La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
El general se lleva las manos al pecho en un gesto que ha visto en algunas pinturas, y pone su vida a disposición del Rey. Asegura ser también el devoto servidor de la constitución, y alguien, dice, ha estado pagando una gran cantidad de dinero.
La Reina lo observaba con enojo desde la penumbra.
Lafayette apostó unas patrullas alrededor del palacio y la ciudad, observó desde una ventana la luz de las antorchas y oyó voces que cantaban. Unas baladas, sin duda, referentes a la vida de la corte. De pronto se sintió presa de la melancolía, una especie de nostalgia de sus días heroicos. Tras comprobar que todo estaba en orden, se dirigió de nuevo a los aposentos reales pero no le permitieron pasar. El Rey y su familia se habían acostado.
Hacia el amanecer se acostó vestido y cerró los ojos. Al cabo de un rato lo llamó el general Morfeo.
Ha salido el sol. Suenan unos tambores. Una pequeña puerta ha quedado abierta, por negligencia o traición. De pronto se oyen unos disparos, los guardias se ven incapaces de contener a la multitud, y a los pocos minutos aparecen unas cabezas clavadas en las picas. La muchedumbre invade el palacio. Las mujeres, armadas con cuchillos y palos, corren por las galerías en busca de víctimas.
El general se despierta. Antes de que llegue al palacio, la multitud alcanza la puerta del salón del Ojo de Buey, pero los guardias nacionales la obligan a retroceder. «¡Dame el hígado de la Reina! -grita una mujer-. ¡Lo echaré en el puchero!» Antes de que Lafayette se dirija a pie hacia el castillo -no tiene tiempo de esperar a que le traigan un caballo-, la muchedumbre ya ha colgado a varios miembros de la guardia personal del Rey. La familia real está a salvo en el salón. Los hijos de los Reyes lloran. La Reina está descalza. Ha escapado por los pelos.
Al fin llega Lafayette. Mira a la mujer que va descalza, la mujer que le obligó a abandonar la Corte, que solía burlarse de sus modales y de su forma de bailar. Ahora, sin embargo, necesita que le demuestre algo más que las habilidades de un cortesano. La multitud grita enfurecida bajo las ventanas. Lafayette señala el balcón.
– Es necesario -dice.
Cuando aparece el Rey, la multitud agita las picas y los fusiles y grita: «¡A París!»
Luego piden que salga la Reina.
En el salón, el general le invita a que aparezca en el balcón.
– ¿No oís lo que gritan? -protesta la Reina-. ¿No habéis visto los gestos que hacen?
– Sí -contesta Lafayette, pasándose un dedo por el cuello-. Pero o salís a su encuentro o ellos vendrán a por vos. Salid, señora, os lo ruego.
La Reina agarra a sus hijos de la mano y sale al balcón.
– ¡Los niños no! -grita la multitud.
La Reina suelta la mano del Delfín, y éste y su hermana entran de nuevo en el salón.
María Antonieta se enfrenta sola a la muchedumbre, mientras Lafayette trata de calcular las consecuencias. Al anochecer habrá estallado la guerra, será un infierno. Al cabo de unos instantes sale al balcón y se coloca junto a la Reina, confiando en protegerla con su cuerpo en caso de que… La multitud no deja de rugir. De pronto, Lafayette se inclina ante la Reina y le besa la mano.
La muchedumbre comienza a gritar: «¡Viva Lafayette!» El general se estremece ante ese repentino cambio. Una voz grita: «¡Viva la Reina!» Hace una década que nadie vitoreaba a la Reina. Ésta se apoya ligeramente en Lafayette y lanza un suspiro de alivio. Un guardia sale para atenderla, luciendo un sombrero con la roseta tricolor. La multitud aclama a los monarcas. El Rey declara que irá a París.
El viaje dura todo el día.
