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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Me temo que sí. De hecho, me sobran las ofertas.

– Muy bien -respondió Théroigne, cogiendo la guerrera de la silla. Al pasar frente a Brissot, le dio un beso en la mejilla.

Al salir de la habitación, dejó tras de sí un potente aroma a sudor femenino y agua de lavanda.

– Calonne también utilizaba agua de lavanda, ¿te acuerdas, Camille? -preguntó Brissot.

– No solía moverme en esos círculos.

– Yo creía que lo conocías.

Brissot lo sabía todo. Creía en la hermandad de los hombres. Opinaba que todos los hombres inteligentes de Europa deberían reunirse para hablar sobre el método de gobierno y el desarrollo de las artes y las ciencias. Conocía a Jeremy Bentham y a Joseph Priestley. Dirigía una sociedad contra la esclavitud y escribía artículos sobre jurisprudencia, el sistema parlamentario inglés y las epístolas de san Pablo. Había llegado a la pequeña vivienda que ocupaba en la actualidad, situada en la rue de Grètry, tras unos breves periodos en Suiza, Estados Unidos, una celda en la Bastilla y un piso en Brompton Road. Tom Paine era amigo suyo (según decía él) y George Washington solía pedirle consejo. Brissot era un optimista. Creía que siempre prevalecería el sentido común y el amor a la libertad. Su actitud hacia Camille era afectuosa, amable y ligeramente paternalista. Le gustaba hablar sobre su pasado, y confiaba en que el destino le deparara un futuro mejor.

La visita de Théroigne -sobre todo el beso- le había dejado muy intrigado.

– He tenido una vida muy dura -dijo-. Al poco de morir mi padre, mi madre se volvió loca.

Camille apoyó la cabeza en la mesa y rompió a reír a carcajadas.

Fréron acudía a la oficina los viernes. Camille salía a almorzar y tardaba varias horas en regresar. Luego se reunían para hablar sobre las citaciones judiciales y decidir si era oportuno disculparse con la víctima. Dado que Camille no solía estar del todo sereno a esas horas, nunca se disculpaban. Los que se ocupaban del Révolutions trabajaban con ahínco, sin importarles que los insultaran y escupieran por la calle. Cada semana, después de imprimir el periódico, Camille juraba que ésta sería la última edición. Pero al siguiente sábado el periódico salía de nuevo a la calle porque no soportaba que alguien pensara que «ellos» podían intimidarlo con sus amenazas e insultos, con su dinero y sus amigos en la Corte. Cuando llegaba el momento de escribir, cogía la pluma sin pensar en las consecuencias; sólo le importaba el estilo. En ocasiones se decía: «No sé por qué le doy tanta importancia al sexo; no existe nada en el mundo más gratificante que un punto y coma bien colocado.» Una vez que comenzaba a escribir, era inútil tratar de frenarlo, recordándole que podía destruir una reputación o la vida de una persona. Por sus venas fluía un dulce veneno, más suave y potente que el coñac. Al igual que algunas personas necesitan opio, Camille necesitaba ejercer su talento para ridiculizar a las personas, vituperarlas y ofenderlas. Puede que el láudano aplaque los sentidos, pero un buen editorial hace que se le forme a uno un nudo en la garganta y que el corazón le lata más deprisa. Escribir es como bajar corriendo una cuesta: aunque quieras no puedes detenerte.

Citaremos algunas intrigas para cerrar el annus mirabilis… Lafayette comunica a Philippe que está buscando pruebas de su participación en las revueltas de octubre, y que si las encuentra… procederá en consecuencia. El general quiere echar al duque del país; Mirabeau, que necesita al duque para llevar a cabo sus planes, desea que permanezca en París.

– Dígame quién le está presionando -le ruega Mirabeau, aunque lo sabe de sobra.

El duque está desconcertado. A estas horas ya debería ser Rey, pero no lo es.

– Uno lo organiza todo -se lamenta a De Sillery-, y vienen otros y te fastidian los planes.

– A veces uno pierde el rumbo -dice Charles-Alexis amablemente.

– Por favor -contesta el duque-, esta mañana no estoy de humor para tus metáforas náuticas.

