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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Lejos de los despreciativos comentarios de César y Juan, Jofre estaba más tranquilo y se mostraba más bondadoso. Alfonso era por naturaleza una persona optimista, y su amor por Lucrecia lo hacía todavía más jovial y encantador; consiguió sacar de ella una dulzura que yo solo había atisbado, pero que ahora era una constante en su naturaleza. Como su familia estaba feliz, Alejandro era feliz. Su hija había hecho un buen casamiento, y ahora era una duquesa en lugar de una simple condesa; su hijo mayor estaba a punto de culminar una unión todavía más ventajosa, y ahora existía la perspectiva de tener nietos legítimos.

Debido a nuestro amor compartido por Alfonso, Lucrecia y yo nos hicimos íntimas. Yo comentaba todos los pequeños rasgos de Alfonso, y a Lucrecia le encantaba escuchar historias de su infancia: cómo una vez intentó pegar fuego a la cola del perro faldero de la reina para ver si ardería como una vela; cómo había sido arrastrado a mar abierto cuando tenía cuatro años y casi se había ahogado. Ella me confesó que roncaba, aspiraba grandes cantidades de aire -ah, ah, ah- para después soltarlo con una única y muy sonora exhalación.

Olvidé la canterella que había escondido con las joyas en mi dormitorio. Olvidé de dónde procedía; incluso olvidé la visión de Lucrecia en el abrazo carnal de su padre y el beso apasionado que había compartido con su propio hermano. (Lucrecia comentó con gran alivio que el Papa la había dejado en paz desde el embarazo, ya fuese porque la edad había apagado sus fuegos, o porque ya no deseaba alimentar los rumores provocados por el nacimiento del hijo ilegítimo que creía haber tenido con ella.) También me confesó que Alfonso y ella pasaban todas las noches juntos en su dormitorio, y que él siempre se despertaba allí, por lo que casi nunca estaba en sus propias habitaciones en el ala de hombres del palacio. «Nunca me había atrevido a soñar -me confió, con mucha añoranza- que mi propio marido fuese a ser mi ardiente amante.»Una mañana de invierno, cuando el brillante sol se había llevado el helor del aire, las mujeres decidimos hacer una excursión al viñedo del cardenal López. Hacía demasiado buen tiempo para quedarse dentro, y Lucrecia parecía inquieta por algo que no alcanzaba a descubrir, hasta que se sentó a mi lado en el carruaje y confesó:

– Tengo un secreto. No se lo he dicho a nadie, ni siquiera a Alfonso; pero debo decírtelo a ti.

Yo disfrutaba del calor del sol en mi rostro.

– ¿Secreto? -Por la sonrisa ufana de Lucrecia, sin duda debía de ser algo alegre. Sospeché de una fiesta, o de un regalo que ella había recibido de su nuevo marido.

– Estoy embarazada. Llevo ya dos meses sin la regla.

– ¡Lucrecia! -Muy complacida, la sujeté por los hombros-. Entonces, ¿estás segura? ¿No hay ninguna otra causa?

Ella se rió, encantada con mi respuesta.

– Estoy segura. Mis pechos están muy sensibles. Apenas soporto que Alfonso los toque. Debo comer, comer a todas horas, o si no me pongo demasiado enferma para tolerar el olor de la comida. Debes disimular, y no decírselo a nadie; tengo la intención de sorprenderlo con la noticia en la cena de esta noche.

– Estará entusiasmado y también tu padre. -Sonreí al pensar de hacer de tía del hijo de mi hermano.

Una vez en el viñedo, nos encontramos con el perfecto escenario pastoriclass="underline" un bosquecillo de altos pinos perpendicular a un claro de hierbas y flores silvestres, luego hileras de viñas, sus nudosos troncos desnudos de hojas y frutos. La tierra bajaba poco a poco, para ofrecer una agradable vista. Habían traído una mesa, y mientras las sirvientas se apresuraban a descargar la comida y el vino, Lucrecia miró el lugar, dejó caer la capa de armiño sobre la hierba y dijo:

– Es el día perfecto para una carrera.

Me eché a reír. Era una propuesta totalmente infantil; sin embargo, cuando mi mirada se cruzó con la de Lucrecia y vi su expresión picara, supe que lo decía en serio.

