Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Margery apenas tuvo tiempo para darles las gracias. Un breve asentimiento con la cabeza, un toque sobre el borde mojado de su sombrero y ya se habían ido, corriendo de nuevo entre el diluvio de vuelta a sus casas para recuperar lo que pudieran. Margery sintió un breve momento de auténtico amor por la gente con la que se había criado, personas que no iban a tolerar ver a un hombre —o un mulo— luchando a solas.
—¿Está bien el mulo? —le gritó a la señora Cornish, que le pasaba sus manos curtidas por las patas cubiertas de barro.
—Está bien —respondió.
—Tiene que irse a un sitio más alto.
—Ya me encargo yo, chicas. ¡Ahora, marchaos de aquí!
De repente, Margery se retorció al notar una molestia en algún músculo de su vientre que nunca antes había notado. Vaciló, dobló el cuerpo y, después, fue a trompicones hasta Charley mientras Beth soltaba las correas.
—¿Adónde vamos ahora? —gritó Beth mientras se subía a Scooter, que ya se ponía en marcha. Margery, jadeante tras el esfuerzo de subirse de nuevo a lomos de Charley, tuvo que doblarse un momento para recuperar el aliento antes de responder.
—Sophia —dijo, de repente—. Voy a ver cómo está Sophia. Si esta casa está inundada, entonces la de Sophia y William también lo estará. Tú ve a las casas que hay al otro lado del arroyo.
Beth asintió, dio la vuelta al caballo y se fue.
Kathleen y Alice cargaron la carretilla de libros y los cubrieron con arpillera para que Fred los pudiera empujar por el camino empapado hasta su casa. Solo tenían una carretilla y las mujeres la cargaban todo lo deprisa que podían, llevaban los libros por montones hacia la puerta de atrás y, después, iban detrás de él cargadas con tantos otros como les cabían en cuatro alforjas, con las piernas cediéndoles por el peso y las cabezas agachadas bajo la lluvia. Habían vaciado, más o menos, una tercera parte de la biblioteca en la última hora pero, desde entonces, el agua había subido hasta el segundo escalón y Alice tenía miedo de que no consiguieran sacar mucho más antes de que el agua subiera del todo.
—¿Estás bien? —Fred se cruzó con Alice en el camino de vuelta. Estaba envuelto con una tela impermeable y un reguero de agua le caía por el lateral del sombrero.
—Creo que Kathleen debería marcharse. No debe estar alejada de sus hijos.
Fred levantó los ojos al cielo y, después, los bajó a la carretera, donde las montañas desaparecían en una nube gris.
—Dile que se vaya —contestó.
—Pero ¿qué vais a hacer? —exclamó Kathleen minutos después—. No se puede mover todo esto solo entre dos.
—Salvaremos lo que podamos. Tienes que irte a casa.
Como vio que ella volvía a vacilar, Fred le puso la mano en el brazo.
—Solo son libros, Kathleen.
No volvió a protestar. Se limitó a asentir, montó en el caballo de Garrett y dio la vuelta para salir a medio galope carretera arriba en medio del agua que salía salpicada detrás de ella.
Descansaron un momento y se quedaron brevemente bajo la protección de la cabaña, viéndola alejarse, con sus pechos jadeantes por el esfuerzo. El agua les caía de los impermeables formando charcos en el suelo de madera.
—¿Seguro que estás bien, Alice? Es un trabajo duro.
—Soy más fuerte de lo que parezco.
—Bueno, eso es verdad.
Intercambiaron una pequeña sonrisa. Casi sin pensar, Fred levantó una mano y, con cuidado, le limpió una gota de lluvia de debajo del ojo con el dedo pulgar. Alice se quedó inmóvil un momento por la descarga eléctrica que le provocó el contacto de su piel y por la inesperada intensidad de sus ojos gris claro, sus pestañas empapadas hasta parecer puntos de un negro brillante. Alice sintió el extraño deseo de coger ese pulgar, llevárselo a la boca y morderlo. Se quedaron mirándose y ella sintió que la respiración trataba de salirle de los pulmones, con el rostro sonrojado, como si él pudiera leerle la mente.
—¿Os puedo ayudar?
