La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¡Basta, basta! -dijo Annette. El moño se le había deshecho y se le había corrido el colorete. Lucile estaba tendida en el suelo, golpeando la alfombra con el puño y diciendo:
– No puedo más. Me voy a morir de risa.
Hacía cuatro meses que las tres mujeres apenas se dirigían la palabra. Al cabo de un rato se levantaron, tratando de dominarse, se empolvaron y perfumaron, y bajaron al salón.
– Maître Danton, creo que ya conoce a Maximilien Robespierre -dijo Annette, girándose bruscamente presa de otro ataque de hilaridad.
Maître Danton tenía la agresiva costumbre de apoyar los puños en la cadera y fruncir el ceño mientras charlaba sobre el tiempo o cualquier otro tema intrascendente. El diputado Maximilien Robespierre tenía la curiosa manía de mirar sin parpadear y de deslizarse sigilosamente por la habitación, como si persiguiera a un ratón. Annette dejó a los dos hombres conversando amigablemente.
– ¿Dónde vives ahora? -preguntó Danton.
– En la rue Saintonge, en el Marais.
– ¿Te sientes cómodo?
Robespierre no contestó. No tenía idea de lo que Danton consideraba como un aceptable nivel de comodidad, de modo que su respuesta no significaba nada. Por fortuna, Danton no insistió en que contestara a su pregunta.
– A la mayoría de los diputados no les apetece trasladarse a París.
– La mayoría de ellos casi nunca vienen por aquí. Y cuando lo hacen se dedican a hablar sobre la forma de clarificar el vino y engordar a los marranos.
– Añoran su casa. Al fin y al cabo no deja de ser una interrupción en su vida cotidiana.
Robespierre sonrió irónicamente.
– Pero su vida es ésta -contestó.
– Te equivocas. Lo que les preocupa es que la cosecha se eche a perder, la educación de sus hijos y que su mujer se la pegue con otro… es humano.
Robespierre lo miró fijamente.
– A veces no entiendo, Danton. Los tiempos no están para esas cosas. Creo que todos deberíamos esforzarnos un poco más.
Annette se movía por entre sus invitados, sonriendo amablemente. De algún modo le resultaba imposible ver a sus convidados masculinos como ellos deseaban que los viera. El diputado Pétion (con su eterna sonrisita burlona) parecía un hombre muy amable, al igual que Brissot (que padecía una serie de molestos tics). Danton la observaba al otro lado de la habitación. ¿En qué estaría pensando? Annette imaginó que pensaba: «Es una mujer muy guapa, a pesar de su edad.» Fréron estaba solo, sin apartar la mirada de Lucile.
Camille, como de costumbre, se hallaba rodeado de un nutrido público.
– Lo único que debemos hacer es decidir el título -decía-, y organizar las suscripciones provinciales. Aparecerá todos los sábados, o con mayor frecuencia si las circunstancias lo requieren. Irá en octavo, con una cubierta de papel gris. Contaremos con la colaboración de Brissot, Fréron y Marat. Propondremos a los lectores que nos escriban cartas. Publicaremos unas críticas teatrales feroces. El universo y todas sus locuras hallarán espacio en las páginas de nuestro periódico, que pretendemos que sea extremadamente crítico.
– ¿Cree que ganará dinero con él? -preguntó Claude.
– No -contestó Camille-. Ni siquiera espero cubrir gastos. La idea es mantener el precio lo más bajo posible, para que prácticamente todo el mundo pueda comprarlo.
– ¿Y cómo piensa pagar al impresor?
– Dispongo de ciertas fuentes -respondió Camille con aire misterioso-. La idea es que la gente te pague por escribir lo que te proponías escribir de todos modos.
– Me asusta usted -dijo Claude-. No tiene el menor sentido ético.
– Lo que cuentan son los resultados. No destinaré más que un par de columnas a alabar a las personas que me financian. El resto del periódico lo utilizaré para dar publicidad al diputado Robespierre.
