Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Ya basta. —Sven había rodeado ya con un brazo las clavículas de Margery y tiraba de ella hacia atrás, aunque ella apuntaba a Van Cleve sin dejar de gritar—. Vamos. Ha llegado el momento de irse.
—¡Sí! ¡Gracias, Gustavsson! ¡Sácala de aquí!
—¡Actúa usted como si fuera el maldito todopoderoso! ¡Como si la ley no contara nada para usted! Pero yo le estoy vigilando, Van Cleve. Mientras tenga aliento en mis pulmones, diré la verdad sobre usted y…
—He dicho que basta.
La sala parecía haberse quedado sin aire mientras Gustavsson la sacaba, todavía protestando, por la puerta del restaurante. A través del cristal, se la podía ver gritándole en la calle, agitando los brazos como si intentara soltarse.
Van Cleve miró a su alrededor y volvió a sentarse. Los demás clientes seguían con la vista fija en él.
—¡Esos O’Hare! —dijo en voz alta a la vez que volvía a colocarse la servilleta—. Nunca se sabe con qué va a salir esa familia.
Bennett mantenía los ojos en el plato.
—Gustavsson es un hombre sensato. Sabe lo que hay que hacer. Vaya que sí. Y esa chica de ahí fuera es la más loca de todos, ¿no es cierto…? ¿No es cierto? —La sonrisa de Van Cleve vaciló un poco hasta que la gente empezó a dirigir su atención a sus platos. Soltó un suspiro e hizo una señal a la camarera—. Molly, querida. ¿Podrías…, eh…, traerme otro plato de pollo, por favor? Muchísimas gracias.
Molly lo miró con una mueca.
—Lo siento mucho, señor Van Cleve. Acaba de salir el último. —Miró al plato e hizo un ligero gesto de desagrado—. Tengo un poco de sopa y un par de panecillos que podría calentarle.
—Toma. Cómete el mío. —Bennett empujó su plato intacto hacia su padre.
Van Cleve se arrancó la servilleta del cuello.
—He perdido el apetito. Voy a tomar una copa con Gustavsson y nos vamos a casa.
Miró por la puerta hacia el joven que aún seguía con la chica de los O’Hare.
—Entrará en cuanto la despache. —Era consciente de tener una vaga sensación de decepción por el hecho de que no hubiese sido su propio hijo quien se hubiese levantado para echar a esa muchacha.
Pero ocurrió algo extraño: O’Hare seguía gritando y gesticulando en la calle y Gustavsson, en lugar de sacudirse las manos y volver al restaurante, dio un paso hacia delante y bajó la frente para acercarla a la de Margery O’Hare.
Mientras Van Cleve miraba, con el ceño fruncido, Margery se cubrió la cara por un momento y los dos se quedaron inmóviles. Y entonces, con toda claridad, Sven Gustavsson colocó una mano protectora sobre el vientre hinchado de O’Hare y la dejó ahí hasta que ella levantó los ojos hacia él y la cubrió con ternura con la suya antes de que Gustavsson la besara.
—¿Exactamente en cuántos problemas quieres meterte?
Margery empujaba a Sven sin mirarlo, tratando de soltarse, pero él la sujetaba con fuerza en sus brazos.
—¡Tú no lo has visto, Sven! ¡Miles de litros de su veneno! Y él actuando como si solo fuera cosa del río y la casa de Sophia y William destrozada y todo el terreno y el agua que rodea Monarch Creek echados a perder durante no sé cuánto tiempo.
—No lo dudo, Marge, pero enfrentarse a él delante de un restaurante lleno de gente no va a servir de nada.
—¡Debería avergonzarse! ¡Cree que puede irse de rositas! ¡Y no te atrevas a sacarme de ahí a rastras como si fuera…, como si fuera un perro mal educado! —Le empujó con fuerza con las dos manos y por fin se soltó. Él levantó las manos en el aire.
—Yo solo…, no quería que él fuera a por ti. Ya viste lo que le hizo a Alice.
—¡No le tengo miedo!
—Pues quizá deberías. Tienes que ser lista con un hombre como Van Cleve. Es astuto. Ya lo sabes. Vamos, Margery. No te dejes llevar por tu temperamento. Nos ocuparemos de esto como se debe. No sé. Hablando con el capataz. Con los sindicatos. Escribiendo al gobernador. Hay varias formas de hacerlo.
