Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Heyward reconoció el número: el Columbia Hilton Hotel. Miss Deveraux era Avril.
Se habían visto dos veces desde el viaje a las Bahamas, hacía mes y medio. Ambas veces se habían encontrado en el Columbia Hilton. Y cada vez, como durante aquella noche en Nassau, cuando él había apretado el botón número siete para que Avril viniera a su cuarto, ella le había llevado a una especie de paraíso, un lugar de éxtasis sensual como él nunca había soñado que existiera. Avril conocía cosas increíbles que podían hacerse a un hombre y que -durante la primera noche- primeramente le había sorprendido y luego deleitado. Después la habilidad de ella había despertado ola tras ola de placer sensual, hasta que él había gritado de puro deleite, usando palabras que ignoraba haber conocido. Y luego Avril había sido amable, acariciante, cariñosa y paciente, hasta que, ante su sorpresa y exaltación, él se había excitado nuevamente.
Fue entonces cuando empezó a darse cuenta, con una claridad que había aumentado desde entonces, que gran cantidad de la pasión y la gloria de la vida: la mutua exploración, exaltación, el compartir, el dar y el recibir, nunca habían sido conocidos por él y Beatrice.
Para Roscoe y Beatrice el descubrimiento había llegado demasiado tarde, aunque era un descubrimiento que quizá Beatrice nunca hubiera querido. Pero Roscoe y Avril todavía tenían tiempo; y lo habían probado en los momentos pasados juntos desde Nassau. Miró su reloj sonriendo… la sonrisa que había percibido Alex Vandervoort.
Iría a ver a Avril lo antes posible, lógicamente. Eso representaba cambiar los planes de esta tarde y los de la noche, pero la cosa no importaba. Incluso en este momento la idea de verla una vez más le excitaba, de manera que su cuerpo se agitaba y reaccionaba como el de un joven.
En escasas ocasiones, desde que había iniciado su aventura con Avril, le habían turbado los problemas de conciencia. En los recientes domingos en la iglesia, el texto que había leído en voz alta antes de ir a las Bahamas le perseguía: La justicia exalta a una nación, pero el pecado es un reproche en cualquier pueblo. En tales momentos se consolaba con las palabras de Cristo en el Evangelio de San Juan: Aquel de entre vosotros que esté libre de pecado, arroje la primera piedra… Y: Vosotros juzgáis según la carne, yo no juzgo a ningún hombre. Heyward incluso se permitió reflexionar -con una ligereza que le hubiera dejado atónito hacía escaso tiempo- que la Biblia, como las estadísticas, podían usarse para probar cualquier cosa.
En todo caso, la discusión no tenía importancia. La intoxicación producida por Avril era más fuerte que la llamada de la conciencia.
Al dirigirse desde la sala de conferencias hacia sus oficinas en el mismo piso, pensó, radiante: el encuentro con Avril sería la culminación de un día triunfal, con la aprobación de sus propuestas para la Supranational y su prestigio profesional en el cenit de la Dirección. Naturalmente, le había fastidiado lo ocurrido por la tarde, y se había enojado ante lo que consideraba una traición de Harold Austin, aunque inmediatamente había comprendido los motivos egoístas que lo motivaban. De todos modos.
Heyward dudaba bastante que las ideas de Vandervoort provocaran éxitos reales. El efecto, en los beneficios bancarios del año, de sus acuerdos con la Supranational iba a ser muchísimo más grande.
Lo que le recordó que debía tomar una decisión sobre un millón y medio de dólares adicionales requerido por el Gran George Quartermain, como prolongación de préstamo a las Inversiones «Q».
Roscoe Heyward frunció el ceño levemente. Imaginaba que en todo el asunto de las Inversiones «Q» había alguna leve irregularidad, aunque debido al compromiso del banco con la Supranational y viceversa, la cosa no parecía grave.