Se separaron de un brinco al ver a Izzy en la puerta, con el coche de su madre aparcado de cualquier forma junto a la barandilla y sus botas de montar en la mano. El rugir de la lluvia sobre el techo de metal había amortiguado el sonido de su llegada.
—¡Izzy! —La voz de Alice salió con una oleada de vergüenza, demasiado aguda y demasiado chillona. Dio un paso adelante de forma impulsiva y la abrazó—. ¡Cómo te hemos echado de menos! ¡Mira, Fred, es Izzy!
—He venido a ver si puedo ayudar —dijo Izzy, ruborizada.
—Eso… es una gran noticia. —Fred iba a añadir algo más, pero bajó la mirada y se dio cuenta de que Izzy no llevaba puesta la prótesis de la pierna—. No vas a poder caminar por el sendero, ¿verdad?
—No muy rápido —respondió.
—De acuerdo. Déjame pensar. ¿Has venido en esta cosa de aquí? —preguntó, incrédulo.
Izzy asintió.
—No se me da muy bien el embrague con mi pierna izquierda, pero si puedo presionarlo con el bastón no pasa nada.
Fred la miró con sorpresa pero, rápidamente, cambió su expresión.
—Margery y Beth se han ido a hacer las rutas más próximas a la parte sur del pueblo. Acércate con el coche todo lo que puedas a la escuela y diles a los del otro lado del arroyo que tienen que subir a terrenos más altos. Pero ve por el puente peatonal. No intentes cruzar el agua con esa cosa, ¿de acuerdo?
Izzy fue corriendo a por el coche, cubriéndose la cabeza con los brazos, y se montó, tratando de dar sentido a lo que acababa de ver: Fred acariciando con ternura el rostro de Alice, los dos a apenas unos centímetros de distancia. De repente, se sintió como cuando estaba en el colegio, cuando nunca formaba parte de cualquier cosa que pasara, pero apartó de su mente ese pensamiento, tratando de sofocarlo con el recuerdo de la alegría de Alice al verla. «¡Izzy! ¡Cómo te hemos echado de menos!».
Por primera vez en un mes, Izzy volvía a sentirse de nuevo ella misma. Presionó el bastón contra el embrague, metió la marcha atrás del coche, dio la vuelta y salió en dirección al otro extremo del pueblo, con gesto de determinación. De nuevo, era una mujer con una misión.
Monarch Creek estaba ya con treinta centímetros de agua cuando llegaron. Era uno de los puntos más bajos del condado. Había una razón por la que esa zona se había dejado especialmente para la población de color. Era rica, sí, pero propensa a las inundaciones. Había muchos mosquitos y beatillas en el aire durante los meses de verano. Ahora, mientras Charley bajaba por la colina entre la cortina de lluvia, Margery solo podía distinguir a Sophia, con una caja de madera sobre la cabeza, vadeando entre las aguas, con el vestido flotando a su alrededor. Había un montón de pertenencias de ella y de William en las pendientes del bosque que tenían arriba. Desde la puerta, William miraba con expresión de preocupación, con su muleta de madera calzada bajo la axila.
—¡Ay, gracias a Dios! —gritó Sophia cuando Margery se acercó—. Tenemos que poner a salvo nuestras cosas.
Margery bajó del mulo de un salto y corrió hacia la casa, metiéndose en el agua. Sophia había colocado una cuerda entre el porche y un poste de telégrafos junto al camino y Margery se sirvió de ella para atravesar el arroyo. El agua estaba helada y la corriente llevaba una inquietante fuerza, aunque solo le llegaba a las rodillas. Dentro de la casa, los preciados muebles de Sophia se habían volcado. Las piezas más pequeñas se movían en el agua. Margery se quedó un momento paralizada: ¿qué había que salvar? Cogió las fotografías de la pared, libros y adornos, metiéndoselos en el abrigo para poder agarrar una mesita que llevó hacia la puerta y sacó a la hierba. Le dolía el vientre por debajo de la pelvis e hizo una mueca de dolor.
—No se puede salvar nada más —le gritó a Sophia—. El agua está subiendo muy deprisa.
—Todo lo que tenemos está aquí dentro. —La voz de Sophia sonaba desesperada.