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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Creo que debemos ver esto con la mente abierta, dejando a un lado nuestros desacuerdos de la mañana.

Leonard Kingswood asintió, y también lo hicieron algunos otros. La mayoría de los directores combatió la somnolencia de después del almuerzo, y volvió a prestar atención. Por algo Austin era el miembro más antiguo de la Dirección. Su influencia era penetrante. También le gustaba llevar a los otros a compartir sus puntos de vista.

– Al principio de su comentario, Alex -dijo-, habló usted de un retorno al ahorro personal y a la dirección que deberían dar algunos bancos como el nuestro.

– Así es.

– ¿Podría usted ampliar esa idea?

Alex vaciló.

– Supongo que sí.

¿Debería hacerlo? Alex pensó las consecuencias. Ya no estaba sorprendido de la intervención. Sabía exactamente por qué Austin había cambiado de lado. La publicidad. Antes, cuando Alex había sugerido «una campaña publicitaria masiva», hasta la «saturación», había visto cómo se levantaba la cabeza de Austin, con el interés claramente acusado. Desde ese momento no había sido difícil ver en el interior de esa cabeza. La Agencia de Publicidad Austin, debido a que el Honorable Harold estaba en la Dirección y tenía influencia en el FMA, tenía el monopolio de los asuntos publicitarios del banco. Una campaña tal como la que planeaba Alex, daría sustanciales beneficios a la Agencia Austin.

La acción de Austin representaba un conflicto de intereses de la manera más grosera -el mismo conflicto de intereses que Alex había atacado por la mañana ante el nombramiento de Roscoe Heyward como componente de la Dirección de la Supranational, Alex había preguntado entonces: ¿Qué intereses pondría primero Roscoe? ¿Los de la Supranational o los de los accionistas del First Mercantile American? Ahora podía hacerse una pregunta similar en el caso de Austin.

La respuesta era clara. Austin cuidaba sus propios intereses; los del FMA venían después. Nada importaba que Alex creyera en el plan. El apoyo -por motivos egoístas- era antimoral, un abuso de confianza.

¿Iba Alex a revelar eso? Si lo hacía, iba a provocar un tumulto todavía mayor que el de esta mañana, y volvería a perder.

Los directores se mantenían juntos como los compañeros de una logia. Además, tal enfrentamiento terminaría, seguramente, con la presencia de Alex en el FMA. ¿Valía eso la pena? ¿Era necesario? ¿Acaso sus deberes requerían que fuera custodio de la conciencia de la Dirección? Alex no estaba seguro. Entretanto los directores miraban y esperaban.

– Sí -dijo- me he referido, como Harold ha recordado, a la economía y a la necesidad de dirección -Alex miró unas notas que, unos minutos antes, había decidido descartar.

– Se ha dicho con frecuencia -dijo a los atentos directores- que el gobierno, la industria y el comercio de todo tipo se basan en el crédito. Sin crédito, sin préstamos, sin solicitudes de dinero… pequeñas, medianas y masivas, los negocios se desintegrarían y la civilización se marchitaría. Los banqueros saben bien esto.

»Sin embargo, son más cada vez los que creen que el pedir prestado y el déficit financiero es una locura, y han eclipsado toda razón. Especialmente esto es verdad en lo que a los gobiernos se refiere. El gobierno de los Estados Unidos ha acumulado una montaña enorme de deudas, que está mucho más allá de nuestra capacidad de pago. Otros gobiernos están en iguales o peores condiciones. Éste es el verdadero motivo de la inflación y el descenso de las monedas, aquí y en el extranjero.

»En una extensión notable -prosiguió- la abrumadora deuda gubernamental es igualada por una deuda corporativa pantagruélica. Y, en un plano financiero más bajo, millones de personas -individuos que siguen ejemplos establecidos nacionalmente- han asumido pesadas deudas que no pueden pagar. El total de la deuda de Estados Unidos llega a un billón y medio de dólares. La deuda nacional de consumidor se acerca ahora a los doscientos mil millones de dólares. En los últimos seis años más de un millón de norteamericanos se han declarado en bancarrota.

