Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Examinó una vez más el siempre ocupado Centro de Operaciones Monetarias, dedicado a la riqueza y las ganancias, idéntico en principio a los antiguos templos del oro de Babilonia y de Grecia. No era, pensó, que el dinero, el comercio y la ganancia fueran en sí algo indigno. Alex estaba dedicado a las tres cosas, aunque no ciegamente, y con reservas que implicaban escrúpulos morales, la razonable distribución de riqueza y la ética bancaria. Sin embargo, cuando se presentaba la perspectiva de un beneficio excepcional, según lo demostraba toda la historia, aquellos que tenían tales reservas eran obligados a callar, o eran dejados de lado.
Frente a las poderosísimas fuerzas del gran dinero y el gran negocio -representados ahora por la Supranational y la mayoría del FMA- ¿qué podía esperar un individuo solo en la oposición?
Muy poco, pensó desesperanzado Alex Vandervoort. Quizá nada.
11
La reunión de la Dirección del banco First Mercantile American en la tercera semana de abril fue memorable desde muchos puntos de vista.
Dos temas mayores de la política bancaria fueron tema de intensa discusión: uno, era la línea de crédito a la Supranational; el otro una propuesta para expandir la actividad ahorrista del banco y la apertura de nuevas sucursales suburbanas.
Incluso antes que se iniciaran los procedimientos, el tono de la reunión se hizo evidente. Heyward, desusadamente jovial y relajado, con un elegante traje gris claro, se presentó temprano. Saludó a otros directores en la puerta del salón de conferencias, a medida que llegaban.
Por las cordiales respuestas era claro que la mayoría de los miembros, no sólo había oído hablar del acuerdo con la Supranational, por misteriosas vías financieras, sino que estaba entusiastamente a favor.
– Felicidades, Roscoe -dijo Philip Johannsen, presidente de la MidContinent Rubber-, realmente ha metido usted a este banco en la gran canasta. ¡Más poder, eso… es lo que usted necesita!
Radiante, Heyward reconoció:
– Agradezco su apoyo, Phil. Y quiero que sepa que tengo otras metas en la mente.
– Las logrará, no tema.
Un director con cejas de escarabajo procedente del interior, Floyd LeBerre, presidente de la General Cable and Switchgear Corporation, entró. En el pasado LeBerre nunca había sido muy cordial con Heyward, pero ahora le estrechó la mano con efusión.
– Encantado de oír que formará usted parte de la Dirección de la Supranational, Roscoe -el presidente de la General Cable bajó la voz-. Mi división de ventas de repuestos tiene algunos negocios con la SuNatCo. Me gustaría poder hablar pronto de ello.
– Hagámoslo la semana próxima -dijo Heyward amablemente-. Puede tener la certeza de que ayudaré todo lo que pueda.
LeBerre se apartó, con expresión satisfecha.
Harold Austin, que había oído la charla, guiñó un ojo con picardía.
– Nuestro viajecito nos está dando ya beneficios. Cabalgas muy alto.
El Honorable Harold parecía más que nunca un playboy envejecido: una chaqueta a cuadros de colores, pantalones acampanados marrones, una camisa de alegres colores y una cerúlea corbata azul cielo. El flotante pelo blanco estaba arreglado y cortado en un nuevo estilo.
– Harold -dijo Heyward-, si hay algún favor que quieras pedirme…
– Los habrá -aseguró el Honorable Harold, y después se dirigió a grandes pasos a su asiento junto a la mesa de conferencias.
Incluso Leonard L. Kingswood, el enérgico presidente de la Northam Steel, y ferviente sostenedor de Alex Vandervoort en el Directorio, tuvo una palabra amable al pasar.
– He oído que ha atrapado usted a la Supranational, Roscoe. Es un negocio de primera clase.
Otros directores también lo felicitaron.
