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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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– ¡Ah, mi pobre hija! ¡Mi pobre Lucrecia!

– Sed fuertes -les dije a ambos-. Lucrecia me ha pedido que me quede con ella. Pero vendré y os daré noticias tan pronto como pueda.

Los dejé para que se consolasen mutuamente, y volví junto a Lucrecia.

Los sufrimientos de Lucrecia continuaron durante otras dos horas, después de lo cual parió un feto sanguinolento; vi a la pobre y apenas formada criatura, mientras la comadrona la sujetaba con una toalla y la observaba. Era demasiado pronto para saber si se había perdido un niño o una niña.

Por fortuna, los gemidos de Lucrecia cesaron en el acto. Pero lloró al saber que ya no llevaba a la criatura. La hemorragia que siguió fue escasa, una buena señal, y finalmente se durmió en un sueño que la comadrona consideró beneficioso.

Me tocó a mí informar al padre y al marido de la buena y la mala noticia: que Lucrecia había tenido un aborto, que no había sufrido un daño permanente y que sin duda se recuperaría a corto plazo.

Mantuve mi promesa a Lucrecia. Volví a su habitación, donde dormité en un gran cojín de terciopelo mientras ella dormía toda la noche. No me marché hasta la mañana siguiente, hasta que me aseguré de que todo estaba bien.

.

Primavera de 1499-Invierno de 1499

***

Capítulo 26

La predicción de la comadrona fue correcta: Lucrecia se recuperó del todo, y en su momento comenzó a irritarse ante el exceso de atenciones y mimos que su padre, Alfonso y yo le dedicábamos. Aunque había habido algunos celos entre doña Esmeralda y la nueva dama de compañía de Lucrecia, doña María, ahora ambas se habían unido en el objetivo de asegurar que la duquesa de Bisciglie estuviese siempre caliente, mimada y sobrealimentada.

En cuestión de unos pocos meses, nuestras atenciones recibieron su justo pago. Un atardecer de abril, después de cenar, mientras caminábamos desde el Vaticano de regreso al palacio, Lucrecia se alejó conmigo hasta donde nuestras comitivas no podían escucharnos y me susurró:

– Estoy embarazada de nuevo. Esta vez no se lo diremos a nadie, hasta estar segura de que el bebé está a salvo.

– Nada de carreras -le susurré a mi vez. Ella tuvo el suficiente sentido del humor para sonreírme irónicamente.

– Nada de carreras -asintió.

Nos sonreímos y enlazamos los brazos, animadas por nuestro secreto compartido. Roma me pareció aquella noche un paraíso seguro, con las luces de las barcas brillando debajo de nosotras en el Tíber, y el dorado resplandor que salía a través de las gráciles ventanas de arco del palacio mientras nos acercábamos.

Mientras tanto, los acontecimientos en Francia no se desarrollaban de acuerdo con los planes de César Borgia. El escrito permitiendo el divorcio debía ser entregado por César, y presentado al rey solo a cambio de la mano de Carlota de Aragón.

Así armado, César había partido para Francia. Aparté de mi mente esa cuestión, segura de que la posición política de Alfonso y mía en la casa de los Borgia estaba ahora asegurada.

A su llegada a Francia, César fue enviado por Carlota y su padre, el rey Federico, a visitar a Luis para solicitarle el permiso para casarse con ella; el rey, sin embargo, si bien recibió con toda cortesía a César, rehusó hablar de ello. En el ínterin, Luis insistió en tener el escrito de divorcio; lo hizo con tanta insistencia que César comenzó a temer por su seguridad. Lo retrasó tanto como pudo, pero al final tuvo que ceder a las exigencias de Luis, y entregó el escrito.

En el instante en que Luis tuvo lo que deseaba, César perdió toda ventaja, y el rey francés no quiso oír hablar nada más de Carlota.

