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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Mientras Dillon y él atravesaban de nuevo la habitación, Camille vio reflejado en un espejo su rostro afilado y demacrado. Los relojes dieron las once.

– Es casi la hora de cenar -dijo Dillon. Al volverse advirtió la expresión de desconcierto de Camille-. No ponga esa cara. Lo importante es el poder. Usted lo tiene. Cambia las cosas.

– Lo sé. Aún no me he acostumbrado a él.

Todos lo miraban con curiosidad, murmurando entre sí: «¿Quién es?» «¿Ese?» «¿De veras es él?»

El general Dillon lo observó, minutos más tarde, rodeado de un grupo de mujeres. Su identidad había sido descubierta. Las mujeres lo miraban con franca admiración, con la boca levemente abierta y los ojos clavados en él. Un espectáculo poco edificante, pensó el general. Pero así son las mujeres. Hace tres meses, ni siquiera se habrían fijado en él.

El general era un buen hombre. Se había propuesto seguir de cerca la trayectoria de Camille, y eso es lo que hizo a partir de aquella noche, intermitentemente, a lo largo de los cinco años siguientes. Aunque parezca estúpido, cuando pensaba en Camille sentía deseos de protegerlo.

¿Debía tener el Rey el poder de vetar las acciones de la Asamblea Nacional?

La gente apodaba a la Reina la Señora Veto.

Sin veto, dijo Mirabeau crípticamente, era como vivir en Constantinopla. Pero dado que los ciudadanos de París se oponían unánimemente al veto (la mayoría de ellos creían que se trataba de un nuevo impuesto), Mirabeau soltó ante la Asamblea un discurso incomprensible, que más bien parecía obra de un contorsionista de feria que de un estadista. Al fin llegaron a un acuerdo: el Rey tendría el poder no de bloquear sino de postergar la legislación. Una solución que no satisfizo a nadie.

La confusión de la gente iba en aumento. Un orador en una esquina de París:

– La semana pasada se dio a los aristócratas los vetos suspensivos, y han empezado a utilizarlos para comprar todo el maíz y sacarlo del país. Por eso no tenemos pan.

Octubre: nadie sabía si el Rey pensaba ejercer la resistencia, o huir. En cualquier caso, había unos nuevos regimientos en Versalles, y cuando llegó el regimiento de Flandes la guardia personal del Rey les ofreció un banquete en palacio.

Fue una cosa poco delicada, aunque los agitadores también hubieran puesto el grito en el cielo si se hubiera tratado de una gira.

Cuando apareció el Rey, acompañado de su esposa y el pequeño Delfín, un coro de embriagadas voces lo aclamaron con fervor. El niño fue subido sobre la mesa y todos alzaron sus copas gritando contra los rebeldes. La roseta tricolor fue arrojada al suelo y pisoteada.

Eso sucedió el sábado, 3 de octubre. En Versalles se celebraba un fastuoso banquete mientras en París la gente se moría de hambre.

A las cinco de esa tarde, el presidente Danton habló ante la asamblea del distrito, golpeando la mesa con el puño. Los ciudadanos cordeliers arrasarán la ciudad, dijo. Se vengarán de ese insulto a los patriotas. Salvarán París de la amenaza real. Los batallones convocarán a sus camaradas de todos los distritos y se lanzarán a las calles. Obligarán al Rey a regresar a París, para vigilarlo. Si todo falla, el mismo presidente Danton irá a Versalles y traerá a Luis aunque sea a rastras. No quiero saber nada más del Rey, dijo el abogado de la Corona.

Stanislas Maillard, un funcionario del tribunal del Châtelet, arengaba a las vendedoras del mercado, refiriéndose a sus pobres hijos hambrientos. No tardó en formarse una procesión encabezada por Maillard, un hombre alto y enjuto que parecía una de esas ilustraciones de la Muerte que figuran en los libros. A su derecha marchaba una vendedora ambulante, una vagabunda, conocida en los ambientes marginales como la Reina de Hungría. A su izquierda un loco escapado de un asilo, sujetando una botella de licor barato. La bebida se deslizaba por las comisuras de su boca y su barbilla. Sus ojos carecían de expresión. Era domingo.