De camino a París, Lafayette cabalga junto al coche del Rey, sin apenas despegar los labios. A partir de ese día, él mismo se encargará de elegir a la escolta del Soberano. Desea proteger a la nación del Rey, y al Rey del pueblo. He salvado la vida de la Reina. En aquel momento recuerda su rostro pálido como la cera, sus pies descalzos, la siente apoyarse en él cuando la multitud empezó a aclamarla, a punto de desfallecer. Jamás se lo perdonará. Las fuerzas armadas están ahora a mi disposición, piensa Lafayette, mi posición será inatacable… Pero por el camino, entre las sombras, una multitud de rostros anónimos grita: «¡Aquí vienen el panadero, la mujer del panadero y el aprendiz del panadero!» Los guardias nacionales y los guardias personales del Rey se intercambian los sombreros, lo cual les da un aire ridículo. Pero más ridículas son las cabezas ensangrentadas, clavadas en unas picas, que se agitan e inclinan ante la comitiva real.
Eso sucedió en octubre.
La Asamblea siguió al Rey a París, alojándose temporalmente en el palacio del arzobispo. El Club Bretón reanudó sus sesiones en el refectorio de un edificio conventual vacío situado en la rue Saint-Jacques. La gente llamaba a los dominicos, antiguos inquilinos del mismo, «jacobinos», nombre que siguieron ostentando los diputados, periodistas y hombres de negocios que se reunían allí para debatir, como si se tratara de una segunda Asamblea. A medida que el número de miembros aumentaba, se trasladaron a la biblioteca; y por último a la vieja capilla, que tenía una galería abierta al público.
En noviembre la Asamblea se mudó a una vieja escuela de equitación. La sala era pequeña, estaba mal iluminada y tenía una forma extraña, por lo que resultaba difícil hacerse oír en ella. Los miembros se sentaban los unos frente a los otros, separados por un pasillo. En un extremo de la sala estaba situado el sillón del presidente y la mesa de los secretarios; en el otro, la tribuna de oradores. Los defensores del poder real ocupaban unos asientos a la derecha del pasillo; los patriotas, como solían denominarse, se situaban a la izquierda.
Una estufa colocada en medio del suelo proporcionaba calor, pero debido a la deficiente ventilación el aire era casi irrespirable. El doctor Guillotin sugirió que esparcieran todos los días por el suelo unas gotas de vinagre y unas hierbas. Las galerías públicas eran también muy reducidas, por lo que los trescientos espectadores que albergaban podían ser fácilmente organizados y controlados, no necesariamente por las autoridades.
A partir de entonces, los parisienses llamaban siempre a la Asamblea «la Escuela de Equitación».
Rue Condé: hacia finales de año, Claude permitió que se suavizaran las tensiones familiares. Annette dio una fiesta. Sus hijas invitaron a sus amigos, y los amigos invitaron a sus amigos. En un determinado momento, Annette miró a su alrededor, pensando: «Si estallara un fuego, buena parte de la Revolución quedaría reducida a cenizas.»
Antes de que llegaran los convidados había discutido con Lucile, como de costumbre.
– Deja que te recoja el cabello en un moño -dijo Annette-. Como solía hacerlo, con flores.
Lucile respondió con vehemencia que prefería morirse. No quería llevar horquillas, cintas ni flores en el pelo. Quería llevar la melena suelta, para agitarla a su antojo.
– Si quieres imitar a Camille -replicó su madre, enojada-, al menos hazlo bien. Si sigues moviendo la cabeza de ese modo acabarás con tortícolis. -Adèle se tapó la boca con la mano y se echó a reír-. Debes hacerlo así -dijo Annette, haciendo una demostración-. No puedes echar la cabeza hacia atrás y al mismo tiempo sacudirla para apartarte el flequillo de los ojos. Son dos movimientos separados.
– Puede que tengas razón -contestó Lucile-. Inténtalo tú, Adèle. Ponte de pie, para que veamos el efecto.
Las tres mujeres se colocaron delante del espejo y se echaron a reír a carcajadas.
– Fijaos en esto -dijo Lucile.
De pronto se puso seria, mirándose en el espejo en un arrebato de narcisismo, y se apartó un mechón imaginario con un delicado gesto.
– Idiota -dijo su madre-. El ángulo de la muñeca no es correcto. ¿Es que no tienes ojos en la cara?
Lucile la miró con cara de asombro, imitando a Camille, y respondió:
– Sólo nací ayer.
Adèle y su madre estallaron de nuevo en carcajadas. Adèle se arrojó sobre la cama de su madre, llorando de risa.