Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—¿Sabes? Creo que voy a llamar a tu padre por teléfono. Me preocupa que el río se desborde. Perdí buenas amistades en las inundaciones de Louisville y, desde entonces, me preocupa el río. ¿Por qué no descoses esos últimos puntos y volvemos a hacerlos?
La señora Brady desapareció por el pasillo. Izzy pudo oír cómo marcaba el número del despacho de su padre y el suave murmullo de su voz. Miró desde la ventana a los cielos grises, recorriendo con el dedo los riachuelos que zigzagueaban por el cristal, mientras miraba con los ojos entrecerrados a un horizonte que ya no era visible.
—Bueno, tu padre piensa que deberíamos quedarnos aquí. Dice que podemos llamar a Carrie Anderson, que está en Old Louisville, para preguntarle si ella y su familia quieren pasar con nosotros uno o dos días, por si acaso. Dios sabe qué vamos a hacer con todos esos perritos suyos. No creo que podamos encargarnos de… ¿Izzy…? ¿Izzy? —La señora Brady se giró en medio del salón vacío—. ¿Izzy? ¿Estás arriba?
Recorrió el pasillo y fue a la cocina, donde la asistenta dejó de amasar la pasta y se giró, perpleja, mientras negaba con la cabeza. Y, entonces, la señora Brady vio la puerta de atrás, con el interior lleno de gotas de lluvia. La prótesis de la pierna de su hija yacía en el suelo de baldosas y sus botas de montar no estaban.
Margery y Beth trotaban a toda velocidad por la calle principal, en medio de un remolino de cascos y agua salpicada. Alrededor de ellas, por la carretera sin terminar, se deslizaba el agua cuesta abajo y les cubría los pies mientras las alcantarillas borboteaban, protestando por todo el peso. Cabalgaron con las cabezas agachadas y los cuellos de los abrigos alzados y, cuando llegaron a las orillas, redujeron la velocidad, mientras las patas de los caballos se hundían en la hierba pantanosa. En las zonas más bajas de Spring Creek, se colocaron a ambos lados del camino y desmontaron para echar a correr a cada puerta y golpearla con los puños mojados.
—El agua está subiendo —gritaban mientras los caballos tiraban de sus riendas—. Vayan a terrenos más altos.
Detrás de ellas, los ocupantes empezaban a moverse, con sus caras asomándose por las puertas y las ventanas mientras trataban de averiguar si debían tomarse en serio esas órdenes. Cuando habían recorrido medio kilómetro, algunos de los que dejaron atrás habían empezado a subir muebles a las plantas superiores de las casas que tenían doble altura y el resto cargaban carros y camionetas con todo lo que pudieran poner a salvo. Habían lanzado lonas por encima de las traseras de los vehículos abiertos, y aparecían caras de niños pequeños y quejumbrosos entre los rostros grises de los adultos. La gente de Baileyville tenía suficiente experiencia en inundaciones como para saber que eran una amenaza que había que tomarse en serio.
Margery llamó a golpes a la última puerta de Spring Creek, el pelo pegado a la cara por el agua.
—¿Señora Cornish…? ¿Señora Cornish?
Una mujer con un pañuelo mojado en la cabeza apareció en la puerta con expresión de inquietud.
—Ay, gracias a Dios. Margery, querida, no puedo llegar hasta mi mulo. —Se dio la vuelta y echó a correr haciéndoles señas para que fueran con ella.
El mulo estaba al fondo de su cercado, que daba al arroyo. Las pendientes más bajas, que ya eran cenagosas los días más secos, formaban ahora una densa capa de barro de color caramelo y el pequeño mulo marrón y blanco permanecía inmóvil, aparentemente resignado, hundido en él hasta el pecho.
—Parece que no puede moverse. Por favor, ayudadle.
Margery tiró del ronzal. Después, como vio que no había ningún cambio, dejó caer todo su peso contra él para tratar de tirar de una pata. El mulo levantó el hocico, pero ninguna otra parte de su cuerpo se movió.
—¿Ves? —La señora Cornish juntó sus viejas y retorcidas manos—. Está atrapado.
Beth corrió al otro lado e hizo también lo que pudo, azotándole el trasero, gritándole y empujándole con el hombro, sin conseguir nada. Margery dio un paso atrás y miró a Beth, que le contestó negando con la cabeza.