Frustrado, César se volvió de nuevo hacia el padre de Carlota, Federico de Nápoles; quien, después de apelar a toda clase de evasivas durante mucho tiempo, acabó por rechazar sin más la oferta de César. Siempre tan franco en sus palabras, el tío Federico comentó con claro disgusto que no aceptaría que su hija se casase con un hombre con una reputación de «aventurero». En otras palabras, estaba reservando a su hija para un pretendiente legítimo, no un bastardo del Papa que con tanta ligereza se había librado de los votos sacerdotales, y desde luego no con un hombre de quien se rumoreaba que era un asesino.

Luis no hizo caso de los ruegos de César. Para ese entonces -habían pasado meses-, César amenazó con regresar a Italia, y el Papa hizo algunas alusiones de buscarle una esposa italiana; pero el duque de Valencia no recibió permiso para abandonar Francia, ni siquiera la corte del rey.

A cambio, se le ofreció la mano de una princesa francesa, y después de otra. Con el tiempo, se le ofrecieron toda una procesión de bellezas francesas, y sin duda acabó por comprender la verdad. Si bien se le trataba con toda corrección, era un prisionero del rey hasta que cediese al plan de Luis: una esposa francesa para el hijo del papa Alejandro.

A finales de primavera, don García, mensajero personal de César, llegó a Roma desde Francia. Las noticias eran tan importantes que Su Santidad lo invitó a unirse a nosotros en la cena familiar. García se levantó para dar su información:

César se había comprometido, y el rey de Francia había dado su aprobación. La novia era Carlota de Albret, hija del rey de Navarra y prima de Luis.

A mi lado, Alfonso escuchaba con atención; su rostro no daba ninguna muestra de su preocupación interior. A mi otro lado, Jofre soltó una exclamación de alegría en nombre de su hermano. No se le ocurrió pensar que su esposa y su cuñado estaban ahora en un grave peligro político.

Con Juan muerto, Lucrecia era la hija favorita de Alejandro, pero un hijo siempre tenía prioridad sobre una hija, así que la primera lealtad del Papa -y su temor- era para César. Y César había escogido aliarse con Francia; por rencor y por deseo de vengarse de mí, y quizá de toda la casa de Aragón, después de recibir una bofetada pública con la negativa de Carlota.

En cuanto a Su Santidad, demostró un placer excesivo.

– Por fin, todos mis hijos estarán casados -manifestó-, y quizá muy pronto seré abuelo.

Lucrecia me dirigió una sonrisa cómplice. Apenas pude devolvérsela, porque estaba acongojada.

Después de cenar, conseguí estar unos momentos a solas con Alfonso en sus habitaciones, antes de que fuese a pasar la noche con Lucrecia. Tales eran mi inquietud y sospechas que le pedí a Alfonso que despidiese a todos sus sirvientes, incluidos los hombres de mayor confianza que le habían servido durante años en Nápoles. Insistí en que nos retirásemos a su dormitorio antes de cerrar la puerta de la antecámara, porque me preocupaba que alguien pudiese apoyar una oreja en la puerta y escuchar cualquier conversación mantenida en la antecámara.

Yo hablé primero, antes de darle una oportunidad a Alfonso.

– Si César continúa adelante con esto, una invasión francesa es inevitable, y nosotros estamos condenados. Tú sabes con cuánta facilidad Lucrecia se libró de su primer marido. -Yo estaba sentada en una otomana; me estremecí y me arrebujé en mi capa de piel.

Alfonso estaba en el balcón, de espaldas a mí. Había abierto las persianas, para dejar entrar el cálido aire de primavera mientras miraba la noche, que enmarcaba su cabeza dorada y sus cuadrados y musculosos hombros, cubiertos con el brocado de un pálido verde. Parecía fuerte y decidido, invencible, pero mientras lo observaba, vi la preocupación que emanaba de él, una tensión que no estaba allí antes de la cena.

Alfonso cerró con movimientos pausados las persianas, y se apartó del balcón; unos movimientos que insinuaron una poco habitual ira que crecía en su interior. Su rostro delataba la tensión; sabía que mi comentario la había provocado, pero también sabía que yo no era la única fuente de su ira.

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