Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Lo que antes era un pequeño y cuidado huerto era ahora un mar de barro negro, del que emergían trozos aleatorios de madera en lugar de plantas y el hedor era nauseabundo y sulfuroso. Una gruesa marca oscura recorría la parte superior de los marcos y las paredes de madera y Margery no necesitó entrar para suponer que sería igual por dentro. Se estremeció al recordar el frío del agua y puso la mano sobre el suave cuello de Charley, sintiendo un repentino deseo visceral de volver al calor y la seguridad de su casa.
Desmontó —ahora requería un esfuerzo algo mayor bajar de la silla— y ató las riendas en un árbol cercano. No había nada para que el mulo pudiera pastar. Solo fango oscuro hasta una buena altura de las laderas.
—¿William? —gritó mientras sus botas chapoteaban al dirigirse hacia la pequeña cabaña—. ¿William? Soy Margery.
Gritó un par de veces más y esperó hasta que quedó claro que no había nadie en la casa. A continuación, se giró de nuevo hacia el mulo al sentir el poco familiar estiramiento y peso de su vientre, como si el bebé hubiese decidido que ahora tenía libertad para hacer notar su presencia. Se detuvo junto al árbol y estaba cogiendo las riendas cuando algo llamó su atención. Inclinó la cabeza y vio la marca del agua a gran altura desde la base del tronco. Desde la biblioteca hacia abajo, las marcas que había dejado el río eran de un color marrón rojizo, variando de tono pero, principalmente, de barro y cieno. Aquí las marcas eran completamente negras. Recordó cómo el agua se había vuelto oscura de repente y el fuerte olor químico que había hecho que los ojos le escocieran y que se le había quedado atrapado en la parte posterior garganta.
Hacía tres días que nadie había visto a Van Cleve por el pueblo, desde la inundación.
Se agachó, pasó los dedos por la corteza del árbol y, después, se los olió. Se quedó allí, completamente inmóvil, pensando. Después, se limpió las manos en la chaqueta y, con un gruñido, volvió a subirse a la silla.
—Vamos, pequeño Charley —dijo dándole la vuelta—. Todavía no nos vamos a casa.
Margery subió con el mulo por el estrecho paso que daba a la parte noreste de Baileyville, una ruta que la mayoría de la gente consideraba intransitable, dada la inclinación del terreno y la densidad de los matorrales. Pero tanto ella como Charley, por haberse criado en un terreno hostil, podían ver un modo de atravesarlo de la misma manera instintiva en que un empresario veía el símbolo del dólar, y Margery dejó caer la hebilla de las riendas sobre el cuello del mulo y se inclinó hacia delante, confiando en que él supiera escoger qué camino tomar mientras ella levantaba las ramas por encima de su cabeza. El aire se volvió más frío a medida que fueron subiendo. Margery se caló bien el sombrero en la cabeza y escondió el mentón dentro del cuello de la chaqueta mientras veía cómo su aliento formaba nubes húmedas.
Los árboles se fueron concentrando a medida que iban subiendo y el suelo se volvió tan empinado y duro que Charley, pese a su paso firme, empezó a dar trompicones y a vacilar. Margery desmontó por fin junto a un saliente rocoso, enganchó las riendas a unos árboles retoños y recorrió a pie el resto del camino hasta la cima, resoplando un poco por el peso adicional de su nueva carga. De vez en cuando, se detenía con las manos sobre la parte baja de la espalda. Se había sentido inusualmente cansada desde las inundaciones y no quiso pensar en lo que diría Sven si supiera dónde estaba.
Pasó casi una hora subiendo por la cresta hasta que por fin pudo ver la parte posterior de Hoffman, el área de su emplazamiento de doscientas cuarenta hectáreas que no se veía desde las minas y que quedaba protegida por el arco que formaban las pendientes inclinadas y cubiertas de árboles que la rodeaban. Se agarró a un tronco para subir los últimos pasos y, después, se quedó allí un momento, dejando que la respiración se le calmara.
Y, entonces, bajó la mirada y maldijo.
Tres enormes presas de lodo tras la cima, solo accesibles por un túnel cercado que atravesaba la cumbre de la montaña. Dos estaban llenas de un agua opaca y oscura, aún con gran caudal por las lluvias. La tercera estaba vacía, con su base embarrada manchada de negro y su dique desmoronado por donde el lodo había salido con fuerza y había bajado al otro lado, dejando un reguero salobre a lo largo de los serpenteantes lechos del río hacia la zona más baja de Baileyville.
