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READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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«Por favor».

«Por favor».

«Por favor».

Y, entonces, el mulo dio una sacudida hacia delante y hacia arriba y ella pudo notar unas fuertes manos extendidas hacia ella, tirando de sus hombros, de sus mangas, su cuerpo como un pescado en el suelo, la voz temblorosa de William: «¡Gracias, Señor! ¡Gracias!». Margery sentía cómo el río iba perdiendo su fuerza, y pronunció las mismas palabras en silencio a través de sus labios congelados. Su puño apretado, con pelo de Charley aún enmarañado en sus dedos, se movió de forma instintiva hacia su vientre.

Y, entonces, todo quedó en negro.

17

Beth oyó a las niñas antes de verlas, sus voces superpuestas al rugido del agua, infantiles y estridentes. Estaban aferradas a la parte delantera de una cabaña destartalada, con los pies hundidos hasta los tobillos en el agua, gritándole: «¡Señorita! ¡Señorita!». Ella trataba de recordar el apellido —¿McCarthy? ¿McCallister?— e instó al caballo a atravesar el agua, pero Scooter, que ya estaba asustado por la extraña electricidad de la atmósfera y la densa y severa lluvia, atravesó la mitad del arroyo crecido y, después, empezó a retroceder y se giró de tal forma que ella estuvo a punto de caer. Se enderezó pero el caballo no se movía, resoplando y corriendo hacia atrás hasta que se vio tan confundido que Beth temió que se fuera a provocar algún daño.

Maldiciendo, Beth bajó del caballo, lanzó las riendas por encima de un poste y vadeó por el agua hacia ellas. Eran pequeñas, la menor de dos años como mucho, y llevaban ligeros vestidos de algodón que se les pegaban a la piel pálida. Mientras se acercaba, ellas le gritaban, seis bracitos de anémona extendidos hacia ella, moviéndose en el aire. Llegó hasta ellas justo antes del aluvión. Una ola de agua negra, tan rápida y potente que tuvo que agarrar a la más pequeña por la cintura para evitar que la arrastrara. Y allí estaban, tres niñitas abrazadas a ella, agarrándose a su abrigo, mientras su voz emitía sonidos tranquilizadores a pesar de que su cerebro trataba de averiguar a toda velocidad cómo narices iba a salir de aquella.

—¿Hay alguien en la casa? —gritó a la mayor tratando de que la oyera por encima del ruido del torrente. La niña negó con la cabeza. «Eso ya es algo», pensó mientras apartaba de su mente visiones de abuelas postradas en la cama. El brazo malo ya le estaba doliendo mientras sujetaba a la más pequeña contra su pecho con fuerza. Podía ver a Scooter al otro lado, moviéndose nervioso alrededor del poste, claramente a punto de romper sus riendas y salir corriendo. Le había gustado saber que era en parte purasangre cuando Fred se lo ofreció. Era rápido y llamativo y no necesitaba que le empujaran para que echara a andar. Ahora maldecía su tendencia al pánico, su cerebro del tamaño de un guisante. ¿Cómo iba a montar en él a tres niñas pequeñas? Bajó la mirada mientras el agua chapoteaba entre sus botas, mojándole las medias, y se vino abajo.

—Señorita, ¿estamos atrapadas?

—No, no estamos atrapadas.

Y entonces lo oyó, el chirrido de un coche que bajaba por la carretera hacia ella. ¿La señora Brady? Entrecerró los ojos para ver. El coche aminoró la marcha, se detuvo y, después, quién lo iba a decir, Izzy Brady bajó de él, con la mano protegiéndose los ojos mientras trataba de distinguir a quién veía al otro lado del agua.

—¿Izzy? ¿Eres tú? ¡Necesito ayuda!

Se gritaron la una a la otra desde ambos lados del río, pero eran incapaces de oírse bien en medio del ruido. Por fin, Izzy levantó una mano en el aire, como diciéndole que esperara, puso el enorme y brillante coche en marcha y empezó a avanzar hacia ellas entre rugidos del motor.

«No puedes atravesar el agua con ese maldito coche», susurró Beth negando con la cabeza. «¿Es que esta chica ha perdido la cabeza?». Pero Izzy se detuvo justo cuando las ruedas delanteras estaban casi sumergidas y, después, corrió cojeando hacia el maletero y lo abrió para sacar de él una cuerda. Volvió corriendo a la parte delantera del coche, desenrolló la cuerda y lanzó su extremo a Beth una vez, dos y otra vez más hasta que Beth pudo cogerla. Ahora lo entendía. A esa distancia era suficientemente larga como para atarla al poste del porche. Beth apretó el nudo con todas sus fuerzas y vio con alivio que estaba bien firme.

