El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
– Lo único que sé -continuó Anthony encogiéndose de hombros – es que la última vez que mi madre invitó a tantas candidatas femeninas que tuvo que ir a visitar al párroco y rogarle que enviara también a su hijo de dieciséis años para la cena.
Kate dio un respingo.
– Creo que le conocí.
– Es… es un tímido tremendo, pobre tipo. El párroco me dijo que tuvo urticaria toda una semana después de acabar sentado al lado de Cressida Cowper durante toda la cena.
– Bien, eso le pasaría a cualquiera.
Anthony sonrio.
– Sabía que había algo de mezquina en ti.
– ¡No estoy siendo mezquina! -protestó Kate. Pero su sonrisa era astuta-. No es más que la verdad.
– Por mí no te defiendas. -Se acabó el té. Estaba amargo y fuerte después de haber estado en la tetera tanto tiempo, pero la leche conseguía que casi supiera agradable. Dejó la taza y añadió-: Tu veta mezquina es una de las cosas que más me gusta de ti.
– Cielos -rezongó-. Creo que no me gustará saber qué es lo que menos te gusta.
Anthony hizo un gesto en el aire con la mano para restar importancia a aquello.
– Pero, volviendo a tu hermana y a su señor Bugwell…
– Bagwell.
– Con lo que me gustaba…
– ¡Anthony!
No le hizo caso.
– De hecho he estado pensando en que debería proporcionar una dote a Edwina.
La ironía de los hechos no le pasó desapercibida. Cuando él tenía intención de casarse con Edwina, había planeado proporcionar una dote a Kate.
Estudió a Kate para ver su reacción.
Por supuesto, no es que hiciera aquel esfuerzo sólo para ganarse su aceptación, pero no era tan noble como para no admitir que había esperado un poco más que el silencio lleno de asombro del que Kate daba muestras en aquel instante.
Luego cayó en la cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar.
– ¿Kate? -preguntó. No estaba seguro de si sentirse encantado o preocupado.
Kate se secó la nariz con poca elegancia con el dorso de la mano.
– Es la cosa más bonita que alguien haya hecho por mí -gimoteó.
– En realidad, lo hago por Edwina -masculló. Nunca se había sentido cómodo con los lloros femeninos. Pero, por dentro, aquello le estaba hinchando de orgullo.
– ¡Oh, Anthony! -fue casi un gemido. Y luego, para su sorpresa extrema, Kate se levantó de un brinco, saltó hasta el otro lado de mesa y se echó en sus brazos, mientras el pesado dobladillo de su vestido de tarde se llevaba al suelo tres tazas, dos platillos y una cucharilla.
– Qué tierno eres -se secó los ojos mientras se asentaba con firmeza sobre su regazo-. El hombre más bueno de todo Londres.
– Bueno, eso no lo sé -replicó él mientras deslizaba un brazo alrededor de su cintura-. El más peligroso, quizás, o el más guapo…
– El más bueno – interrumpió ella con determinación mientras apoyaba su cabeza en el ángulo de su cuello-. Sin duda, el más bueno.
– Si insistes -murmuró. No podía quejarse del inesperado giro que daban los acontecimientos.
– Qué bien que hubiéramos acabado el té -dijo Kate mirando las tazas que habían caído al suelo-. Podía haber sido un destrozo horrible.
– Oh, pues sí. -Sonrió para sus adentros mientras la estrechaba un poco más. Había algo cálido y cómodo en tener a Kate en los brazos. Sus piernas colgaban sobre el brazo del sillón y tenía la espalda apoyada en la curva del brazo de Anthony. Se adaptaban muy bien el uno al otro, comprendió. Tenía el tamaño perfecto para un hombre de sus proporciones.
Había muchas cosas de ella que eran igual de perfectas. Darse cuenta de ese tipo de cosas normalmente le aterrorizaba, pero en aquel momento se sentía tan feliz, rematadamente feliz, sentado allí y con ella en el regazo, que se negaba a pensar en el futuro.
– Te portas tan bien conmigo -murmuró ella.
