Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Describió los métodos por los cuales el First Mercantile American podría ganar raspando a otros competidores: un alto interés en los ahorros, hasta el límite legal; términos más atractivos para depósitos entre uno y cinco años; facilidades de cheques para depositantes de ahorros, dentro de lo que lo permitiera la ley bancaria; regalos para los que abrieran nuevas cuentas; una campaña de publicidad masiva comprendiendo el programa de ahorros y las nuevas sucursales.
Para la presentación, Alex había dejado su asiento habitual para plantarse ante la cabecera de la mesa. Patterton había movido su silla a un lado. Alex también había traído al principal economista del banco, Tom Straughan, que había preparado informes colocados sobre caballetes para que los vieran los miembros de la Dirección.
Roscoe Heyward se había adelantado en su asiento y escuchaba, con un rostro sin expresión.
Cuando Alex hizo una pausa, Floyd LeBerre aprovechó para intervenir:
– Tengo que hacer una observación inmediata.
Patterton, que había recobrado su acostumbrada cortesía, preguntó:
– ¿Quiere usted que se hagan preguntas de paso, Alex, o prefiere dejarlas para el final?
– Escucharé ahora a Floyd.
– No es una pregunta -dijo el presidente de la General Cable, sin sonreír-. Es una cuestión primordial. Estoy en contra de la expansión de los ahorros porque, si lo hacemos, será como abrirse las tripas. Ahora mismo tenemos grandes depósitos de bancos corresponsales…
– Dieciocho millones de dólares de las instituciones de ahorro y préstamo -dijo Alex. Había esperado la objeción de LeBerre y era válida. Pocos bancos existían solos; la mayoría tenía vínculos financieros con otros y el First Mercantile American no era una excepción. Varias instituciones de ahorro y préstamo locales tenían grandes depósitos en el FMA, y el miedo a que esas sumas fueran retiradas había disuadido otras propuestas de actividades de ahorros en el pasado.
Alex afirmó:
– He tomado eso en cuenta.
LeBerre quedó descontento.
– ¿Ha tomado usted en cuenta que, si competimos intensamente con nuestros propios clientes, perderemos hasta lo último de ese negocio?
– Perderemos parte. No creo que todo. En todo caso, los nuevos negocios que generaremos de lejos excederán lo perdido.
– Es lo que usted dice.
Alex insistió:
– Me parece un riesgo aceptable.
Leonard Kingswood dijo, con tranquilidad:
– Estaba usted en contra de cualquier riesgo con la Supranational, Alex.
– No estoy en contra de los riesgos. Pero éste es un riesgo mucho menor. No hay relación entre los dos.
Las caras alrededor de la mesa reflejaron escepticismo.
LeBerre dijo:
– Me gustaría oír las opiniones de Roscoe.
Otros hicieron eco:
– Sí, oigamos a Roscoe.
Las cabezas se volvieron hacia Heyward, que estudiaba sus manos cruzadas. Dijo con blandura:
– No es agradable torpedear a un colega.
– ¿Por qué no? -preguntó alguien-. ¡Es lo que él ha querido hacerle!
Heyward sonrió débilmente:
– Prefiero estar por encima de eso -su cara se puso seria-. De todos modos estoy de acuerdo con Floyd. Una intensa actividad de ahorros de nuestra parte nos hará perder importantes negocios y no creo que ninguna ganancia potencial teórica lo merezca -señaló uno de los planos de Straughan que marcaban la geografía de las nuevas sucursales propuestas-. Los miembros de la Dirección observarán que cinco de las sucursales sugeridas estarán situadas cerca de las de asociaciones de ahorro y préstamo que son grandes depositarias del FMA. Podemos tener la certeza de que eso no dejará de llamarles la atención.
– Esta situación -dijo Alex- ha sido cuidadosamente elegida como resultado de estudios de la población. Están donde está la gente. Seguramente las asociaciones de ahorro y préstamo han llegado allí primero; en muchos sentidos han tenido más intuición que nuestros bancos. Pero eso no significa que siempre debamos mantenernos apartados.
Heyward se encogió de hombros.
– Ya he dado mi opinión. Sin embargo añadiré algo… me desagrada la idea de esas sucursales en la línea del frente.
Alex contestó:
– Serán tiendas de dinero… los bancos sucursales del futuro -pero comprendió que todo sucedía de manera opuesta a como había esperado. Había planeado tratar más adelante el problema de las sucursales. Bueno, de todos modos ahora no importaba.
– Por la descripción -dijo Floyd LeBerre, que estaba leyendo una página de información de Tom Straughan que había circulado- esas sucursales parecen lavanderías.
Heyward, que también estaba leyendo, movió la cabeza.
– No está de acuerdo con nuestro estilo. No hay dignidad.
– Haríamos mejor en dejar a un lado la dignidad y hacer más negocios -declaró Alex-. Sí, los bancos de barrio semejan lavaderos; de todos modos es la clase de bancos que se impone. Haré una predicción a la Dirección: ni nosotros ni nuestros competidores podremos permitirnos seguir teniendo la clase de sepulcros dorados que tenemos ahora como sucursales de bancos. El costo de la tierra y de la construcción los vuelve sin sentido. En diez años, la mitad… por lo menos… de nuestras actuales sucursales habrán dejado de existir tal como los conocemos. Guardaremos algunas que son clave. Las demás quedarán en lugares menos costosos, serán totalmente automáticas, con máquinas que actuarán como cajeros, monitores de televisión para contestar preguntas y estarán todas unidas a una computadora central. Al planear las nuevas sucursales, incluidas las nueve que defiendo aquí, es esa transición la que debemos anticipar.
– Alex tiene razón en eso de la automatización -dijo Leonard Kingswood-. Casi todos la vemos en nuestros propios negocios, avanza más rápido de lo que nunca hubiéramos sospechado.
– Lo que es igualmente importante -afirmó Alex- es que tenemos una ocasión de dar un salto hacia adelante ventajosamente, es decir, si lo hacemos dramáticamente, con olfato y fanfarria. La campaña de propaganda debe ser masiva, debe saturar. Señores, vean ustedes las cifras. Primero, nuestros actuales depósitos de ahorros… sustancialmente más bajos de lo que deben ser…
Avanzó ayudado por los informes y alguna ampliación ocasional de Tom Straughan. Alex sabía que las cifras y propuestas en las que él y Straughan habían trabajado juntos eran sólidas y lógicas. Sin embargo presentía una total oposición de parte de algunos miembros de la Dirección y falta de interés de parte de los otros. En un extremo de la mesa un director se llevó la mano a la boca, sofocando un bostezo.
Era evidente que había perdido. El plan de ahorros y expansión de las sucursales iba a ser rechazado, y representaría, igualmente, un voto de «no confianza» en él. Como anteriormente, Alex se preguntó cuánto tiempo se prolongaría su permanencia en el FMA. Parecía que había aquí poco futuro para él, y tampoco se veía participando en un régimen dominado por Heyward.
Decidió no perder más tiempo.
– Bien, no hablaré más, señores. A menos que alguno quiera hacer más preguntas.
No había esperado ninguna. Y, menos que nada, había esperado apoyo de la fuente de donde surgió, sorprendentemente.
– Alex -dijo Harold Austin con una sonrisa y tono amistoso-, quisiera darle las gracias. Francamente estoy impresionado. No esperaba que fuera así pero su argumentación ha sido convincente. Lo que es más, me gusta la idea de esas nuevas sucursales.
Algunos asientos más allá Heyward quedó atónito, y lanzó a Austin una mirada furiosa. El Honorable Harold lo ignoró y se dirigió a los otros que rodeaban la mesa.