—Tu cinturón —le gritaba Izzy gesticulando—. Ata el cinturón alrededor de la cuerda. —Ella estaba sujetando su extremo de la cuerda al coche, con manos hábiles y rápidas. Y, entonces, Izzy se agarró a la cuerda y empezó a ir hacia ellas, su cojera resultaba inapreciable al ir desplazándose por el agua—. ¿Estáis bien? —preguntó cuando llegó hasta ellas izándose al porche. Tenía el pelo aplastado y bajo el abrigo notó el jersey claro y suave empapado de agua.

—Coge a la más pequeña —respondió Beth. Quiso entonces dar un abrazo a Izzy, una sensación extraña en ella, que contuvo con movimientos enérgicos. Izzy agarró a la niña y la miró con una sonrisa luminosa, como si simplemente hubiesen salido a una merienda en el campo. Sin dejar de sonreír, Izzy se quitó la bufanda del cuello, la pasó por la cintura de la niña mayor y la ató a la cuerda.

—Ahora, Beth y yo vamos a atravesar el río, sujetándonos, y tú vas a ir justo en medio de las dos, atada a la cuerda. ¿Me has oído?

La niña mayor, con ojos bien abiertos y redondos, negó con la cabeza.

—Solo tardaremos un minuto en llegar al otro lado. Y, luego, todas estaremos bien y podremos secarnos, y, después, os podremos llevar con vuestra mamá. Vamos, bonita.

—Tengo miedo —articuló la niña con los labios.

—Lo sé, pero tenemos que ir al otro lado.

La niña miró hacia el agua y, a continuación, dio un paso atrás, como si quisiera desaparecer en el interior de la cabaña.

Izzy y Beth intercambiaron una mirada. El agua estaba subiendo de nivel rápidamente.

—¿Y si cantamos algo? —preguntó Izzy. Se agachó para ponerse a la altura de la niña—. Cuando algo me da miedo, me canto una canción alegre. Eso hace que me sienta mejor. ¿Qué canciones te sabes?

La niña estaba temblando. Pero tenía los ojos fijos en los de Izzy.

—¿Qué os parece Las carreras de Camptown? Esa te la sabes, ¿verdad, Beth?

—Ah, mi preferida —contestó Beth con un ojo en el agua.

—¡Muy bien! —exclamó Izzy.

Las señoras de Camptown cantan esta canción,

doo-da, doo-da.

El circuito de Camptown mide cinco millas.

Oh, es el día del doo-da.

Sonrió y dio un paso hacia atrás en dirección al agua, que ahora le llegaba al muslo. Mantenía la mirada fija en la niña y le hacía señas para que avanzara, con la voz alta y alegre, como si no hubiese nada de lo que preocuparse.

Van a correr toda la noche,

van a correr todo el día.

Apuesto mi dinero por el caballo de cola cortada.

Alguien más apostará por el alazán.

—Así es, cariño. Tú sígueme. Agárrate bien ahora.

Beth se deslizó detrás de ellas, con la niña mediana sobre su cadera. Podía notar la fuerza de la corriente por debajo, teñida con el olor de algún acre producto químico. Nada le apetecía menos que meterse en esa agua y no culpaba a la niña por no querer tampoco. Mantenía agarrada a la pequeña y la niña se chupaba el dedo pulgar con los ojos cerrados, como si así se alejara de lo que veía a su alrededor.

—Vamos, Beth —dijo la voz de Izzy desde delante, insistente y cantarina—. Canta tú también.

Oh, la yegua joven de larga cola y el caballo negro y grande,

doo-da, doo-da,

llegan a un lodazal y todos lo cruzan.

Oh, es el día del doo-da.

Y allí estaban, vadeando el agua, con la voz de Beth aflautada y su respiración agarrada al pecho, empujando a la niña para que siguiera caminando. La niña cantaba con voz vacilante, los nudillos blancos de apretar la cuerda, el gesto torcido por el miedo y lanzando aullidos cuando, de vez en cuando, perdía el contacto con el suelo. Izzy no dejaba de mirar hacia atrás, instando a Beth a que siguiera cantando y avanzando.

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