»En algún punto del camino -nacional, corporativa, individualmente- hemos perdido la antigua verdad del ahorro y el buen gobierno, de equilibrar lo que gastamos con lo que ganamos, y de guardar lo que debemos dentro de límites honrados.

Bruscamente el tono de la Dirección pareció más sobrio. Respondiendo a esto Alex dijo, tranquilo:

– Me gustaría poder decir que hay algún camino para salir de lo que he descrito. No estoy convencido de que lo haya. Pero los caminos se inician por la acción decidida en alguna parte. ¿Por qué no aquí?

»En la naturaleza de los tiempos, los depósitos de ahorros… más que cualquier otro tipo de actividad monetaria… representan la prudencia financiera. Nacional e individualmente necesitamos más prudencia. Una manera de lograrla es por medio de enormes aumentos de los ahorros.

»Puede haber tremendos aumentos… si nos comprometemos y si trabajamos. Y aunque los ahorros personales solos no devuelvan a todo la salud fiscal es, por lo menos, un importante movimiento hacia ese fin. Por esto hay una ocasión para ejercer la dirección y también… aquí y ahora… porque creo que este banco debe ejercerla.

Alex se sentó. Unos segundos después se dio cuenta de que no había mencionado sus dudas respecto a la intervención de Austin.

Leonard Kingswood rompió el breve silencio que había seguido.

– El buen sentido y la verdad no siempre son agradables de oír. Pero me parece que en este caso hemos escuchado algo.

Philip Johannsen gruñó, después dijo, malhumorado:

– Acepto parte de eso.

– Yo lo acepto todo -dijo el Honorable Harold-. En mi opinión la Dirección debe aprobar el plan de ahorro y expansión tal como ha sido presentado. Yo pienso votarlo. Pido a los demás que hagan lo mismo.

Esta vez Roscoe Heyward no mostró su rabia, aunque su cara se había puesto dura. Alex supuso que Heyward también sospechaba los motivos del apoyo de Harold Austin.

Siguieron otros quince minutos de discusión, hasta que Jerome Patterton usó el martillo y llamó a votar. Por abrumadora mayoría las propuestas de Alex Vandervoort fueron aprobadas. Los únicos que se opusieron fueron Floyd LeBerre y Roscoe Heyward.

Al salir de la sala de conferencias Alex percibió que la hostilidad no se había desvanecido. Era evidente que algunos directores estaban todavía resentidos por su exposición de la mañana acerca de la Supranational. Pero el último e inesperado desarrollo le había dado ánimo, y se sentía menos pesimista en cuanto a la continuidad de su papel en el FMA.

Harold Austin lo atajó:

– Alex, ¿cuándo pondrán en marcha el plan de ahorros?

– Inmediatamente -no queriendo ser descortés, añadió-: Gracias por su apoyo.

Austin asintió.

– Me gustaría venir con dos o tres personas de la agencia para discutir el plan de campaña.

– Bien. La semana que viene.

De manera que Austin había confirmado así, sin demora y sin vergüenza, lo que Alex había deducido. Aunque, para ser justo, pensó Alex, la Agencia de Publicidad Austin trabajaba bien y podía ser elegida para dirigir como se debía la campaña de ahorros.

Estaba racionalizando y lo sabía. Al guardar silencio hacía unos minutos había sacrificado los principios a un logro. Se preguntó lo que Margot podría pensar de su sometimiento.

El Honorable Harold dijo afablemente:

– Entonces será hasta pronto.

Roscoe Heyward, que había dejado la sala de conferencias antes que Alex, fue detenido por un mensajero del banco uniformado, que le entregó un sobre cerrado. Heyward lo abrió y sacó una hojita de papel doblada. Al leerla se alegró visiblemente, miró el reloj y sonrió. Alex se preguntó el por qué de aquello.

13

La nota era muy simple. Escrita a máquina por la secretaria de confianza de Roscoe, Dora Callaghan, le informaba que Miss Deveraux había telefoneado, para comunicarle que estaba en la ciudad y que deseaba verle cuanto antes. La nota proporcionaba un número de teléfono y un interno.

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