Margery pareció tranquilizarse un poco.
—Vamos. —Él extendió una mano hacia ella—. No tienes por qué enfrentarte a cada maldita batalla tú sola.
En ese momento, algo en su interior cedió. Dio una patada al suelo, esperando a recuperar el aliento. Cuando levantó los ojos, los tenía llenos de lágrimas.
—Le odio, Sven. Le odio. Destruye todo lo que es hermoso.
Él la atrajo hacia sí.
—Todo no. —Colocó la mano sobre el vientre de ella y la dejó ahí hasta que sintió que Margery se ablandaba entre sus brazos—. Vamos —dijo antes de besarla—. Volvamos a casa.
Siendo como son las localidades pequeñas y siendo Margery como era, no pasó mucho tiempo antes de que se extendiera el rumor de que estaba embarazada y, al menos durante unos días, todo lugar donde la gente del pueblo pudiera reunirse —el mercado de alimentos, las iglesias, la tienda— quedó inundado con la noticia. Estaban aquellos para los que esto solo era una confirmación de lo que siempre habían pensado de la hija de Frank O’Hare. Otra descendiente de los O’Hare que no traía nada bueno y que estaba destinada, sin duda, a la desgracia y al desastre. Siempre había aquellos para los que un bebé nacido fuera del matrimonio era objeto de desaprobación expresa y rotunda. Pero estaban también los que aún tenían la mente llena de recuerdos de las inundaciones y de lo que ella había dicho sobre la implicación de Van Cleve. Por suerte para ella, parecían ser la mayor parte de los vecinos, que creían que, cuando habían ocurrido tantas desgracias, un nuevo bebé, cualesquiera que fueran las circunstancias, no era algo sobre lo que hubiera mucho que decir.
Aparte de Sophia, claro.
—¿Te vas a casar ahora con ese hombre? —preguntó cuando se enteró.
—No.
—¿Porque eres egoísta?
Margery estaba en ese momento escribiendo una carta al gobernador. Dejó la pluma y fulminó a Sophia con la mirada.
—No me mires así, Margery O’Hare. Sé lo que opinas sobre las uniones como Dios manda. Créeme, todos sabemos lo que piensas. Pero esto ya no se trata solo de ti, ¿estamos? ¿Quieres que se burlen de esa niña en el patio del colegio? ¿Quieres que se críe como alguien de segunda? ¿Quieres que pierda oportunidades porque los demás no quieran aceptar en su casa a alguien así?
Margery abrió la puerta para que Fred dejara otra pila de libros de nuevo en la biblioteca.
—¿Es que no podemos, al menos, esperar a que el bebé venga antes de que empieces a regañarme?
Sophia alzó las cejas.
—Yo solo te aviso. La vida ya es bastante difícil para alguien que se cría en este pueblo sin necesidad de ponerle a la pobre niña otro yugo en el cuello. Sabes muy bien cómo te ha juzgado la gente por lo que hicieron tus padres, por decisiones en las que tú no tuviste nada que ver.
—Ya basta, Sophia.
—Es así. Y es solo porque eres tan cabezona que has conseguido tener la vida que querías. ¿Y si ella no es como tú?
—Será como yo.
—Se nota lo mucho que sabes de niños —exclamó Sophia con un bufido—. Solo te lo voy a decir una vez. Esto ya no se trata de lo que tú quieras. —Dejó caer el libro de registros sobre el escritorio—. Y debes tenerlo en cuenta.
Con Sven no fue mejor. Estaba sentado en la tambaleante silla de la cocina sacando brillo a sus botas mientras ella estaba en un lado del banco y, aunque fue más parco en palabras y su voz era más calmada, su opinión era exactamente la misma.
—No voy a pedírtelo otra vez, Margery. Pero esto lo cambia todo. Quiero que se sepa que soy el padre de esta niña. Quiero hacer las cosas bien. No quiero que nuestra hija se críe como una bastarda.
La miró por encima de la mesa de madera y, de repente, ella se sintió terca y a la defensiva, igual que cuando tenía diez años, así que cogió una manta de lana sin prestar atención y no le devolvió la mirada.