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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Trece y cinco octavos.

– Es elevado -dijo el hombre del FMA.

– El juego es duro.

El operador del FMA vaciló, procurando adivinar al otro, preguntándose de qué lado iría la cotización. Por costumbre registró el persistente zumbido de voces a su alrededor en el Centro de Tráfico Monetario del First Mercantile American -una médula sensible y nerviosa en el centro mismo de la Torre Central del FMA, que pocos de los clientes del banco conocían y sólo un grupo privilegiado había visto alguna vez. Pero era en centros como éste donde se efectuaban muchas de las ganancias del gran banco… o donde se registraban las pérdidas.

Los requerimientos de la reserva hacían necesario que un banco tuviera específicas cantidades al contado contra cualquier posible demanda, pero ningún banco quería tener demasiado dinero quieto, ni demasiado poco. Los operadores de dinero del banco mantenían las cantidades en equilibrio.

– Espere, por favor -dijo el operador del FMA a la voz de San Francisco. Apretó el botón de «Fijo» en la consola telefónica y después oprimió otro botón.

Una nueva voz anunció:

– Manufacturer Hanover Trust, Nueva York.

– Necesito seis millones esta noche. ¿Cuál es su cotización?

– Trece y tres cuartos.

En la costa Este la cotización aumentaba.

– Gracias, no, gracias -el operador del FMA cortó la comunicación con Nueva York y soltó el botón de «Fijo» donde esperaba el de San Francisco. Dijo:

– Me parece que lo tomo.

– Seis millones vendidos a ustedes a trece y cinco octavos -dijo el del Bank of America.

– Bien.

El acuerdo había tardado veinte segundos. Era uno de los miles que se hacían diariamente entre bancos rivales, en un concurso de nervios e ingenio, con apuestas de siete cifras. Los operadores de moneda de los bancos eran invariablemente hombres jóvenes, en la treintena, inteligentes, ambiciosos, rápidos de pensamiento, que no se alteraban bajo la presión. De todos modos, como un informe de éxito en el tráfico de dinero podía adelantar la carrera de un hombre y un error estropearla, la tensión era constante, de manera que tres años en un escritorio de tráfico de dinero era considerado el máximo. Después de ese tiempo la tensión empezaba a notarse.

En ese momento, en San Francisco y en el First Mercantile American se anotaba la última transacción, que era pasada a una computadora y después transmitida al Sistema del Federal Reserve. En el «Fed», por las próximas veinticuatro horas, las reservas del Bank of America tendrían un débito de seis millones de dólares, las reservas del FMA acreditarían la misma cantidad. El FMA pagaría al Bank of America por el uso de su dinero durante ese tiempo.

En todo el país se estaban efectuando transacciones similares entre otros bancos.

Era miércoles, a mediados de abril.

Alex Vandervoort, que visitaba el Centro de Operaciones Monetarias, parte de su dominio dentro del banco, saludó con la cabeza al operador, sentado en una plataforma elevada y rodeado de ayudantes, que le proporcionaban informaciones y completaban el papeleo. El hombre joven, ya sumergido en otra transacción, devolvió el saludo con un movimiento de mano y una alegre sonrisa.

En otras partes del recinto -del tamaño de un auditorio y con semejanzas que recordaban el centro de control de un atareado aeropuerto- estaban otros operadores en seguridades y bonos, flanqueados por ayudantes, contadores, secretarias. Todos estaban muy atareados en usar el dinero del banco prestando, pidiendo prestado, invirtiendo, vendiendo, o reinvirtiendo.

Detrás de los operadores, media docena de supervisores financieros trabajaban en unos escritorios más amplios y más cómodos.

Tanto los operadores como los supervisores tenían delante una enorme pizarra que ocupaba todo lo largo del centro de tráfico y daba las cotizaciones, los promedios de interés y otras informaciones. Las cifras a control remoto del cuadro cambiaban constantemente.

