Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
El agua aumentaba de altura y velocidad. Podía oír a Izzy delante de ella, calmada y alegre.
—Mira ahora, ¿a que hemos avanzado mucho? ¿Qué te parece? «Van a correr toda la noche, van a correr todo…».
Beth levantó la mirada cuando Izzy dejó de cantar. Pensó con frialdad: «Estoy segura de que el coche no estaba tan lejos». Y, entonces, Izzy empezó a tirar de la cintura de la niña de más edad, moviendo torpemente los dedos mientras trataba de soltar el nudo de su bufanda y, de repente, Beth entendió por qué había dejado de cantar, su mirada de pánico, y medio lanzó a la niña que llevaba en brazos sobre la orilla mientras agarraba su cinturón y trataba de abrir la hebilla.
«¡Rápido, Beth! ¡Ábrela!».
No acertaba con los dedos. El pánico se le subió a la garganta. Notó que las manos de Izzy cogían el cinturón y lo levantaban para sacarlo del agua, sintió la amenazadora y creciente presión al apretarse en su cintura y, entonces, justo cuando sentía que tiraban de ella hacia delante, clic, el cinturón se le resbaló entre los dedos y, a continuación, Izzy la arrastró con una fuerza que jamás habría sospechado en ella. Y, de repente, chof, el gran coche verde quedó medio sumergido y empezó a moverse río abajo a gran velocidad, alejándose de ellas con el otro extremo de la cuerda.
Consiguieron ponerse de pie, subieron a trompicones por la cuesta hacia una zona más alta, las niñas aferrando con fuerza sus manos, sus miradas absortas por lo que estaba sucediendo delante de ellas. La cuerda se tensó, el coche se meció, quedó inmóvil un momento y, después, debido al peso imparable y con un fuerte sonido al deshilacharse, la cuerda, vencida por el simple peso y la física, se rompió.
El Oldsmobile de la señora Brady, pintado por encargo de verde oscuro, con interiores de piel color crema y traído desde Detroit, se volcó elegantemente, como una foca gigante que mostrara su vientre. Mientras las cinco miraban, goteando agua y temblando, el coche se alejó de ellas, medio sumergido, sobre la marea negra, dobló por una esquina y su parachoques cromado dejó de verse al girar por el recodo.
Nadie dijo nada. Y, a continuación, la más pequeña de las niñas levantó los brazos e Izzy la cogió en los suyos.
—Muy bien —dijo un momento después—. Supongo que voy a estar castigada los próximos diez años.
Y Beth, que no era muy dada a grandes muestras de emotividad, de repente, movida por un impulso que no supo identificar, extendió los brazos, abrazó a Izzy y la besó en la mejilla con un beso enorme y sonoro. Y las dos empezaron a caminar despacio de vuelta al pueblo un poco sonrojadas y, para confusión de las niñas, entre abruptos y aparentemente inexplicables estallidos de carcajadas.
—¡Ya está!
Habían metido los últimos libros en la sala de estar de Fred. La puerta estaba cerrada y Fred y Alice miraron la enorme montaña que había invadido su antes ordenado salón y, a continuación, se miraron el uno al otro.
—Hasta el último de ellos —dijo Alice, asombrada—. Los hemos salvado todos.
—Sí. Podremos retomar el negocio antes de que nos demos cuenta.
Puso la cafetera sobre el fuego y miró en la alacena. Metió la mano y sacó unos huevos y queso y los puso en la encimera.
—En fin…, estaba pensando que podrías descansar aquí un rato. Comer algo, quizá. Nadie va a ir muy lejos hoy.
—Supongo que no tiene sentido volver a salir mientras esté así. —Se puso la mano en la cabeza y se tocó el pelo mojado.
Los dos eran conscientes de los peligros pero, en ese momento, Alice no podía evitar ver el agua corriendo calle abajo como su secreta aliada, deteniendo el fluir normal del mundo. Nadie podría juzgarla por descansar en casa de Fred, ¿verdad? Al fin y al cabo, solo había estado trasladando libros.
—Si quieres que te deje una camisa seca, hay una colgada en las escaleras.
Ella subió, se quitó el jersey mojado, se secó con una toalla y se puso la camisa, sintiendo la suave franela contra su piel húmeda al abotonarse todo el frontal. Había algo en el hecho de ponerse una camisa de hombre —una camisa de Fred— que hacía que la respiración se le quedara atascada en la garganta. No podía olvidarse de lo que había sentido al notar su dedo pulgar sobre su piel, la imagen de sus ojos ardientes mirando los suyos con tanta intensidad, como si pudiera ver lo más profundo de su alma. Cada movimiento parecía estar ahora cargado de su eco, cada mirada fortuita o palabra que se cruzaran estaba inundada de una nueva intención.
