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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Si el préstamo pasa y hacemos esos cortes -argumentó Tom Straughan- serán sólo temporales. En tres meses, quizá menos, nuestros fondos volverán a ser lo que eran antes.

– Es posible que usted lo crea, Tom. Yo no.

Alex había estado desalentado antes de venir aquí. La conversación con el joven Straughan le había deprimido aún más.

Las propuestas Heyward-Patterton estaban en contra, no sólo de las creencias de Alex, sino también en contra de su instinto financiero. Creía que era un error canalizar los fondos del banco tan sustancialmente en un préstamo industrial a costa del servicio público, aunque la financiación industrial fuera muchísimo más ventajosa. Pero, incluso desde el exclusivo punto de vista de los negocios, la amplitud del compromiso del banco con la Supranational -por intermedio de las subsidiarias de la SuNatCo- le inquietaba.

En este último punto, comprendió que estaba en total minoría. Todos los demás en la alta dirección del banco estaban encantados con la nueva relación con la Supranational, y Roscoe Heyward había recibido efusivas felicitaciones por haberla logrado. Y la inquietud de Alex persistía, aunque no habría sabido decir por qué. Es verdad que la Supranational parecía muy sólida financieramente; sus páginas de balance mostraban que el gigantesco conglomerado irradiaba salud fiscal. Y, en prestigio, la SuNatCo se equiparaba a compañías como la General Motors, IBM, Exxon, Dupont y U.S.Steel.

Tal vez, pensó Alex, sus dudas y su depresión provenían de su influencia declinante dentro del banco. Porque declinaba. Esto se había hecho evidente en las últimas semanas.

Por el contrario, la estrella de Roscoe Heyward estaba ascendiendo muy alto. Patterton le escuchaba y confiaba en él, y esta confianza se expandía tras el deslumbrante éxito del viaje de dos días que Heyward había hecho a las Bahamas, con George Quartermain. Alex comprendía que su reserva personal acerca de ese éxito era considerada como las uvas verdes de la fábula.

Alex sentía también que había perdido influencia personal con Straughan y otros, que antes se consideraban dentro de la carreta de Vandervoort.

– Tiene que reconocer -dijo Straughan- que el acuerdo con la Supranational es estupendo. ¿Sabía que Roscoe les hizo aceptar un balance compensatorio del diez por ciento?

El balance compensatorio había sido un acuerdo al que habían llegado tras rudas discusiones entre el banco y los solicitantes. Un banco insiste en que quede en depósito en cuenta corriente una determinada porción de cualquier crédito, la cual no gana interés para el solicitante, y, sin embargo, está a disposición del banco para su propio uso e inversión. Así un solicitante no hace uso total de todo el préstamo, y vuelve la tasa de interés real sustancialmente más elevada que la tasa aparente. En el caso de la Supranational, como había señalado Tom Straughan, cinco millones de dólares quedarían en las nuevas cuentas de cheques de la SuNatCo… con gran ventaja para el FMA.

– Presumo -dijo Alex con mofa- que está usted enterado del otro lado de ese delicioso acuerdo.

Tom Straughan pareció incómodo.

– Bueno, me han dicho que hay un entendimiento. No me parece que podamos referirnos a eso como al «otro lado».

– ¡Vaya si lo es! Los dos sabemos que la SuNatCo insistió y que Roscoe consintió en que nuestro departamento de depósitos invierta ampliamente en los valores de la Supranational.

– Si es así, no hay nada escrito.

– Claro que no. Nadie sería tan tonto -Alex miró al joven-. Usted tiene acceso a las cifras. ¿Cuánto hemos comprado hasta ahora?

Straughan vaciló, y se dirigió al escritorio de uno de los supervisores del Centro de Tráfico. Volvió con unas anotaciones escritas a lápiz en un papel.

– Hasta hoy noventa y siete mil acciones -y Straughan añadió-: La última cotización fue a cincuenta y dos.