Un operador en bonos, en un escritorio no lejos de donde estaba Alex de pie, se levantó y anunció en voz alta:

– La Ford y el Sindicato de Trabajadores del Auto acaban de anunciar un contrato por dos años -varios operadores buscaron los teléfonos. Las noticias importantes en el terreno industrial y político, a causa de su efecto instantáneo en el precio de los valores, eran siempre compartidas de esta manera por el primero que las escuchaba en el recinto.

Unos segundos después una luz verde sobre la pizarra de informaciones parpadeó y fue reemplazada por una deslumbrante, de color ámbar. Era la señal para que los operadores no se comprometieran, porque nuevas cotizaciones, presumiblemente resultado del acuerdo de la industria automotor, iban a llegar. Una llameante luz roja, que raras veces se usaba, prevenía de algún cambio cataclísmico.

De todos modos la oficina de tráfico de dinero, cuyas operaciones había estado contemplando Alex, seguía siendo un punto clave.

Las leyes federales exigían que los bancos dispusieran del diecisiete y medio por ciento de los depósitos líquidamente y al contado. Las penalizaciones por no cumplir con esto eran severas. Pero también era perjudicial para los bancos dejar grandes sumas sin invertir, aunque sólo fuera por un día.

Por lo tanto los bancos mantenían una cuenta continua de todo el dinero que entraba y salía. Un cajero central en el departamento mantenía el dedo en el fluir del dinero, como un médico que toma el pulso. Si los depósitos dentro de un sistema bancario como el del First Mercantile American eran más fuertes de lo que se había anticipado, el banco -por intermedio de su operador de dinero- prestaba en seguida fondos excedentes a otros bancos que podían necesitarlos para el requerimiento de reservas. Contrariamente, si los retiros de los clientes eran desusadamente fuertes, el FMA pedía prestado.

La posición de un banco cambiaba de hora en hora, de manera que un banco que era prestamista por la mañana podía pedir prestado a mediodía y ser nuevamente prestamista antes del cierre de los negocios. De esta manera, un gran banco podía traficar con más de mil millones de dólares diarios.

Otras dos cosas podían decirse -y con frecuencia se decían- sobre el sistema. Primero, que los bancos eran generalmente más rápidos en buscar ganancias para sí mismos que para sus clientes. Segundo, que los bancos obtenían beneficios mucho, muchísimo mayores para sí mismos que los que conseguían para la gente de afuera, que les confiaba su dinero.

La presencia de Alex Vandervoort en el Centro de Operaciones Monetarias se debía, en parte, al deseo de mantenerse en contacto con el fluir del dinero, cosa que hacía con frecuencia, y para discutir los procedimientos bancarios de las últimas semanas, que le habían inquietado.

Estaba con Tom Straughan, vicepresidente y miembro del Comité de Política Monetaria del FMA. El despacho de Straughan quedaba inmediatamente al lado. Había entrado con Alex en el Centro de Operaciones Bancarias. Era el joven Straughan quien, en enero, se había opuesto a que se cortaran los fondos del Forum East, aunque ahora parecía entusiasmado con el préstamo propuesto a la Supranational Corporation.

En estos momentos discutían sobre la Supranational.

– Se preocupa usted demasiado, Alex -insistía Tom Straughan-. Además de tratarse de un riesgo nulo, la SuNatCo nos hará bien. Estoy convencido.

Alex dijo con impaciencia:

– No existen los riesgos nulos. De todos modos, estoy menos preocupado con la Supranational que con los grifos que tendremos que cerrar.

Ambos hombres sabían a qué «grifos» dentro del First Mercantile American se refería Alex. Un memorándum de propuestas, trazado por Roscoe Heyward y aprobado por el presidente del banco, Jerome Patterton, había circulado entre los miembros del Comité de Política Monetaria unos días antes. Para que la línea de crédito de cincuenta millones de dólares a la Supranational fuera posible, se proponía cortar drásticamente los préstamos pequeños, las hipotecas de casas y la financiación de bonos municipales.

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