Anthony pensó en todas las veces que había evitado a posta regresar a casa, todas las veces que había dejado que ella se las arreglara solita, pero rechazó cualquier sentimiento de culpabilidad. No quería que se enamorara de él. Las cosas serían mucho más difíciles para ella cuando muriera.
Y si él se enamoraba de ella…
Ni siquiera quería pensar en cuánto más difícil iba a resultarle a él.
– ¿Tenemos algún plan para esta noche? -le susurró al oído.
Kate hizo un gesto afirmativo, y el movimiento le hizo cosquillas con el pelo en la mejilla.
– Un baile -contestó-. En casa de lady Mottram.
Anthony no podía resistir la sedosidad de su cabello. Ensartó dos dedos en el pelo, dejando que se deslizara por su mano para luego enroscarse en su muñeca.
– ¿Sabes qué pienso? -murmuró.
Notó su sonrisa cuando ella preguntó:
– ¿Qué?
– Pienso que nunca me ha interesado demasiado lady Mottram. ¿Y sabes qué más pienso?
Entonces oyó que intentaba que no se le escapara una risita.
– ¿Qué?
– Creo que deberíamos ir arriba.
– ¿Eso crees? – Fingía ignorancia.
– Oh, pues sí. De hecho, en este mismo instante.
La muy pícara contoneó el trasero para determinar por sí misma la urgencia verdadera de él por ir arriba.
– Ya veo -murmuró con seriedad.
Él le pellizcó la cadera con suavidad.
– Por lo que me ha parecido, deberías decir «ya lo noto».
– Bien, eso también -admitió-. Es bastante esclarecedor.
– Estoy seguro de que sí -musitó. Luego, con una sonrisa muy maliciosa, le empujó con suavidad la barbilla hasta que sus narices se quedaron pegadas-. ¿Y sabes qué más pienso? -preguntó con voz ronca.
Kate abrió los ojos.
– No puedo imaginarlo.
– Pienso -continuó mientras metía una mano debajo del vestido y la subía poco a poco por la pierna- que si no vamos arriba en este mismo instante, estaría contento quedándome aquí.
– ¿Aquí? -chillé ella.
Encontró el extremo de las medias con la mano.
– Aquí -repitió.
– ¿Ahora?
Le hizo cosquillas sobre el suave y tupido vello, luego profundizó en el mismísimo centro de su condición femenina: estaba tan sedoso y húmedo que se sintió en el cielo.
– Oh, sin duda, ahora -confirmó.
– ¿Aquí?
Le mordisqueó los labios.
– ¿No he contestado ya a esa pregunta?
Y si tenía más preguntas, ella no las formuló durante la hora siguiente.
O, sencillamente, él estaba esforzándose al máximo para dejarla sin habla.
Y si había que juzgar por los grititos y maullidos que se escapaban de su boca, estaba haciendo un trabajo de veras estupendo.
Capítulo 19
El baile anual de lady Mottram estuvo a reventar, como siempre, pero a los observadores seguro que no se les pasó por alto que lord y lady Bridgerton no hicieron aparición. Lady Mottram insistió en que habían prometido asistir, y Esta Autora sólo puede especular sobre el motivo que retuvo a los recién casados en casa…
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
13 de junio de 1814
Aquella noche, mucho más tarde, Anthony estaba echado de lado en 1a cama, sosteniendo contra su pecho a su mujer, quien se había acurrucado de espaldas contra él y en aquel instante dormía profundamente.
Lo cual era una suerte, porque había empezado a llover.
Intentó empujar con suavidad las colchas sobre su oreja destapada para que no oyera las gotas que daban contra las ventanas, pero era tan inquieta cuando dormía como cuando estaba despierta, por lo tanto no pudo estirar la colcha muy por encima del nivel de su cuello sin que ella se la sacudiera.
Aún no podía saberse si acabaría siendo una tormenta eléctrica, pero lo cierto era que la fuerza de la lluvia había aumentado y el viento soplaba cada vez con más intensidad, ahora aullaba en medio de la noche y producía un golpeteo de ramas contra un lado de la casa.