«De todos los días que Annie podía escoger para ponerse mal de las piernas, este era el menos oportuno», murmuraba Van Cleve mientras esperaba en el reservado a que la muchacha le trajera la comida. Enfrente de él estaba Bennett, sentado en silencio, deslizando la mirada hacia los demás clientes, como si todavía tratara de calibrar qué era lo que la gente decía de ellos. Van Cleve habría preferido permanecer más días alejado del pueblo, pero cuando tu sirvienta no aparece para preparar la comida y tu nuera sigue aún sin entrar en razón ni volver a casa, ¿qué otra cosa puede hacer un hombre? A menos que fuera con el coche hasta mitad de camino en dirección a Lexington, el Nice ’N’ Quick era el único lugar donde poder encontrar un plato caliente.
—Aquí tiene, señor Van Cleve —dijo Molly mientras colocaba el plato de pollo frito delante de él—. Con ración doble de verduras y puré de patatas, tal y como ha pedido. Ha tenido suerte de encargarlo en ese momento. La cocinera casi se ha quedado sin nada, entre los repartos que no han llegado y todo lo demás.
—¡Vaya, pues sí que tenemos suerte! —exclamó él. El ánimo de Van Cleve mejoró al ver el aspecto dorado y crujiente de su cena. Soltó un suspiro de satisfacción y se metió la servilleta por el cuello de la camisa. Estaba a punto de sugerir a Bennett que hiciera lo mismo en lugar de doblarse la suya en el regazo como cualquier maldito europeo, cuando un trozo de barro negro cayó por el aire por encima de su plato para aterrizar con un sonoro chof sobre su ración de pollo. Se quedó mirándolo mientras trataba de asimilar qué era lo que estaba viendo—. ¿Qué narices…?
—¿Se le ha perdido algo, señor Van Cleve?
Margery O’Hare estaba junto a su mesa, con la cara sonrojada y la voz temblorosa por la rabia. Tenía el brazo extendido y el puño ennegrecido y lleno de lodo.
—No han sido las inundaciones lo que ha destrozado esas casas de Monarch Creek. Ha sido su presa de lodo y usted lo sabía. ¡Debería avergonzarse!
El restaurante quedó en silencio. Detrás de ella, un par de personas se pusieron de pie para ver qué pasaba.
—¿Has tirado barro sobre mi cena? —Van Cleve se puso de pie retirando su silla con un chirrido—. ¿Entras aquí, después de todo lo que has hecho, y me echas barro en la comida?
Los ojos de Margery brillaban.
—No es barro. Es fango de carbón. Veneno. Su veneno. He subido hasta la cresta y he visto su dique roto. ¡Ha sido usted! No las lluvias. Ni el río Ohio. Las únicas casas destruidas han sido las que han quedado arrasadas por sus sucias aguas.
Un murmullo circuló por el restaurante. Van Cleve se arrancó la servilleta del cuello. Dio un paso hacia ella con el dedo levantado.
—Escúchame bien, O’Hare. Más vale que te andes con mucho cuidado antes de ir lanzando acusaciones por ahí. Ya has causado bastantes problemas…
Pero Margery se mantuvo firme ante él.
—¿Que yo he causado problemas? ¿Eso es lo que dice el hombre que le ha pegado un tiro a mi perro? ¿El que le rompió dos dientes a su nuera? ¡Su inundación casi termina ahogándome, igual que a Sophia y a William! ¡No tenían casi nada y ahora se han quedado con menos! ¡Habría ahogado a tres niñas si mis chicas no hubiesen llegado allí para salvarlas! ¿Y se pavonea por aquí fingiendo que no tiene nada que ver con usted? ¡Deberían detenerlo!
Sven apareció detrás de ella y le puso una mano en el hombro, pero ella estaba ya desatada y la apartó.
—¡Hay hombres que mueren porque usted valora más el dinero que la seguridad! ¡Engaña a la gente para que renuncien a sus casas antes de que sepan lo que han hecho! ¡Destruye vidas! ¡Su mina es una amenaza! ¡Usted es una amenaza!