Claude miró a su alrededor, temeroso. El diputado Robespierre conversaba con su hija Adèle en tono confidencial, casi íntimo. De todos modos, Claude reconocía que si uno separaba los discursos que pronunciaba el diputado Robespierre en la Escuela de Equitación sobre la persona, no tenía nada de alarmante. Más bien todo lo contrario. Parecía un joven agradable, discreto y responsable. Adèle hablaba de él con frecuencia; posiblemente estuviera enamorada de él. Robespierre no tenía dinero, pero no se puede tener todo en la vida. Uno podía darse por satisfecho de tener un yerno que no pegara a su mujer.
Adèle se había ido aproximando a Robespierre a lo largo de la conversación. En estos momentos hablaban de Lucile.
– Es terrible -dijo-. Hoy… bueno, hoy todo ha sido distinto, nos hemos reído mucho. -Es mejor que no le cuente el motivo, pensó-. Pero normalmente el ambiente es terrible. Lucile tiene un carácter muy fuerte, le gusta discutir. Está completamente decidida respecto a Camille.
– Supuse que, puesto que lo habéis invitado, tu padre había cedido -aventuró Max.
– Yo también. Pero fíjate en su expresión. -Ambos jóvenes se volvieron para mirar a Claude-. No obstante -prosiguió Adèle-, al final se saldrán con la suya. Los dos están decididos a casarse. Lo que me preocupa es si serán felices.
– Todo el mundo considera a Camille una persona conflictiva -dijo Robespierre-. Pero en realidad no lo es. Es mi mejor amigo.
– Eres muy bueno -respondió Adèle. Lo pensaba sinceramente. ¿Qué otra persona se hubiera atrevido a afirmar semejante cosa en estos tiempos tan complicados?-. Mira, Camille y mi madre están hablando sobre nosotros.
Era cierto. Los dos charlaban confidencialmente, como en los viejos tiempos.
– Lo lamento, pero el papel de casamentera no me va -decía Annette.
– ¿No conoces a nadie que se preste a ello? Me gusta hacer las cosas como es debido.
– Él se la llevará a Artois.
– ¿Y qué? Iré a verla allí. ¿O acaso crees que París está rodeado de un profundo precipicio y que te despeñas al llegar a Chaillot? Además, no creo que él regrese a casa.
– ¿Pero qué sucederá una vez hayan redactado la constitución y la Asamblea se disuelva?
– No creo que las cosas sucedan como tú las ves.
Lucile los observaba con rabia, pensando: «¿Por qué no te echas encima de él, madre? Podrías acostarte con él sobre la alfombra.» Su buen humor se había disipado. No quería permanecer en aquella habitación, rodeada de gente que no paraba de hablar. A los pocos minutos se dirigió a un discreto rincón, seguida de Fréron.
Se sentó en una silla y esbozó una sonrisa forzada. Mientras charlaban de cosas intrascendentes, Fréron, sin apartar la vista de su rostro, apoyó el brazo en el respaldo de su silla. Al fin le preguntó suavemente, con tono insinuante:
– ¿Todavía eres virgen, Lucile?
Lucile se sonrojó vivamente y agachó tímidamente la cabeza.
– Por supuesto -contestó.
– Ése no es el Camille que conozco -dijo Fréron.
– Prefiere esperar a que nos hayamos casado.
– Eso es muy cómodo para él, puesto que debe de tener otros medios de… desahogarse.
– No quiero saberlo -contestó Lucile con firmeza.
– Lo comprendo. Pero ya no eres una niña. ¿No empiezas a estar cansada de ser todavía virgen?
– ¿Y qué pretendes que haga, Conejo? ¿Qué oportunidades crees que se me ofrecen?
– Me consta que os seguís viendo. Probablemente en casa de Danton. Ni él ni Gabrielle son excesivamente morales.
Lucile lo miró de reojo. Le molestaba hablar de esas cosas, pero por otro lado era un alivio poder manifestar sus sentimientos, desahogarse con alguien, aunque se tratara de Fréron. ¿Por qué tenía que calumniar a Gabrielle? Es capaz de decir cualquier cosa, pensó Lucile. Al mirarlo, vio que él se había dado cuenta de que había ido demasiado lejos. ¡Qué ocurrencia!, pensó Lucile. «¿Te importa prestarnos tu lecho, Gabrielle?» Gabrielle jamás se prestaría a semejantes jueguecitos.