Volvió a bajar despacio las escaleras hacia los libros, sintiendo cómo el calor dentro de ella aumentaba, como le pasaba cada vez que pensaba en la piel de él al rozar la suya. Cuando se dio la vuelta para buscarlo, él la estaba mirando.
—Estás más guapa con esa camisa que yo.
Alice notó que se sonrojaba y apartó la mirada.
—Toma. —Le pasó una taza de café caliente y ella cerró las manos a su alrededor, dejando que el calor la impregnara, agradecida por tener algo que mirar.
Fred se movía alrededor de ella, apartando libros y, después, buscando en el cesto de la leña para cargar la chimenea. Ella miraba los músculos de sus brazos tensándose al moverlos, el acero de sus muslos al agacharse para ver el estado de las llamas. ¿Cómo era posible que nadie en ese pueblo hubiera notado la hermosa frugalidad con que Frederick Guisler se movía, la elegancia con la que usaba sus brazos, los fuertes músculos que se movían debajo de su piel?
Deja que la llama parpadeante de tu alma juegue a mi alrededor,
que a mis miembros acuda la intensidad del fuego.
Se incorporó, la miró y ella supo que él debió de verla entonces, la verdad desnuda de todo lo que sentía, escrita de forma evidente en su rostro. Hoy, pensó ella de repente, no habrá reglas. Estaban en un remolino, en un lugar que solo les pertenecía a ellos, lejos del agua, la tristeza y las penurias del mundo exterior. Dio un paso hacia él, como si fuese un imán, pasó por encima de los libros sin bajar los ojos y dejó la taza sobre la chimenea, con la mirada aún fija en él. Estaban ahora a pocos centímetros el uno del otro, con el calor del fuego llameante sobre sus cuerpos, sin dejar de mirarse. Quería hablar, pero no tenía ni idea de qué decir. Solo sabía que quería que él la tocara de nuevo, sentir la piel de Fred sobre sus labios, bajo sus dedos. Quería conocer lo que todo el mundo parecía saber de una forma tan despreocupada y relajada, secretos susurrados en habitaciones a oscuras, una intimidad que iba más allá de las palabras. Se sentía devorada por ese deseo. Los ojos de Fred buscaron dentro de los de ella y se suavizaron, la respiración se le aceleró y, en ese momento, ella supo que ya le tenía. Que esta vez sería distinto. Fred extendió una mano y agarró la de ella y Alice sintió que algo la atravesaba, fundido e insistente, y, entonces, él la levantó y ella notó que se quedaba sin respiración.
—Voy a parar aquí, Alice —dijo entonces.
Ella tardó un segundo en asimilar lo que él le decía y el impacto fue tan grande que casi la dejó sin aliento.
«Alice, eres demasiado impulsiva».
—No es que…
—Tengo que irme. —Se dio la vuelta, humillada. «¿Cómo había podido ser tan tonta?». Las lágrimas le inundaron los ojos, tropezó por encima de los libros y maldijo con fuerza cuando estuvo a punto de caerse.
—Alice.
¿Dónde estaba su abrigo? ¿Lo había dejado colgado en algún sitio?
—Mi abrigo. ¿Dónde está mi abrigo?
—Alice.
—Por favor, déjame en paz. —Sintió la mano de él en su brazo y lo apartó y se lo llevó al pecho, como si le hubiese quemado—. No me toques.
—No te vayas.
Abochornada, sintió que iba a echarse a llorar. Arrugó la cara y se la cubrió con la mano.
—Alice. Por favor. Escúchame. —Fred tragó saliva, apretó la boca, como si le costase hablar—. No te vayas. Si supieses…, si supieses cuánto deseo que estés aquí, Alice, que la mayoría de las noches las paso despierto volviéndome loco con esa idea. —Su voz salía a borbotones apagados muy poco propios de él—. Te quiero. Te he querido desde el primer día que te vi. Cuando no estás cerca es como si estuviese perdiendo el tiempo. Cuando estás aquí es como… si el mundo entero se tiñera de un color un poco más luminoso. Quiero sentir tu piel sobre la mía. Quiero ver tu sonrisa y oír esas carcajadas que sueltas cuando te olvidas de ti misma y dejas que te salgan sin más… Quiero hacerte feliz… Quiero despertar cada mañana a tu lado y…, y… —Frunció un momento el entrecejo, como si hubiese ido demasiado lejos—. Y tú estás casada. Y yo me esfuerzo mucho por ser un buen hombre. Así que, hasta que pueda buscar una solución a eso, no puedo. Simplemente no puedo ponerte un dedo encima. No como me gustaría. —Respiró hondo y dejó salir el aire con una exhalación temblorosa—. Lo único que puedo darte, Alice, son… palabras.