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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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– La duquesa de Bisciglie está embarazada -dije-. Debemos llevarla de regreso al palacio de inmediato, y llamar a un médico y a la comadrona.

Doña Esmeralda soltó una exclamación ante esa noticia, luego corrió a buscar a los jóvenes cocheros de nuestro carruaje, que habían ido a cazar. Al cabo de media hora, estábamos de nuevo en el carruaje. Esmeralda y yo acostamos a Lucrecia sobre nuestras faldas y yo mantuve la mano apoyada en su frente, preocupada por la posibilidad de que tuviera fiebre, al tiempo que me maldecía a mí misma por haber permitido que se corriese la primera carrera.

Cuando llegamos de nuevo al palacio, Lucrecia ya había vuelto en sí; aunque estaba un tanto confusa y tuvimos que recordarle que se había caído.

– ¡Aquella maldita zapatilla! -se lamentó mientras trataba de apartar al cochero que intentaba llevarla al interior del palacio, aunque al final acabó por ceder. Después de que él, en respeto al decoro, la dejara a la puerta de su dormitorio, las mujeres la rodeamos y la ayudamos para llevarla a la cama.

Cada paso le producía dolor.

– Es solo la espalda -dijo con indiferencia-, y un poco de dolor de cabeza. Estaré bien por la mañana.

La comadrona la esperaba, y Lucrecia se sometió obediente a un examen. Cuando la mujer mayor salió del dormitorio, doña Esmeralda y yo nos levantamos de un salto de nuestros asientos para escuchar su dictamen.

– La duquesa ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza y en la espalda -informó la comadrona-. No tiene fiebre ni sangra ni hay ninguna otra señal que indique la pérdida del niño; pero aún es demasiado pronto para saberlo.

Doña Esmeralda y yo consultamos con la mayor de las damas de compañía de Lucrecia, y yo decidí que no llamaríamos al médico. Su llegada podría ser advertida por otros, y su aparición siempre indicaba una enfermedad grave, mientras que la comadrona era consultada a menudo por problemas femeninos de menor importancia. No tenía sentido alarmar al Papa y a Alfonso. Retendríamos a la comadrona, y vigilaríamos a Lucrecia durante las horas siguientes para ver cómo evolucionaba.

Para aquel momento, ya era de tarde. Por fortuna, aquella noche no habría cena familiar, dado que se esperaba que las mujeres regresáramos tarde de nuestra excursión.

A petición de Lucrecia, entré en el dormitorio y me senté a su lado. Tenía náuseas y se negaba a comer o a beber; le dolía mucho la cabeza y apenas podía mantener abiertos los ojos. Sin embargo, insistió en mostrarse alegre y conversar conmigo, con la frente cubierta con paños fríos.

– Todos estos problemas por una estúpida zapatilla -me dijo-. La izquierda estaba demasiado floja. Por un momento pensé en quitármela y correr descalza. Tendría que haberlo hecho. Nos hubiésemos evitado todo este lío.

– Doña Esmeralda nunca te lo hubiese permitido con este tiempo fresco -repliqué en tono ligero, con el mismo buen humor, aunque me torturaban la culpa y la preocupación-. Habría temido que pillases la gripe; así que tendrías que haber calzado la maldita zapatilla de todas maneras.

– Alfonso estará tan preocupado… -susurró-. ¿Se lo has dicho?

– Todavía no.

– Bien. -Cerró los ojos-. Entonces la sorpresa tendrá que esperar hasta que me sienta mejor. -Exhaló un suspiro-. No tardará en enterarse de mi caída. Vendrá por aquí en algún momento después del anochecer.

– Es un joven fuerte -dije-. Se recuperará del susto.

Ella esbozó una sonrisa, y luego guardó silencio. Al cabo de un rato, se sumergió en un sueño ligero. Me sentí más tranquila, al creer que se había aliviado su malestar y que muy pronto mejoraría. Pero la comadrona insistió en permanecer cerca.

Lucrecia se despertó unas pocas horas después del ocaso, con un terrible y aterrador gemido. Me incliné hacia delante y le sujeté la mano. Le castañeteaban los dientes; sufría tanto que ni siquiera podía hablar.

La comadrona levantó las mantas y la examinó; luego, con una expresión sombría que me destrozó el corazón, sacudió la cabeza.

