Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 ... 100
Перейти на страницу:

Mientras Alice deslizaba los pies dentro de sus zapatos, el pastor añadió:

—No, no se pongan de pie, damas y caballeros. La señora Brady ha pedido que le dediquemos un momento.

Alice, haciendo caso a estas palabras, volvió a quitarse los zapatos. Una mujer bajita y de mediana edad avanzó hacia la parte delantera, ese tipo de mujer que su padre habría descrito como «bien guarnecida», con el firme relleno y las sólidas curvas que suelen relacionarse con un buen sofá.

—Es por la biblioteca itinerante —dijo ella mientras se daba aire en el cuello con un abanico blanco y se ajustaba el sombrero—. Ha habido mejoras de las que me gustaría informarles.

»Todos somos conscientes de los…, eh…, devastadores efectos que la Depresión ha traído a este gran país. Se ha prestado tanta atención a la supervivencia que muchos otros aspectos de nuestras vidas han tenido que dejarse en un segundo plano. Puede que algunos de ustedes conozcan los enormes esfuerzos que el presidente y la señora Roosevelt han realizado para recuperar la atención sobre la alfabetización y el aprendizaje. Pues bien, esta misma semana he tenido el privilegio de asistir a una merienda con la señora Lena Nofcier, presidenta de los Servicios Bibliotecarios de la Asociación de Padres y Maestros de Kentucky, y nos ha contado que, dentro de estos servicios, la WPA, la Agencia para el Desarrollo del Empleo, ha establecido un sistema de bibliotecas itinerantes en varios estados e incluso un par de ellas aquí, en Kentucky. Quizá alguno de ustedes haya oído hablar de la biblioteca que han abierto en el condado de Harlan. ¿Sí? Pues ha resultado tener un éxito increíble. Con el patrocinio de la señora Roosevelt en persona y la WPA…

—Es episcopaliana.

—¿Qué?

—La señora Roosevelt. Es episcopaliana.

La mejilla de la señora Brady se movió con un tic.

—Bueno, no vamos a echarle eso en cara. Es nuestra primera dama y se está ocupando de hacer grandes cosas por nuestro país.

—De lo que debería ocuparse es de saber cuál es su sitio y no de ir sembrando cizaña por todas partes. —Un hombre con papada y traje claro de lino negó con la cabeza y miró a su alrededor buscando aprobación.

Al otro lado, Peggy Foreman se inclinó hacia delante para colocarse bien la falda justo en el momento en que Alice fijaba la vista en ella, lo que hizo que pareciera que Alice llevaba rato mirándola. Peggy frunció el ceño y levantó su diminuta nariz y, a continuación, murmuró algo a la muchacha que tenía al lado, que se inclinó hacia delante para lanzar a Alice la misma mirada de antipatía. Alice volvió a apoyar la espalda en su asiento mientras trataba de reprimir el sofoco que empezaba a elevarse por sus mejillas.

«Alice, no vas a adaptarte hasta que hagas algunas amistades», le decía siempre Bennett, como si ella pudiese influir en Peggy Foreman y su pandilla de caras amargadas.

—Tu novia está lanzándome maleficios otra vez —murmuró Alice.

—No es mi novia.

—Pues ella creía que lo era.

—Ya te lo dije. Solo éramos unos niños. Te conocí y…, en fin, ahí terminó todo.

—Ojalá se lo dijeras a ella.

Bennett se inclinó hacia ella.

—Alice, por esa contención con la que siempre te comportas, la gente está empezando a pensar que eres un poco… estirada.

—Soy inglesa, Bennett. No estamos hechos para mostrarnos… acogedores.

—Yo solo digo que, cuanto más te impliques, mejor será para los dos. Papá opina lo mismo.

—Conque sí, ¿eh?

—No te pongas así.

La señora Brady les fulminó con la mirada.

—Como decía, debido al éxito de esos esfuerzos en los estados vecinos, la WPA ha destinado fondos para que podamos crear nuestra propia biblioteca itinerante en el condado de Lee.

Alice contuvo un bostezo.

En el aparador de la casa había una fotografía de Bennett con su uniforme de béisbol. Acababa de conseguir un home-run y en su cara se veía una expresión de especial intensidad y alegría, como si en ese momento estuviese viviendo alguna experiencia trascendental. Alice deseaba que él volviera a mirarla así.

