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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Esa noche en su casa, el estudiar los informes financieros de las Inversiones Q, que también le había mandado el Gran George, Heyward comprobó que sus dos mil acciones tenían un valor neto de 20 000 dólares. Más adelante, si las Inversiones «Q» prosperaban o se hacían públicas, su valor sería mucho mayor.

En ese momento tenía la intención de devolver las acciones a G. G. Quartermain; después, recordando sus precarias finanzas personales que no habían prosperado en varios meses, vaciló. Finalmente cedió a la tentación y más tarde, la misma semana, puso los certificados en su caja fuerte de depósitos en la sucursal principal del FMA. No era, pensó Heyward, como privar al banco de dinero. No había hecho eso. De hecho, debido a la Supranational, la verdad era lo contrario. De manera que, si al Gran George se le ocurría hacerle un regalo amistoso, ¿por qué ser quisquilloso y rechazarlo?

Pero el haber aceptado todavía le preocupaba un poco, especialmente cuando el Gran George telefoneó al terminar la semana, esta vez desde Amsterdam, pidiendo medio millón adicional para las Inversiones «Q».

– Hay una única oportunidad para nuestro grupo «Q» de apoderarse de un montón de valores en Guilderland, que seguramente se irán a las nubes. No puedo decir mucho por un teléfono que no sea privado, Roscoe, debes confiar en mí.

– Claro que confío, George -dijo Heyward-, pero el banco querrá detalles.

– Los recibirás… mañana por correo… -tras lo cual el Gran George añadió, con énfasis-: No olvides que ahora eres uno de los nuestros.

Brevemente Heyward tuvo un segundo sentimiento: era como si G. G. Quartermain prestara más atención a sus inversiones privadas que a la dirección de la Supranational. Pero al día siguiente las noticias le tranquilizaron. El «Wall Street Journal» y otros diarios trajeron prominentes artículos sobre una importante adquisición ingeniero-industrial de la SuNatCo en Europa. Era un coup d'état comercial que hizo subir de golpe las acciones de la Supranational en los mercados de Londres y Nueva York, y pareció que el préstamo de FMA a la corporación gigante era aún más ventajoso.

Cuando Heyward entró en el despacho, mistress Callaghan lo saludó con su acostumbrada sonrisa de matrona.

– Los otros mensajes están sobre su escritorio, señor.

Él asintió, pero, una vez dentro, puso la pila a un lado. Vaciló mirando unos papeles que habían sido preparados, pero que aún no estaban aprobados, referentes al préstamo adicional para las Inversiones «Q». Después dejó también eso a un lado y, usando el teléfono de línea directa con el exterior, marcó el número del paraíso.

– Roscoe, tesoro -murmuró Avril mientras exploraba su oreja con la punta de la lengua- te apresuras demasiado. Espera. Quédate quieto. Quieto. Demorate -le acarició el hombro desnudo, después la columna vertebral, y sus uñas arañaron, agudas, pero suaves como seda.

Heyward gimió -una mezcla dolorosa, dulce, saboreada, de placer postergado- y obedeció.

Ella murmuró de nuevo:

– Vale la pena esperar, te lo juro.

Él sabía que así era. Siempre era así. Nuevamente se preguntó cómo alguien tan joven y tan bonita podía haber aprendido tanto, ser tan emancipada… sin inhibiciones… gloriosamente sabia.

Todavía no, Ros.… querido, todavía no. Así… Eso me gusta. Ten paciencia. Sus manos, hábiles y conocedoras, siguieron explorando. Él dejó que su cuerpo y su mente flotaran, sabiendo por experiencia que era mejor hacerlo todo… exactamente… como ella decía.

– ¡Oh, así me gusta, Roscoe! ¿No es maravilloso?

Él respiró.

– Sí. Sí.

– Pronto, Roscoe. Muy pronto.

Junto a él, sobre las dos almohadas encimadas, se expandía el pelo rojo de Avril. Sus besos le habían devorado. Su fragancia pesada, como de ambrosía, le llenaba las narices. Su cuerpo maravilloso, sinuoso, sometido, estaba debajo de él. Esto, le gritaban sus sentidos, era lo mejor de la vida, de la tierra y del cielo, aquí, en este momento.