Volvió a probar empujándole con el hombro, pero aparte de una sacudida de orejas, el mulo no se movió. Margery se detuvo para pensar.
—No puedo dejarlo aquí.
—No vamos a dejarlo, señora Cornish. ¿Tiene el arnés? ¿Y cuerda? ¿Beth? Beth. Ven aquí. Señora Cornish, sujete a Charley, por favor.
Mientras la lluvia caía con fuerza, las dos mujeres más jóvenes fueron corriendo a por el arnés y volvieron con dificultad hasta donde estaba el mulo. El agua había crecido desde que habían llegado, elevándose por encima de la hierba. Lo que durante meses había sido el agradable sonido de un pequeño chorro, un riachuelo iluminado por el sol, ahora corría como un ancho torrente, amarillo e implacable. Margery pasó el arnés por encima de la cabeza del mulo y le abrochó las hebillas, deslizando los dedos sobre las tiras mojadas. La lluvia les rugía en los oídos de tal forma que tenían que gritarse y hacerse señales para entenderse, pero, tras meses trabajando juntas, habían aprendido a comunicarse con facilidad. Beth hizo lo mismo por el otro lado hasta que las dos gritaron: «¡Ya!». Abrocharon las correas a la sobrecincha y, después, pasaron la cuerda por el gancho metálico que tenía al hombro.
No muchos mulos habrían tolerado que una cuerda de su cincha les pasara por las patas, pero Charley era inteligente y solo necesitó que le tranquilizaran una vez. A continuación, Beth ató las correas al peto de su caballo Scooter y, actuando al unísono, empezaron a tirar cada una de su animal hacia delante por el suelo menos anegado.
—¡Vamos! ¡Venga, Charley! ¡Ahora! ¡Vamos, Scooter!
Las orejas de los animales se sacudían, Charley abrió los ojos de forma inusitada al sentir ese desconocido peso muerto detrás de él. Beth les instaba a él y a Scooter para que avanzaran mientras Margery tiraba de la cuerda, animando con gritos al pequeño mulo, que se sacudía, moviendo la cabeza arriba y abajo al sentir que tiraban de él.
—Así es, muchacho. Tú puedes.
La señora Cornish se agachó al otro lado, con dos anchos tablones sobre el barro delante del mulo, listos para darle algo a lo que sujetarse.
—¡Vamos, chicos!
Margery se giró y vio cómo Charley y Scooter tiraban, con sus flancos temblándoles por el esfuerzo mientras se hundían en el barro, tropezando, levantando terrones de barro a su alrededor, y, con desaliento, se dio cuenta de que el mulo estaba realmente atascado. Si Charley y Scotter seguían hundiendo así sus patas, también se quedarían pronto atascados.
Beth la miró, con el mismo pensamiento. Hizo una mueca de dolor.
—Tenemos que dejarlo, Marge. El agua está subiendo con rapidez.
Margery colocó una mano sobre la mejilla del pequeño mulo.
—No podemos abandonarlo.
Se giraron al oír un grito. Dos granjeros corrían hacia ellas desde las casas que estaban más atrás. Hombres robustos de mediana edad a los que Margery conocía solo de verlos en el mercado del maíz, con sus monos de peto y sus impermeables. No dijeron ni una palabra, se limitaron a deslizarse junto al mulo y empezaron a tirar del arnés junto a Charley y Scooter, con las botas hundidas en la tierra y sus cuerpos formando un ángulo de cuarenta y cinco grados.
—¡Vamos! ¡Vamos, muchachos!
Margery se unió a ellos, bajando la cabeza y tirando con todo su peso de la cuerda. Un centímetro. Otro más. Un fuerte sonido de succión y, entonces, la pata frontal del mulo que tenía más cerca quedó libre. El mulo levantó la cabeza sorprendido y los dos hombres volvieron a tirar a la vez, gruñendo por el esfuerzo y con los músculos en tensión. Charley y Scooter se tambaleaban delante de ellos, con las cabezas agachadas, las patas traseras temblando por el esfuerzo, y, de repente, con una sacudida, el mulo se elevó, cayó de lado y se arrastró medio metro por la hierba embarrada antes de que Charley y Scooter supieran que tenían que parar. Tenía los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y las fosas nasales se le dilataron antes de levantarse trastabillando, de tal modo que los hombres tuvieron que dar un salto hacia atrás para apartarse.