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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Al pensar en el lecho de los Danton, Lucile notó una sensación muy especial. Una sensación indescriptible. Cuando llegue el día, pensó, Camille no me hará daño, pero Danton sí. De pronto sintió que el corazón le daba un vuelco y se puso colorada como un tomate, porque no sabía cómo se le había ocurrido semejante idea, era totalmente espontánea, no la había buscado…

– ¿Te encuentras mal? -preguntó Fréron.

– Deberías avergonzarte -le espetó Lucile enfurecida.

Pero no consigue borrar esas imágenes de su mente: esa beligerante energía, esas manos grandes y poderosas, ese peso… Gracias a Dios que las mujeres tenemos una imaginación limitada, piensa Lucile.

El periódico atravesó por varios cambios de nombre. Comenzó titulándose Courier du Brabant. Al otro lado de la frontera también había estallado una revolución, y Camille creyó oportuno darlo a conocer. Luego se convirtió en Révolutions de France et du Brabant, y finalizó llamándose simplemente Révolutions de France. Por supuesto, Marat era el mismo, siempre cambiando el título de su periódico por oscuras razones. Se había titulado El publicista de París, y actualmente se llamaba El amigo del pueblo. Un título, según opinaban en el Révolutions, ridículamente ingenuo; sonaba como una medicina contra la sífilis.

Todo el mundo está empeñado en publicar un periódico, incluso las personas que no saben escribir y que, según dice Camille, ni siquiera son capaces de pensar. El Révolutions destaca entre todos ellos; es un bombazo; impone una rutina. No importa que la plantilla sea reducida, provisional y un tanto desorganizada; si se ve obligado a ello, Camille puede redactar él solo un número entero. ¿Qué son treinta y dos páginas en octavo para un hombre que tiene tantas cosas que decir?

El lunes y el martes llegaban temprano a la oficina, para ponerse a trabajar en la edición semanal, y el miércoles buena parte del periódico estaba lista para la imprenta. El miércoles recibían también las citaciones del juzgado por las querellas presentadas el sábado, aunque algunas víctimas obligaban a sus abogados a regresar del campo el domingo por la mañana para que las citaciones llegaran a la redacción el martes. Los desafíos a duelos se recibían esporádicamente a lo largo de la semana.

El jueves se imprimía el periódico. Tras realizar unas correcciones de última hora, un oficinista lo llevaba al impresor, el señor Laffrey, que tenía el taller en el Quai des Augustins. El jueves al mediodía solían presentarse en la redacción el señor Laffrey acompañado por el señor Garnery, el distribuidor, protestando airadamente por el contenido de algunas noticias. ¿Acaso pretende que me embarguen las prensas, que nos envíen a la cárcel? Siéntense y tómense una copa, decía Camille. Pocas veces accedía a cambiar algo; en realidad, casi nunca. Todos sabían que cuanto mayor era el riesgo, más ejemplares se vendían.

René Hébert aparecía de vez en cuando por la oficina. Era un hombre de tez rubicunda y expresión desagradable, aficionado a hacer comentarios burlones sobre la vida privada de Camille; todas sus frases encerraban un doble sentido. Camille explicó a sus empleados que Hébert solía trabajar de taquillero en un teatro, del que fue despedido por robar.

– ¿Quieres que la próxima vez que aparezca lo echemos de aquí? -preguntaron sus empleados, ansiosos de hacer algo que rompiera la monotonía.

– No, dejadlo en paz -contestó Camille-. Siempre ha tenido un carácter desagradable. Es su forma de ser.

– Quiero editar un periódico -declaró Hébert-. Totalmente distinto del suyo.

Brissot había ido aquel día a ver a Camille. Estaba sentado en la esquina de una mesa, balanceando una pierna.

– No creo que te resulte muy difícil -replicó-. Éste ha tenido un éxito sin precedentes.

Brissot y Hébert no se tenían simpatía.

– Tú y Camille escribís para las personas cultas -dijo Hébert-. Lo mismo que Marat. Yo voy a seguir otra línea.