– En tu estado, madonna… -susurré.

– ¡No seas ridícula! -replicó-. ¡No podría estar más sana! Además, estoy tan nerviosa al pensar que se lo diré a Alfonso, que si no hago algo, me volveré loca de tanta energía.

La observé con una sonrisa; había ganado un poco de peso desde la boda con mi hermano, y rebosaba vigor. Estaba acostumbrada a caminar y a cabalgar; una corta carrera no le haría ningún daño, embarazada o no.

– Entonces, corre, duquesa -dije. Miré las hileras rectas de los viñedos-. Es el lugar ideal.

– Entonces corramos. -Lucrecia señaló la primera interrupción en la hilera-. Aquella es la meta. La primera que la alcance ganará.

Me quité la capa y el tabardo; los dobladillos eran largos y me harían tropezar.

Lucrecia se quitó su tabardo mientras yo le preguntaba:

– ¿Cuál es la apuesta?

Ella frunció el entrecejo, mientras pensaba, y después alzó la comisura de los labios.

– Un diamante. Tú coges uno de los míos o yo te lo cojo a ti.

– Pero ¿quién escoge? -insistí.

– El perdedor -respondió, de pronto tímida.

Me crucé de brazos y sacudí la cabeza, y ella se echó a reír.

– De acuerdo, de acuerdo, elige el vencedor. Entonces supongo que tendré que ganar.

Nos recogimos las faldas, le pedimos a doña Esmeralda que diese la señal y echamos a correr.

No era una competición equilibrada. Yo era más alta y de miembros más largos y llegué a la meta primera, en medio de una gran nube de polvo.

– Tendré que escoger tu mejor diamante -proclamé.

Lucrecia puso los ojos en blanco e hizo una gran demostración de preocupación, cuando ambas sabíamos que no tenía intención de reclamar mi premio.

Lucrecia exigió la revancha; cuando me negué (porque no quería que se cansara demasiado), insistió en correr con las jóvenes damas de compañía. En un momento, había cuatro damas que se ponían en posición de carrera, a la espera de que doña Esmeralda diese la señaclass="underline" dos en cada una de las anchas hileras.

Me sentí un tanto preocupada, porque el rostro de Lucrecia estaba bastante arrebolado, y había comenzado a sudar, pese al frescor del día. Decidí insistir en que se sirviese la comida, para que se acabasen todos los esfuerzos, pero en ese momento doña Esmeralda llamó a las participantes para la salida.

Cuando comenzó la última carrera, me aparté de las hileras, y fui hacia donde estaban doña Esmeralda y la mesa, cargada ahora con una tentadora variedad de comida; Lucrecia sin duda estaría hambrienta después de tanta actividad.

Yo miraba a lo lejos cuando escuché el sutil y preocupante sonido de un cuerpo y de huesos que chocaban contra la tierra.

Siguió un grito. Me volví a tiempo de ver cómo doña Esmeralda corría con toda la rapidez que le permitía su corpulencia hacia dos mujeres que se hallaban en uno de los caminos. En aquel mismo instante, vi a la segunda mujer en mitad de la caída, sus faldas de brocado verde levantadas por encima de ella en el aire; yo también corrí, como doña Esmeralda, hasta llegar junto a Lucrecia y la joven dama de compañía que había caído sobre ella, y que ahora se levantaba lentamente para apartarse de su señora.

– ¡Lucrecia! -grité, y me arrodillé a su lado. Estaba inconsciente y pálida como un muerto. Miré con expresión acusadora a la pobre dama de compañía, que temblaba, con los nudillos en la boca-. ¿Qué ha pasado?

– No lo sé, madonna -respondió con voz llorosa-. Corría, y creo que tropezó con la zapatilla, cayó y no pude detenerme a tiempo… -Nos miró, su rostro joven estaba aterrorizado al pensar en la reprimenda o el castigo, pero ella no nos interesaba, porque no había sufrido ningún daño. Lucrecia había soportado todo el peso de la caída.

Palmeé las mejillas de mi cuñada; estaban frescas, pero no se recuperaba del desmayo. Miré a doña Esmeralda, decidida.

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