La única dulce y agria tristeza era haber esperado tantos años para descubrirlo.

Nuevamente los labios de Avril buscaron los suyos y los encontraron. Ella suplicó:

– Ahora, Roscoe. Ahora, tesoro, ahora….

El dormitorio, como Heyward había observado al llegar, era típico del Hilton: limpio, eficientemente cómodo, un cubículo sin mayor carácter. Una reducida salita del mismo género quedaba afuera; en esta ocasión como en las anteriores, Avril había tomado una suite.

Estaban aquí desde el fin de la tarde. Después de hacer el amor se habían amodorrado, habían despertado, habían vuelto a hacer el amor, aunque no con éxito total, y después habían vuelto a dormir una hora. Ahora ambos se estaban vistiendo. El reloj de Heyward marcaba exactamente las ocho de la noche.

Estaba exhausto, físicamente agotado. Más que nada deseaba volver a su casa y acostarse… solo. Se preguntó en cuánto tiempo podría despedirse decentemente.

Avril estaba en la salita, telefoneando. Cuando volvió, dijo:

– He pedido que nos traigan la comida, amorcito. La subirán en seguida.

– Maravilloso, querida.

Avril se había puesto unas medias-slip transparentes. Sin sujetador. Empezó a cepillarse el largo pelo, que estaba en desorden. Él se sentó en la cama, la contempló y, pese a su cansancio, comprobó que cada movimiento de ella era sinuoso y sensual. Comparada con Beatrice, a quien él tenía costumbre de ver diariamente, Avril era muy joven. De pronto se sintió deprimentemente viejo.

Pasaron a la salita, donde Avril dijo:

– Abramos el champaña.

Estaba en un armario, en un balde con hielo. Heyward lo había notado antes. Casi todo el hielo se había derretido, pero la botella seguía fría. Tiró inexpertamente del alambre y el corcho.

– No quieras sacar el corcho -dijo Avril-. Tuerce la botella unos cuarenta y cinco grados, después agarra el corcho y haz girar la botella.

Dio fácilmente resultado. Ella sabía mucho.

Apoderándose de la botella, Avril llenó dos vasos. Él movió la cabeza.

– Sabes que no bebo, querida.

– Te hará sentirte más joven -le tendió el vaso. Cuando él cedió y lo tomó, se preguntó si había adivinado ella sus pensamientos.

Cuando hubieron bebido dos vasos más y llegó la comida, él se sentía en verdad más joven.

Cuando el camarero se fue, Heyward dijo:

– Deberías dejarme pagar esto -unos minutos antes había sacado la billetera, pero Avril la había puesto a un lado y había firmado una nota.

– ¿Por qué, Roscoe?

– Porque debes permitir que pague algunos de tus gastos… las cuentas del hotel, el costo del vuelo desde Nueva York -estaba enterado de que Avril tenía un apartamento en Greenwich Village-. Es demasiado para que lo pagues sola.

Ella le miró con curiosidad, y tuvo una risa diáfana.

– ¿No supondrás que yo pago todo esto? -Señaló la suite-. ¿Crees que gasto así mi dinero? ¡Roscoe, nene, debes estar loco!

– ¿Entonces quién paga?

– ¡La Supranational, tontito! Todo es por cuenta de ellos… esta suite, la comida, mi pasaje, mi tiempo… -se acercó a la silla de él y le besó; sus labios eran llenos, húmedos-. No te preocupes más.

Pero él permaneció inmóvil, abrumado y silencioso, absorbiendo el impacto de lo que ella había dicho. La ablandadora potencia del champaña todavía recorría su cuerpo, pero su mente estaba clara.

Mi tiempo. Aquello lastimaba más que todo. Hasta este momento había supuesto que el motivo por el cual Avril le había telefoneado después del viaje a las Bahamas, sugiriendo que volvieran a verse, era porque él le gustaba y había disfrutado -tanto como él- de lo que había pasado entre ellos.

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