Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Precisamente. Y ha llegado el momento de que el banco enfrente la situación y termine con ella.
Richardson gruñó:
– Puede haber otras opiniones sobre el punto -su propia compañía de carne envasada, como todos sabían, era gran deudora del FMA, y Forrest Richardson había participado en reuniones de Dirección en las que se habían aprobado préstamos para su compañía.
Sin prestar atención a la creciente hostilidad, Alex clavó el dardo:
– Otros aspectos del préstamo a la Supranational también me inquietan. Para disponer del dinero tendremos que cortar los préstamos hipotecarios y los préstamos menores. En sólo esos dos puntos, el banco estará en falta como servicio público.
Jerome Patterton dijo, malhumorado:
– Se ha establecido claramente que esos cortes serán temporales.
– Sí -reconoció Alex-. Pero nadie sabe hasta cuándo se prolongará esa temporalidad, ni lo que pasará con los negocios y la buena voluntad que perderá el banco cuando la cosa se publique. Y está también la tercera zona de cortes, que todavía no hemos tocado… los bonos municipales… -abrió su portafolio y consultó una segunda hoja de notas-. En las próximas seis semanas serán licitadas once series de bonos del distrito, para escuelas. Si nuestro banco no participa, la mitad de esos bonos quedarán sin ser vendidos -la voz de Alex se agudizó-: ¿Es intención del banco prescindir, tan pronto, después de la muerte de Ben Rosselli, de una tradición que abarca varias generaciones de este nombre?
Por primera vez desde que se había iniciado la reunión los directores cambiaron miradas inquietas. La política impuesta desde hacía mucho tiempo por el fundador del banco, Giovanni Rosselli, establecía que el First Mercantile American fuera el primero en respaldar y vender bonos de las pequeñas municipalidades estatales. Sin esa ayuda del banco más poderoso del estado, tales bonos -nunca grandes, importantes o bien conocidos- pasarían de largo en el mercado, dejando en descubierto las necesidades financieras de las comunidades. La tradición había sido fielmente seguida por el hijo de Giovanni, Lorenzo, y por el nieto, Ben. El negocio no era especialmente beneficioso, aunque tampoco representaba una pérdida. Pero era un servicio público significativo, y también devolvía a las pequeñas comunidades algo del dinero que los ciudadanos depositaban en el FMA.
– Jerome -sugirió Leonard Kingswood-, me parece que debería usted revisar otra vez la situación.
Se oyeron murmullos de asentimiento.
Roscoe Heyward hizo una rápida intervención:
– Jerome… si me permite…
El presidente del banco asintió.
– En vista de lo que parece ser un sentimiento general de la Dirección- dijo Heyward con suavidad- estoy seguro de que podemos examinar el asunto de nuevo, y tal vez devolver parte de los fondos para bonos municipales sin estorbar ninguno de los acuerdos con la Supranational. Sugiero que la Dirección, expresando claramente sus sentimientos, deje que los detalles sean considerados por Jerome y por mí… señaladamente no incluyó a Alex.
Asentimientos y voces expresaron aprobación.
Alex objetó:
– Éste no es un compromiso total ni hace nada para establecer las hipotecas para viviendas y los préstamos menores.
Los otros directores guardaron un significativo silencio.
– Creo que hemos escuchado todos los puntos de vista -sugirió Jerome Patterton-. Tal vez convenga ahora votar la propuesta en su conjunto.
– No -dijo Alex-, todavía hay otro punto.
Patterton y Heyward cambiaron miradas de divertida resignación.
– Ya ye señalado que hay un conflicto de intereses -afirmó Alex sombríamente-. Ahora quiero prevenir a la Dirección sobre un conflicto aún mayor. Desde la negociación del préstamo de la Supranational, y hasta ayer por la tarde, nuestro departamento de depósitos ha comprado… -consultó sus notas- ciento veintitrés mil acciones de la Supranational. En ese tiempo, y siguiendo a las compras sustanciales hechas con el dinero depositado por nuestros clientes, el precio de la acción de la SuNatCo ha subido siete puntos y medio, cosa que estoy seguro es intencionada y ha sido puesta como condición…
Su voz fue ahogada por gritos de protesta de parte de Roscoe Heyward, Jerome Patterton y otros directores.
