza sobre su pecho inmóvil.

No era algo que supiera explicar, ni siquiera podía comprenderlo. Era algo que sabía, así de sencillo.

De todos modos, nunca había tenido miedo a la muerte, en realidad no. Era algo que formaba parte de él desde hacía tanto tiempo que lo aceptaba, igual que otros hombres aceptaban el resto de verdades que formaban el ciclo vital. Tras el invierno venía la primavera y tras ella el verano. Para él, la muerte venía a ser lo mismo.

Hasta ahora. Había intentado negarlo, había intentado bloquer aquella inquietante noción de su mente, pero la muerte empezaba a mostrar una cara espantosa.

Su matrimonio con Kate había llevado su vida por otro derrotero, por mucho que intentara convencerse de que podía restringir el matrimonio a nada más que amistad y sexo.

Sentía un enorme afecto por ella. Se preocupaba demasiado por ella. Anhelaba su compañía cuando estaban separados, y soñaba con ella por la noche, pese a tenerla entre sus brazos.

No estaba preparado para llamarlo amor, pero de todos modos era algo que le aterrorizaba.

Fuera lo que fuera aquello que ardía entre ambos, no quería que acabara.

Lo cual era, por supuesto, la más cruel de las ironías.

Anthony cerró los ojos mientras soltaba un suspiro cansino y nervioso, preguntándose qué demonios iba a hacer para solventar la complicación que tenía allí mismo tumbada en la cama. Pero mientras pensaba, pese a tener los ojos cerrados, vio el destello del relámpago que iluminó la noche y convirtió el negro del interior de sus párpados en un sangriento rojo anaranjado.

Tras abrir los ojos, vio que las cortinas se habían quedado un poco descorridas cuando se habían retirado a la cama más temprano aquella noche. Tendría que cerrarlas, al menos así los relámpagos no iluminarían la habitación.

Pero cuando cambio de postura para intentar salir de debajo de las colchas, Kate le cogió por el brazo, apretando su músculo con dedos frenéticos.

– Shh, vamos, no pasa nada -le susurró-. Sólo voy a cerrar las cortinas.

Pero no le soltó, y el gemido que dejó escapar Kate cuando a continuación un trueno sacudió la noche casi le rompe el corazón.

Una franja de luz de la luna se filtraba a través de la ventana, lo suficiente para iluminar las líneas tensas y marcadas de su rostro. Anthony la miró con detenimiento para comprobar si seguía dormida, luego le retiró las manos de su brazo y se levantó para cerrar las cortinas. Sospechaba que el destello de los relámpagos se colaría de todos modos en la habitación, así que cuando corrió las cortinas encendió una sola lámpara y la dejó sobre la mesilla. No daba tanta luz como para despertarla -al menos confiaba en eso- pero al mismo tiempo la habitación no estaba en la más completa negrura.

Volvió a meterse en la cama y contempló a Kate. Seguía durmiendo, pero sin sosiego. Se había enrollado hasta formar una posición semifetal y su respiración era fatigosa. Los relámpagos no parecían molestarla demasiado, pero cada vez que la habitación era sacudida por un trueno, daba un respingo.

Le cogió la mano y le alisó el pelo, y durante varios minutos se limitó a permanecer a su lado, intentando tranquilizarla mientras dormía. Pero la intensidad de la tormenta iba en aumento, los truenos y relámpagos se sucedían uno tras otro sin tregua. La inquietud de Kate crecía por segundos, y luego, cuando un trueno especialmente sonoro explotó en el aire, abrió los ojos de par en par, con el rostro convertido en una máscara de pánico total.

– ¿ Kate? – susurró Anthony.

Se sentó y luego retrocedió con dificultad hasta que tuvo la columna pegada contra el sólido cabezal de la cama. Parecía una estatua de terror, su cuerpo rígido y paralizado en el sitio. Aún tenía los ojos abiertos, sin pestañear apenas, y aunque no movía la cabeza, los agitaba con frenesí de un lado a otro, examinando toda la habitación pero sin ver nada.

– Oh, Kate -susurró. Esto era peor, mucho peor de lo que había padecido aquella noche en la biblioteca de Aubrey Hall. Anthony percibía la fuerza del dolor que ella padecía atravesándole directamente el corazón.

Nadie debería sufrir un terror así. Y menos aún su esposa.

Moviéndose despacio para no sorprenderla, se dirigió hasta su lado, luego le puso con cuidado un brazo sobre los hombros. Ella temblaba, pero no le apartó.

– ¿Recordarás algo de esto mañana por la mañana? – preguntó en un susurro.

Kate no contestó, pero por otro lado tampoco esperaba ninguna respuesta.

– Vamos, vamos -dijo con ternura mientras intentaba recordar las tonterías tranquilizadoras que su madre solía usar cada vez que uno de los niños estaba alterado.

– Todo está bien ahora. Te pondrás bien.

Dio la impresión de que sus temblores se calmaban un poco, pero cuando sacudió la habitación el siguiente estruendo de un trueno quedó claro que seguía trastornada: todo su cuerpo se estremeció y enterró el rostro contra el pecho de Anthony.

– No -gimió-, no, no.

– ¿Kate? -él pestañeó varias veces y luego la miró con fijeza. Sonaba diferente, no despierta sino más lúcida, si eso era posible.

– No, no.

Y sonaba muy…

– No, no, no te vayas.

…joven.

– ¿Kate? -La abrazó con fuerza, sin estar seguro de qué hacer. ¿Debía despertarla? Podría abrir los ojos, pero era evidente que estaba dormida y soñando. Una parte de él ansiaba sacarla de la pesadilla, pero aunque la despertara, permanecería en el mismo lugar: en la cama en medio de una horrible tormenta eléctrica. ¿Se sentiría algo mejor?

¿O debía dejarla dormir? Tal vez, si superaba toda la pesadilla, él pudiera hacerse una idea de lo que le causaba aquel terror.

– ¿Kate? -susurró como si ella de hecho pudiera darle alguna pista sobre lo que debía hacer.

– No -gimió ella, más agitada por segundos-. Noooo.

Anthony apretó los labios contra su sien, intentó serenarla con su mera presencia.

– No, por favor… -Se puso a sollozar, su cuerpo padecía el tormento de enormes resuellos mientras sus lágrimas empapaban el hombro de él-. No, oh, no… ¡Mamá!

Anthony entró en tensión. Sabía que Kate siempre se refería a su madrastra como Mary. ¿Podría estar hablando pues de su verdadera madre, la mujer que la había traído al mundo y luego había muerto hacía ya tanto tiempo?

Pero mientras consideraba aquello, todo el cuerpo de Kate se puso rígido, y soltó un estridente y agudo chillido.

El chillido de una niña pequeña.

En un instante, se dio media vuelta y saltó a sus brazos, le abrazó agarrando sus hombros con una desesperación aterradora.

– No, mamá -gimoteó, todo su cuerpo sacudido por el esfuerzo de los sollozos-. ¡No, no puedes irte! Oh, mamá, mamá, mamá, mamá, mama…

Si Anthony no hubiera tenido la espalda apoyada en el cabezal, ella le habría derribado con la fuerza de su fervor.

– ¿Kate? – repitió, y se quedó sorprendido al oír la leve nota de pánico que oyó en su propia voz -. ¿Kate? No pasa nada. Estás bien. Te encuentras bien. Nadie se va a ir a ningún sitio. ¿Me oyes? Nadie.

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