– Sangra -me informó-. Debemos esperar lo peor. -Se volvió hacia doña Esmeralda y le ordenó que trajese toallas, una sábana y una palangana con agua, y luego me miró de nuevo, con una expresión grave fruto de años de tristes experiencias-. Será mejor, doña Sancha, que os marchéis.

– ¡No! -gritó Lucrecia, en medio de sus gemidos. Su piel se veía blanca, perlada de sudor-. ¡Sancha, no me dejes!

Le apreté con fuerza la mano.

– No te dejaré -afirmé, llena de una fuerza que no sentía-. Me quedaré contigo hasta que me digas que me marche.

Se relajó solo un instante porque, enseguida, otra punzada de dolor hizo que apretara mi mano con una fuerza tremenda.

Esmeralda regresó a la habitación, después de ordenar a las criadas que fuesen a buscar los objetos necesarios.

– Llama a Su Santidad y al duque de Bisciglie a la antecámara -le dije a Esmeralda-, Es hora de que se les avise.

– ¡Sancha! -jadeó Lucrecia-. Estarán tan preocupados… ¿Serás tú quien se lo digas?

– Yo se lo diré -le aseguré, y recogí el paño que descansaba en su frente. El lado que había estado apoyado en la piel estaba ahora caliente, así que lo volví hacia el lado más fresco, y con mucha suavidad le refresqué la frente-. Seré muy cuidadosa y me aseguraré de que no se preocupen demasiado.

– Sí, sí. Se preocupan tanto… -susurró Lucrecia, y luego apretó las mandíbulas cuando la sacudió otro espasmo.

Dado que Alfonso residía en el palacio, él llegó primero; envié a doña Esmeralda a la antecámara para decirle que Lucrecia se había caído en el viñedo, y que muy pronto tendría más noticias, tan pronto llegase Su Santidad. Esmeralda era una hábil conversadora, e interpretó su parte a la perfección; escuché su tono pausado y seguro mientras hablaba con Alfonso. Entró de nuevo en la habitación con un gesto de confianza; sin duda mi hermano creía que su esposa solo se había torcido un tobillo.

Pero pronto los gritos de Lucrecia se hicieron tan fuertes que Alfonso, en la antecámara, sin duda podía oírlos. Debían de haberlo angustiado hasta la médula, así que me separé de Lucrecia para ir a explicarle la situación. El Papa llegó en el preciso momento en que abrazaba a mi hermano.

Ante la visión de nuestras agitadas expresiones, Alejandro reaccionó con su habitual exceso emocional; las lágrimas aparecieron de inmediato en sus ojos.

– ¡Dios bendito! ¡Suena como si estuviese a punto de morir! No imaginaba que esto fuese hasta tal punto grave… Sancha, ¿qué le ha sucedido a mi hija?

Me aparté de Alfonso.

– Lucrecia es joven y fuerte; sin duda sobrevivirá a esto. Al parecer estaba embarazada, pero el niño se ha perdido. Corría con sus damas en el viñedo…

– ¡Corría en el viñedo! ¿Quién lo permitió? -reclamó Alejandro, con una furia nacida de la pena-. ¿Sabía que estaba embarazada?

– Creo que lo sabía. Fue un simple accidente, santidad. El ejercicio no podía hacerle daño. Se le salió una zapatilla y tropezó, y otra muchacha cayó encima de ella.

– ¿Quién? -El tono de Alejandro sonó vengativo.

Alfonso mientras tanto no hacía caso de las protestas de su suegro; escuchó la información, luego se tapó el rostro con las manos y susurró:

– Embarazada…

En aquel mismo momento, Alejandro reclamó saber el nombre del culpable. Alfonso descubrió su rostro y preguntó:

– ¿Estás segura de que Lucrecia se pondrá bien? -Volvió su mirada preocupada hacia la habitación de su esposa donde sonaban los gemidos.

Apoyé una mano en el hombro de mi hermano.

– Ahora sufre, pero la comadrona dice que es joven, que sobrevivirá a esto, si Dios quiere. -A Alejandro, le mentí-: No recuerdo cuál de las muchachas cayó, santidad. Fue un acto divino, y no culpa de la muchacha que la zapatilla de Lucrecia estuviese suelta.

El Papa se cubrió el rostro y gimió con un sufrimiento casi mayor que el de su hija.

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