Alex dijo, agriamente:

– En la Supranational deben estar frotándose las manos.

Nuestras compras ya han hecho subir cinco dólares el precio de una acción… -calculó mentalmente-. De manera que, en la semana pasada, hemos metido casi cinco millones de dólares del dinero que nos han confiado nuestros clientes en la Supranational. ¿Por qué?

– Es una inversión excelente -Straughan procuró hablar con ligereza-. Haremos ganar en grande a todas las viudas, huérfanos y fundaciones educacionales cuyo dinero cuidamos.

– O evaporamos… abusando de la confianza puesta en nosotros. ¿Qué sabemos acerca de la SuNatCo, Tom, que no hayamos sabido hace dos semanas? Y, hasta esta semana, ¿acaso el departamento de depósitos había comprado jamás una sola acción de la Supranational?

El hombre más joven quedó en silencio, después dijo, a la defensiva:

– Creo que Roscoe supone que, ahora que él va a formar parte de la Dirección, podrá vigilar a la compañía más de cerca.

– Me desilusiona usted, Tom. Nunca había sido tan deshonesto consigo mismo, especialmente cuando conoce los motivos reales tan bien como yo… -al ver que Straughan se ruborizaba, Alex insistió-: ¿Se hace idea del tipo de escándalo que habría si el Servicio Secreto examinara esto? Hay conflicto de intereses; abuso de la ley de limitación de préstamos; uso de los fondos confiados al banco para influir en los negocios del banco mismo; y no me cabe la menor duda de que hay acuerdo para votar el stock de la Supranational en la próxima reunión anual de la SuNatCo.

Straughan dijo con agudeza:

– Si es así, no será la primera vez… ni siquiera aquí.

– Desgraciadamente es verdad. Pero el olor del guisado no mejora.

La cuestión de la ética en el departamento de depósitos era un tema antiguo. Se supone que los bancos mantienen una barrera interna -que llaman a veces la Muralla China- entre sus propios intereses comerciales y los fondos que se les confían. De hecho no lo hacen.

Cuando un banco tiene miles de millones de dólares en fondos confiados por clientes para invertir, es inevitable que la «cantidad» dada de este modo sea usada comercialmente. Se espera que las compañías en las que un banco invierte fuertemente respondan recíprocamente con negocios bancarios. Con frecuencia también, las compañías eran presionadas para que hubiera un director de banco en su propio consejo director. Si no se hacía ninguna de las dos cosas, otras inversiones rápidamente reemplazaban a ésas en los portafolios de depósitos, con los valores disminuidos como resultado de la venta del banco.

Igualmente, las agencias de bolsa que manejaban el gran volumen del departamento de depósitos, comprando y vendiendo, debían mantener a su vez amplios balances bancarios. Generalmente así era. De lo contrario el ansiado negocio de bolsa se iba a otra parte.

Pese a la propaganda de relaciones públicas, el interés de los clientes depositantes -incluidas las proverbiales viudas y huérfanos-, con frecuencia se cotiza después de los intereses del banco. Era uno de los motivos por los cuales el resultado del departamento de depósitos era generalmente pobre.

De este modo Alex sabía que la situación entre la Supranational y el FMA no era única. De todos modos el saberlo no hacía que la cosa le gustara más.

– Alex -se adelantó Tom Straughan-, es mejor que le prevenga que mañana, en la reunión del comité monetario, pienso apoyar el préstamo a la Supranational.

– Lo lamento.

Pero la noticia no era inesperada. Y Alex se preguntó cuánto tiempo iba a pasar hasta quedar tan solo y aislado que su situación en el banco resultara insostenible. Podía suceder pronto.

Después de la reunión de mañana del Comité de Política Monetaria, donde seguramente las propuestas referentes a la Supranational iban a ser apoyadas por mayoría, todo el consejo director volvería a reunirse el próximo miércoles, con la Supranational nuevamente en la agenda. En ambas reuniones, Alex estaba seguro, él iba a ser la única voz discordante y solitaria.

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