Pero cuando se puso a pensar en ello, Alice van Cleve se dio cuenta de que su matrimonio había sido la culminación de una serie de sucesos aleatorios que habían empezado con un perro de porcelana roto cuando ella y Jenny Fitzwalter habían jugado al bádminton dentro de casa (había estado lloviendo, ¿qué otra cosa se suponía que podían hacer?), a lo que se había sumado la pérdida de su plaza en la escuela de secretariado debido a su continua impuntualidad y, por último, su aparentemente indecoroso arrebato contra el jefe de su padre durante la fiesta por Navidad («¡Pero si me puso la mano en el trasero mientras yo servía las bandejas de volován!», había protestado Alice. «No seas ordinaria, Alice», había replicado su madre con un escalofrío). Esos tres sucesos, junto con un incidente relacionado con los amigos de su hermano Gideon, demasiado ponche de ron y una alfombra destrozada (¡No se había dado cuenta de que el ponche llevaba alcohol! ¡Nadie se lo había dicho!), habían provocado que sus padres sugirieran lo que llamaron un «período de reflexión», que equivalía a «no dejar salir a Alice». Les había oído hablando en la cocina: «Siempre ha sido así. Es como tu tía Harriet», había dicho su padre con tono desdeñoso, y su madre había estado sin hablarle dos días enteros, como si la idea de que Alice fuese una consecuencia de su linaje genético le hubiese parecido insoportablemente ofensiva.

Y así, durante el largo invierno, mientras Gideon asistía a una infinidad de bailes y cócteles, desaparecía durante largos fines de semana en casas de amigos o salía de fiesta en Londres, ella fue cayendo de las listas de invitados de sus amigas y se quedaba sentada en casa realizando rudimentarios bordados con poco entusiasmo, mientras sus únicas salidas eran para acompañar a su madre a visitar a parientes ancianos o a reuniones del Instituto de la Mujer, donde los temas de conversación solían ser la pastelería, los arreglos florales y La vida de los santos. Era como si literalmente estuviesen tratando de matarla de aburrimiento. Poco tiempo después, dejó de preguntar a Gideon, pues su información hacía que se sintiera peor. En lugar de ello, se dedicó a enfurruñarse con partidas de canasta, a hacer trampas malhumoradamente en el Monopoly y a sentarse a la mesa de la cocina con la cara apoyada en los brazos mientras escuchaba la radio, que le hablaba de un mundo lejano más allá de sus agobiantes preocupaciones.

Así que, dos meses después, cuando Bennett van Cleve apareció de forma inesperada una tarde de domingo en la fiesta de la primavera de la iglesia, con su acento americano, su mentón cuadrado y su pelo rubio, trayendo con él los aromas de un mundo que estaba a un millón de kilómetros de Surrey, la verdad es que podría haberse tratado del jorobado de Notre Dame y ella habría pensado que mudarse a un campanario era una grandísima idea, gracias.

Los hombres solían quedarse mirando a Alice y Bennett se quedó prendado de inmediato por aquella elegante y joven inglesa de enormes ojos y cabello rubio ondulado y corto cuya voz clara y entrecortada no se parecía a ninguna que hubiese escuchado antes allá en Lexington y que, como observó su padre, muy bien podría tratarse de una princesa británica a juzgar por sus exquisitos modales y su refinada forma de levantar la taza del té. Cuando la madre de Alice contó que podrían reclamar el título de duquesa por un matrimonio que se había celebrado en la familia dos generaciones atrás, el viejo Van Cleve a punto estuvo de morir de alegría. «¿Una duquesa? ¿Una duquesa real? Ay, Bennett, ¿no le habría encantado eso a tu querida madre?».

Padre e hijo estaban de visita en Europa con una comisión de la Iglesia Conjunta del Este de Kentucky ante Dios para estudiar el culto de los fieles fuera de Estados Unidos. El señor Van Cleve había financiado el viaje a varios de los asistentes en honor a su difunta esposa, Dolores, como le gustaba anunciar durante las pausas en las conversaciones. Quizá fuera un empresario pero eso no significaba nada, nada, si no trabajaba bajo el auspicio del Señor. Alice pensó que parecía un poco consternado por las pequeñas y bastante poco efusivas expresiones de fervor religioso en la iglesia comunal de St. Mary. Desde luego, los congregados se habían quedado atónitos ante los entusiastas bramidos del pastor McIntosh sobre el fuego y el azufre (a la pobre señora Arbuthnot la habían tenido que acompañar fuera por una puerta lateral para que tomara el aire). Pero la falta de devoción en los británicos, según observó el señor Van Cleve, quedaba más que compensada por sus iglesias, sus catedrales y toda su historia. ¿Y acaso no era eso una experiencia espiritual en sí misma?

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)