– ¿Pretendes editar un periódico para analfabetos? -le preguntó Camille-. Te deseo suerte.

– Quiero editar un periódico para el hombre de la calle, con su misma forma de hablar.

– En tal caso, cada dos palabras tendrás que intercalar una blasfemia -dijo Brissot.

– Exactamente -respondió Hébert.

Brissot es el editor del Patriota francés (diario, cuatro páginas en cuarto, y muy aburrido). Por otra parte es el más concienzudo e imaginativo colaborador de los periódicos editados por otras personas. Acude casi todas las mañanas a la oficina, lleno de luminosas ideas. Se queja de que se ha pasado toda la vida doblegándose ante los editores y de que le roban las ideas y le plagian los manuscritos. No parece darse cuenta de que existe cierta relación entre su triste historial y lo que hace en estos momentos. Son las once y media de la mañana y está en la oficina de otro editor, jugueteando con el sombrero y hablando sin cesar.

– Mi familia era muy pobre, ¿comprendes, Camille? Muy pobre e ignorante. Querían que me hiciera monje, creían que era lo mejor para mí. Pero perdí la fe y… Por supuesto, ellos no lo comprendieron. ¿Cómo iban a comprenderlo? Era como si habláramos idiomas distintos, como si ellos fueran suecos y yo italiano. Existía un profundo abismo entre mi familia y yo. Entonces sugirieron que me hiciera abogado. Un buen día, mientras caminaba por la calle, un vecino me dijo: «Mira, ahí va el abogado Janvier.» Era un hombre de aspecto estúpido, barrigudo, que caminaba apresuradamente portando unos folios bajo el brazo. «Si trabajas con ahínco -continuó mi vecino-, algún día llegarás a ser como él.» En aquel momento me sentí totalmente desmoralizado y decidí que prefería que me metieran en la cárcel a ser como él. Naturalmente, el abogado Janvier no era tan estúpido como parecía; tenía dinero, era muy respetado, no oprimía a los pobres y había contraído segundas nupcias con una bonita y agradable joven… Pero, ya ves, la perspectiva de acabar como él no me tentaba en absoluto.

Uno de los empleados de Camille se asomó y dijo:

– Ha venido a verte una mujer, Camille.

En aquel momento apareció Théroigne. Llevaba un vestido blanco con un fajín tricolor, y sobre los hombros la guerrera de un guardia nacional, desabrochada. Su pelo castaño caía en una descuidada cascada de rizos; se notaba que la había peinado uno de esos peluqueros que dan a las mujeres un aire como si jamás hubieran pisado una peluquería.

– Hola -dijo-. ¿Cómo estás?

Su talante no concordaba con el escueto y democrático saludo; irradiaba vitalidad y una excitación casi sexual.

Brissot saltó de la mesa, le quitó la guerrera, la dobló cuidadosamente y la colocó sobre una silla. Ella lo miró irritada. Brissot había notado un objeto pesado en uno de los bolsillos de la guerrera.

– ¿Lleva usted una pistola? -preguntó sorprendido a la joven.

– Me la dieron cuando atacamos los Inválidos. ¿Recuerdas, Camille? Apenas te dejas ver últimamente.

Théroigne se acercó a él, le cogió la mano y examinó la palma. Todavía podía verse la cicatriz de una herida de bayoneta, apenas más gruesa que un cabello, que había recibido el 13 de julio. Théroigne la recorrió sensualmente con un dedo.

Brissot la miró boquiabierto y al cabo de unos segundos dijo:

– Si queréis que os deje solos…

– No, no -se apresuró a contestar Camille.

No quería que Lucile se enterara de que Théroigne iba a visitarle. Por lo que sabía, Anne llevaba una vida casta e intachable, aunque se empeñara en dar otra impresión. Los periódicos monárquicos escandalosos se cebarían en ella.

– ¿Quieres que escriba algo para ti, amor mío? -preguntó ella.

– Puedes intentarlo. Pero te advierto que soy muy exigente.

– ¿Serías capaz de rechazarme?

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