Heyward estaba otra vez de pie, con los ojos llameantes.
– ¡Eso es una deliberada distorsión!
Alex replicó:
– La compra no es una distorsión.
– Pero lo es su interpretación. La SuNatCo es una excelente inversión para nuestras cuentas de depósitos.
– ¿Por qué se ha vuelto súbitamente tan buena?
Patterton protestó con calor:
– Alex, las transacciones específicas del departamento de depósitos no están en discusión aquí.
Philip Johannsen interrumpió:
– Estoy de acuerdo.
Harold Austin y otros gritaron:
– ¡Yo también!
– Que estén o no estén -persistió Alex- les prevengo que todo lo que está pasando puede estar en contravención con la Ley GlassSteagall de 1933, y que los directores pueden ser considerados responsables de…
Media docena de voces enojadas estallaron de nuevo. Alex comprendió que había tocado un nervio sensible. Aunque los miembros de la Dirección estaban enterados de que la clase de duplicidad que él describía se llevaba a cabo, preferían ignorarlo específicamente. El conocimiento involucraba compromiso y responsabilidad. Y no querían ninguna de las dos cosas.
Bueno, pensó Alex, les guste o no, ahora lo saben. Por encima de las otras voces continuó con firmeza:
– Prevengo a la Dirección que, si ratifica el préstamo a la Supranational con todas sus ramificaciones tendrá motivo para lamentarlo -se echó hacia atrás en la silla-. Eso es todo.
Cuando Jerome Patterton golpeó con el martillo, el tumulto se acalló.
Patterton, más pálido que antes, anunció:
– Si no hay mas discusiones procederemos a votar.
Unos momentos después las propuestas de la Supranational fueron aprobadas, y Alex Vandervoort fue el único miembro en disidencia.
12
La frialdad hacia Vandervoort se hizo evidente cuando los directores continuaron la reunión después del almuerzo. Normalmente bastaba una reunión de dos horas por la mañana para disponer de todos los asuntos. Pero hoy se habían concedido un tiempo extra.
Percibiendo el antagonismo de la Dirección, Alex sugirió durante el almuerzo a Jerome Patterton que su presentación fuera demorada hasta la reunión del mes siguiente. Pero Patterton le dijo brevemente:
– No hay nada que hacer. Los directores están malhumorados, es culpa suya, y tiene usted que arriesgarse.
Era una declaración extraordinariamente vigorosa para un hombre de modales tan suaves como Patterton, pero demostraba la marea de descontento que corría en contra de Alex. También sirvió para convencerle de que la próxima hora iba a ser un ejercicio de futilidad. Sus propuestas iban a ser seguramente rechazadas por mera perversidad, si no por otros motivos.
A medida que los directores se acomodaban, Philip Johannsen estableció el tono consultando marcadamente su reloj.
– Ya he tenido que cancelar una cita esta tarde -rezongó el jefe de la Mid Continent Rubber- y tengo otras cosas que hacer, de manera que abreviemos.
Varios otros asintieron con un gesto.
– Seré lo más breve posible, señores -prometió Alex cuando Jerome Patterton le otorgó formalmente la palabra-. Quiero sólo señalar cuatro puntos -los marcó con los dedos al hablar.
– Uno: nuestro banco pierde un negocio importante y beneficioso al no aprovechar mejor las oportunidades para que aumenten los ahorros. Dos: una expansión de los depósitos de ahorros aumentaría la estabilidad del banco. Tres: cuanto más nos demoremos, más difícil será ponernos a la par con nuestros competidores. Cuatro: hay margen para tomar la dirección… que ejercerán otros bancos… en un regreso a las costumbres de economía personal, nacional y corporada, descuidada por tanto tiempo.