Entre los últimos en llegar estaban Jerome Patterton y Alex Vandervoort. El presidente del banco, con su cabeza calva brillante y bordeada de blanco, con su aspecto de granjero de siempre se dirigió a la cabecera de la larga mesa ovalada del salón de reuniones. Alex, que llevaba una carpeta llena de papeles, se sentó como de costumbre en el centro de la mesa, del lado izquierdo.
Patterton golpeó con el martillo para llamar la atención y rápidamente abordó varios asuntos de rutina. Después anunció:
– El primer punto a tratar es: «Préstamos sometidos a la aprobación de la Dirección».
Alrededor de las mesas un agitarse de páginas que daban la vuelta señaló la apertura de las tradicionales agendas azules de préstamos del FMA, preparadas para uso de los directores.
– Como de costumbre, señores, tienen ustedes ante sí detalles de las propuestas de la dirección. Lo que hoy ofrece especial interés, como la mayoría de ustedes ya sabe, es nuestra nueva cuenta con la Supranational Corporation. Personalmente estoy encantado con los términos negociados y recomiendo con énfasis su aprobación. Dejo a Roscoe, que es responsable de haber traído este nuevo e importante negocio al banco, el completar los detalles y el contestar preguntas.
– Gracias, Jerome -Roscoe Heyward acomodó sus lentes sin aro, que había estado limpiando por costumbre y se inclinó hacia adelante en su silla. Al hablar sus maneras parecieron menos austeras que de costumbre, su voz era agradable y segura.
– Señores: al embarcarse en el compromiso de un gran préstamo es prudente asegurarse de la solidez financiera del peticionario, incluso en el caso de que este peticionario tenga un promedio de crédito de una triple «A», como pasa con la Supranational. En el apéndice «B» de las agendas azules -nuevamente se oyó el ruido de páginas que pasaban- encontrarán un sumario que he preparado personalmente sobre los activos y proyectados beneficios del grupo SuNatCo, incluidas todas las subsidiarias. Se basa en declaraciones financieras de auditores más datos adicionales proporcionados por el contador de la Supranational, Stanley Inchbeck. Como pueden ustedes ver las cifras son excelentes. Nuestro riesgo es mínimo.
– No conozco la reputación de Inchbeck -intervino un director; era Wallace Sperrie, dueño de una compañía de instrumentos científicos-. Pero conozco la suya, Roscoe, y, si usted aprueba estas cifras, son cuatro «A» para mí.
Varios otros canturrearon su asentimiento. Alex Vandervoort jugueteaba con un lápiz ante una libreta que tenía delante.
– Gracias Wally, gracias, señores -Heyward se permitió una leve sonrisa-. Espero que la confianza de ustedes se extienda a la acción concomitante que he recomendado.
Aunque las recomendaciones estaban anotadas en la carpeta azul, las describió de todos modos… la línea de crédito de cincuenta millones debía ser totalmente concedida a la Supranational, en cortes financieros en otras áreas del banco, que debían hacerse efectivos inmediatamente. Los cortes, aseguró Heyward a los atentos directores, serían restablecidos «en cuanto fuera posible y conveniente», aunque prefería no especificar cuándo. Terminó:
– Recomiendo este flete para nuestro navío y prometo que, en su compañía, nuestras cifras de beneficios serán muy buenas de verdad.
Cuando Heyward se echó hacia atrás en la silla, Jerome Patterton anunció:
– La reunión está abierta para preguntas y discusiones.
– Francamente -dijo Wallace Sperrie- no veo necesidad de ninguna de las dos cosas. Todo está claro. Creo que estamos en presencia de un golpe maestro de los negocios para este banco, y propongo una aprobación inmediata.
Varias voces dijeron al unísono:
– De acuerdo.
– Propuesto y acordado -entonó Jerome Patterton-. ¿Estamos listos para votar? -Evidentemente lo esperaba. Tenía levantado el martillo.
– No -dijo con voz tranquila Alex Vandervoort. Hizo a un lado el lápiz y la libreta con la que había estado jugueteando-. Y no creo que nadie deba votar sin que haya bastante discusión sobre el asunto.