El lunes por la mañana, Danton preguntó a sus secretarios:

– ¿Acaso teníais pensado ir a algún sitio?

En realidad, habían pensado pasar el día en Versalles.

– Esto es un bufete, no un cuartel general de campo.

– Danton tiene un importante caso entre manos -informó Paré a Camille-. No quiere que le molesten. ¿Acaso pensaba usted ir a Versalles?

No, realmente no. A propósito, ¿se trata del mismo caso que llevaba entre manos el día que tomaron la Bastilla?

– La apelación -contestó Danton al otro lado de la puerta de su despacho.

Santerre, comandante de un batallón de la Guardia Nacional, dirige un ataque contra el Ayuntamiento; roban un poco de dinero y destruyen unos documentos. Las vendedoras del mercado corren por las calles, obligando a las mujeres que encuentran a unirse a ellas, exhortándolas, amenazándolas. En la Place de Grève la multitud coge algunas armas. Quieren que la Guardia Nacional les acompañe a Versalles, con Lafayette a la cabeza. Desde las nueve hasta las once de la mañana, el marqués trata de disuadirlos.

– El Gobierno nos está engañando -le dice un joven-. Debemos traer al Rey a París. Si, tal como dicen, es un imbécil, coronaremos a su hijo, usted será el regente y todo irá mucho mejor.

A las once, Lafayette discute con el comité de policía. Durante toda la tarde permanece tras una barricada, a la espera de recibir noticias. A las cinco parte para Versalles a la cabeza de quince mil guardias nacionales. La multitud es incalculable. Está lloviendo.

Un grupo de mujeres ha invadido la Asamblea. Están sentadas en los bancos de los diputados, con las faldas arremangadas, bromeando y metiéndose con los diputados. Una pequeña delegación de las mujeres se presenta ante el Rey, y éste les promete todo el pan que consigan reunir. ¿Pan o sangre? Théroigne está fuera, hablando con los soldados. Lleva un traje de montar escarlata y sostiene un sable. La lluvia ha deslucido las plumas del sombrero.

El general Lafayette recibe un mensaje: el rey Luis ha decidido aceptar la Declaración de los Derechos del Hombre. ¿De veras? Al general, cansado y desalentado, con las manos apoyadas en la silla mientras la lluvia se desliza por su puntiaguda nariz, esa noticia le trae sin cuidado.

París: Fabre habla en los cafés, expresando su opinión.

– El caso -dice-, es que cuando alguien inicia una cosa así, es justo y lógico que la gente lo reconozca. No se puede negar que la iniciativa fue tomada por el presidente Danton y su distrito. En cuanto a la marcha, nadie mejor que las mujeres de París para emprenderla. No van a disparar contra las mujeres.

Fabre no se sentía decepcionado por el hecho de que Danton se hubiera quedado en casa sino más bien aliviado. Empezaba a percibir por dónde soplaba el viento. Camille tenía razón; en público, ante sus seguidores, Danton poseía un aura de grandeza. A partir de ahora, Fabre le instaría siempre a proteger su integridad física.

Es de noche. Todavía llueve. Los hombres de Lafayette aguardan en la oscuridad mientras éste es interrogado por la Asamblea. ¿Cuál es la razón de esa inoportuna manifestación militar?

Lafayette lleva en el bolsillo una nota del presidente de esta Asamblea, rogándole que conduzca a sus hombres a Versalles para rescatar al Rey. Está tentado de meter la mano en el bolsillo para comprobar que la nota no es un sueño, pero no puede hacerlo delante de la Asamblea porque lo considerarían un gesto irrespetuoso. ¿Qué haría Washington en su lugar?, se pregunta inútilmente. Así pues, permanece de pie, cubierto de barro, respondiendo a esas extrañas preguntas con voz ronca. ¿Sería posible persuadir al Rey de que pronunciara, para ahorrarnos problemas, un breve discurso en favor de los nuevos colores nacionales?

Algo más tarde, agotado, es conducido en presencia del Rey y, todavía cubierto de barro, habla con Su Majestad, con el hermano de Su Majestad, el conde de Provenza, el arzobispo de Burdeos y el señor Necker.

– Bien -dice el Rey-, supongo que has hecho lo que has podido.

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