Había planteado el asunto en un memorial confidencial a Jerome Patterton hacía más o menos un mes.
G. G. Quartermain de la Supranational me ha telefoneado dos veces desde Nueva York, sobre un proyecto personal suyo llamado las Inversiones «Q». Se trata de un pequeño grupo privado del cual Quartermain (El Gran George) es el principal, y nuestro propio director, Harold Austin, es miembro. El grupo ha comprado ya grandes cantidades de valores de varias empresas de la Supranational en términos ventajosos. Se han planeado más compras.
Lo que el Gran George desea de nosotros es un préstamo para las inversiones «Q» de US $ 1 ½ millones, al mismo bajo interés que el préstamo a la Supranational, aunque sin requerimiento de balance compensatorio. Señala que el balance compensatorio de la SuNatCo será amplio como para sobrepasar este préstamo personal… lo que es verdad, aunque, lógicamente, no hay garantía cruzada.
Debo señalar que Harold Austin también me ha telefoneado para urgir que se haga el préstamo.
De hecho el Honorable Harold había recordado bruscamente a Heyward acerca de un quid pro quo -una deuda contraída con el fuerte apoyo de Austin en el tiempo de la muerte de Ben Rosselli. Era un apoyo que Heyward iba a continuar necesitando cuando Patterton -el Papa interino- se retirara, dentro de ocho meses.
El memorial a Patterton continuaba:
Francamente el interés propuesto en este préstamo es muy bajo, y dejar a un lado un balance compensatorio será una gran concesión. Pero, en vista de los negocios de la Supranational, que nos ha dado el Gran George, creo que sería prudente seguir adelante.
Recomiendo el préstamo. ¿Está usted de acuerdo?
Jerome Patterton había devuelto el memorial con un lacónico «Sí» escrito a lápiz a continuación de la pregunta final. Conociendo a Patterton, Heyward pensó que apenas había concedido al asunto más que una rápida mirada.
Heyward no veía motivo para meter a Alex Vandervoort en el asunto, y el préstamo tampoco era tan grande como para requerir la aprobación del Comité de Política Monetaria. Por lo tanto, unos días después, Roscoe Heyward había aprobado iniciando el préstamo, cosa que tenía autoridad para hacer.
Pero para lo que no tenía autoridad -y no había informado a nadie- era para una transacción personal entre él y G. G. Quartermain.
En la segunda conversación telefónica sobre las Inversiones Q, el Gran George, que le había llamado desde la SuNatCo de Chicago, había dicho:
– He estado hablando de ti con Harold Austin, Roscoe. Ambos creemos que ya es hora que te metas en nuestro grupo de inversiones. Queremos tenerte con nosotros. Te he hecho conceder dos mil acciones que serán consideradas como ya pagadas. Son certificados nominales en blanco… es más discreto de esta manera. Los he mandado por correo.
Heyward se había quedado de una pieza.
– Gracias, George, pero me parece que no puedo aceptar.
– Demonio, ¿por qué no?
– No es moral.
El Gran George había gruñido.
– Estamos en un mundo real, Roscoe. Este tipo de cosas pasa a diario entre los clientes y los banqueros. Tú lo sabes. Y yo lo sé.
Sí, Heyward sabía que la cosa pasaba, aunque no «a diario», como afirmaba el Gran George, y Heyward nunca había permitido que le sucediera una cosa semejante.
Antes de que pudiera contestar, Quartermain insistió:
– Vamos, muchacho, no seas tonto. Si eso te hace sentir mejor, diremos que las acciones son en agradecimiento por tu consejo sobre las inversiones.
Pero Heyward sabía que él no había dado consejo sobre las inversiones, ni entonces ni después.
Uno o dos días después los certificados de acciones de Inversiones «Q» llegaron por correo certificado, en un sobre con muchos sellos y con la marca: Estrictamente Personal y Confidencial. Ni siquiera Dora Callaghan abrió ese sobre.