El duque está asustado, asustado de Mirabeau, asustado de Lafayette, y bastante más asustado de éste último. Incluso le asusta el diputado Robespierre, que no hace más que oponerse a todo lo que dicen los demás en la Asamblea, sin alzar la voz, sin perder la compostura, observando a sus compañeros con una mirada implacable tras las gafas.

Tras los acontecimientos de octubre, Mirabeau traza un plan para que la familia real huya. La Reina lo aborrece, pero él trata de manipular la situación para hacerse imprescindible en la Corte. Mirabeau odia a Lafayette, pero piensa que puede serle útil. El general sostiene la bolsa de los fondos del servicio secreto, y eso no es grano de anís cuando uno tiene que invitar a gente a almorzar y cenar, pagar los sueldos de sus secretarios y ayudar a jóvenes con escasos recursos que ponen a tu disposición su talento e ingenio.

– Puede que me paguen -dice el conde-, pero no me han comprado. Si alguien depositara su confianza en mí, no tendría que recurrir a estas artimañas.

– Sí, señor -responde Teutch-. Yo que usted, señor, no insistiría en ese epigrama.

Entretanto, el general Lafayette estaba preocupado.

Mirabeau, pensó fríamente, es un charlatán. Si decidiera poner al descubierto sus planes, conseguiría hundirlo. Hay que desterrar la idea de que ocupe un ministerio. Es un hombre corrupto. No me explico cómo sobrevive su popularidad e incluso aumenta de día en día. Le ofreceré un cargo, alguna embajada, para sacarlo de Francia… Lafayette se pasó la mano por sus escasos cabellos rubios. Por fortuna, Mirabeau había dicho una vez en público que no emplearía a Philippe ni como mayordomo. Porque si esos dos se aliaban… No, era imposible. Orléans debía abandonar Francia, Mirabeau debía ser comprado y el Rey debía ser vigilado día y noche por seis guardias nacionales, al igual que la Reina. Esta noche ceno con Mirabeau y le ofreceré… Lafayette dejó su pensamiento en suspenso. No importaba dónde empezaban y terminaban sus frases, porque hablaba consigo mismo. ¿En quién podía confiar? Alzó la cabeza y vio reflejada en el espejo su calva, que los cordeliers encontraban cómica; luego suspiró y salió de la habitación vacía.

El conde de Mirabeau al conde de Marck

Ayer por la noche vi a Lafayette. Mencionó el lugar y la cantidad. Yo rechacé la oferta; preferiría una promesa por escrito de una embajada importante. Mañana recibiré un anticipo. Lafayette está muy preocupado por el duque de Orléans… Si mil luises te parece una suma indiscreta, no los pidas, pero es la cantidad que necesito…

Orléans partió para Londres, malhumorado, en compañía de Laclos. «Una misión diplomática», decía el anuncio oficial. Camille estaba con Mirabeau cuando recibieron la mala noticia. El conde se puso a dar vueltas de un lado al otro de la habitación, blasfemando.

A principios de noviembre, la Asamblea aprobó una moción excluyendo a los diputados de los cargos de ministros.

– ¡Se han unido contra mí! -rugió Mirabeau-. Esto es obra de Lafayette.

– Cuando se enfurece de ese modo -contestó el esclavo Clavière-, tememos por su salud.

– Está bien, ríanse, búrlense de mí, abandónenme -dijo el conde-. Son una pandilla de oportunistas. Unos traidores. El muy marrano.

– Esa medida iba destinada a usted, sin duda.

– Aplastaré como a una pulga a ese cabrón. ¿Quién se ha creído que es? ¿Cromwell?

Tres de diciembre de 1789: maître G.-J. Danton pagó a maître Huet de Paisy y a la señorita Françoise Duhauttoir la suma de 12.000 libras, más 1.500 de intereses.

Decidió contárselo a su suegro, para quitarse un peso de encima.

– ¡Con dieciséis meses de antelación! -exclamó Charpentier, tratando de calcular los beneficios y los gastos. Luego sonrió y dijo-: Bueno, así te sentirás más a gusto.

En privado, pensó, es imposible. ¿Qué demonios se propone Georges-Jacques?

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